Estos meses paseo la ciudad más que nunca para comprenderla mejor y poder compararla con otros núcleos europeos para desmentir su condición de paradigma en el Viejo Mundo.
Mis observaciones suelen determinar que lo es solo en aspectos más bien negativos, si bien el estudio de una faceta suele conducirnos hacia otras vertientes. En el caso que nos concierne, lo más notorio de los últimos meses se centra en el triunfalismo público de la actual administración, causado por la desidia de sus oponentes, y su voluntad de demoler para crear, aplicándose a rajatabla la idea del presentismo.
Se derriba sin piedad y en la mayoría de lugares sin anuncio público, como si a los ciudadanos de otras barriadas no les interesaran determinadas masacres. Una de las últimas es en Pere IV, donde caen muros antiguos y nacen solares sin rótulos que anuncien cuál será su futuro, con aspecto de mezclar calles de nuevo cuño y, esperemos, vivienda social.
El texto de hoy, sin embargo, se moverá por otro perímetro, desconocido para muchos al hallarse bajo la Meridiana y demasiado cerca de Sant Adrià del Besòs, donde, permítanme el tópico, la ciudad pierde su nombre.
A finales de febrero Jaume Collboni proclamó con entusiasmo la venidera construcción de un barrio sensacional, a conseguir mediante el adiós de decenas de naves industriales en las calles de Santander y Bonaventura Gispert, la rambla Prim y la vía Trajana. Al deshacerse de estos ingenios se ganarán cincuenta y seis mil metros cuadrados, destinados a la edificación de más de tres mil viviendas, de las cuales mil ochocientas serán de protección oficial.
El plan, a iniciar a finales de este mandato y a desarrollar durante la próxima década, se completará con amplios espacios públicos, vías peatonales y una disminución del tráfico rodado, medidas para el mañana que se aliarán con el ayer a través de la conservación de la masía de Can Riera, el muro de la riera de Horta en el carrer de Bonaventura Gispert y la preservación del instituto Salvador Seguí.

Para inspeccionar todo este porvenir desciendo en la estación de la Verneda, perteneciente a los polígonos de Sant Adrià del Besòs, y me apresto a encaminarme hacia Barcelona desde el puente que une l’avinguda del Ferrocarril con el passeig de la Verneda.
Esta obra es un desastre a cancelar que tiene ocupado el debut de sus escaleras, sin importar el lado, por personas abocadas a la miseria. Una de ellas, ausente, protege su sofá con un arma de juguete que debe de haber comprado en cualquier chino, siempre buenos, bonitos y baratos.

Una vez en esa Barcelona a la que nadie va, y cuando los pisos estén ultimados será interesante ver quién acepta residir en esos márgenes, procedo a identificar sin muchas dificultades el cuarteto de calles afectadas.
La vía Trajana lleva tiempo destripada y sus vecinos siempre reaccionan igual. Ven a alguien con una cámara de fotos y pestañean porque no comprenden cómo la existencia de sus parajes puede suscitar algún tipo de curiosidad. En el carrer de Santander no me cruzo con nadie, quedándome expedita la senda para inmortalizar todos sus detalles, sobre todo esas naves con los meses contados.

Otras, las de este sector de la larguísima rambla Prim, son polvo derramado en la tierra rodeada de vallas y avisos de trabajos en curso. En ese instante me hallaba en una posición perfecta para admirar el avance de tantas promesas. Si se cumplen serán prodigiosas y tendrán mucho sentido. El complejo industrial que fallecerá en breve no tiene ningún tipo de valor, por lo que la reconversión de los sitios es una idea brillante, más si cabe por un par de aspectos.

El primero es el respeto a determinado patrimonio. La masía de Can Riera se ubica dentro de un aparcamiento. Le pregunto al responsable del mismo si puedo fotografiarla, negándome la posibilidad e invitándome a hablar con un responsable, lo que declino, pues la tengo en mi archivo desde hace años, cuando me colé en el recinto sin avisar a ninguno de sus empleados.
El que ahora debe gestionar la situación me informa de cómo han sido avisados del venidero desmantelamiento, sin fecha, sí, pero en vías de ejecución. Tras despedirme de tan amable señor, prosigo mis investigaciones por el carrer de Bonaventura Gispert, ahora mismo un absurdo al ignorar su condición de riera d’Horta y cortar los accesos con Sant Andreu.
Este segundo aspecto, la unión de distritos, figura en los planillos del proyecto y observo cómo es fácil de realizar, lo que mejorará conexiones al unir Bonaventura Gispert, transformada por arte de pura lógica en una arteria fundamental, con capacidad para propulsar intercambios económicos, ahorrar barreras más bien cretinas y favorecer nuevas fronteras, siempre pletóricas para sus vecinos al mostrar la permeabilidad de los confines internos de la ciudad.
Esta junción de Sant Martí con Sant Andreu me traslada al reto pendiente tras este acierto, a confirmar cuando las autoridades actúen de verdad. Hablo de la dejadez para con el otro tramo de toda esta dimensión barcelonesa. La liberación de lo capado hasta la fecha de la riera d’Horta debería ser un acicate para replicar la idea con el torrent d’en Parellada, interrumpido por muros y rejas justo cuando el hermano mayor de su distrito, que le da nombre, debería engarzarse con la ruta hacia el Bon Pastor.

Desde estas mismas páginas hemos informado en más de una ocasión cómo llegó a proyectarse un parque que emularía la operación del cuarteto de la Verneda. A buen seguro se realizará tarde o temprano, más lo primero que lo segundo, pues bien es sabido de la lentitud condal cuando se trata de la periferia, solo solucionable cuando se acercan las elecciones, algo sin ir más lejos corroborado por cómo, de golpe y porrazo, la televisión pública catalana se hace eco del barraquismo en el pont del Treball Digne, no muy lejos de la gran metamorfosis e invisible hasta esta primavera, excepto para los lectores de Catalunya Plural.

Las medidas en pos de una capital de Catalunya más ecuánime y menos imposible para sus habitantes son maravillosas sobre el papel. Queda por ver si toda la fanfarria enunciativa es precisa en sus finalizaciones y no cae en la especulación para crear nuevos feudos no gentrificadores, sino de exclusividad. Lo vimos en otro cuadrante del Besòs, donde los barrios junto al mar, que no debería ser el morir, exhiben desniveles brutales de renta entre los del Fòrum y los antaño existentes, así como también puede ratificarse algo idéntico en Horta, víctima de pérdidas patrimoniales y mentiras para con la vivienda social, desaparecida para aupar promociones paradisíacas en Llobregós con la baixada de Can Mateu. Esperemos que, como tantas veces ocurre por estos lares, la fachada no esconda atrocidades sin ninguna semejanza con lo vendido a bombo y platillo.
