«A causa de su apariencia física, de su anacronismo social o de su “otredad” por no ser como el resto de seres (in)humanos que son sus semejantes, se les llegó a calificar de “fenómenos” y, dada su marginalidad, fueron exhibidos y explotados hasta la saciedad en múltiples espectáculos desde el siglo XIX hasta bien entrado el XX», indica Juan José Montijano Ruiz en su ensayo Feria de monstruos: cuando el circo convirtió la diferencia en espectáculo (2026), publicado por Diábolo Ediciones en su colección de análisis de la cultura popular. Montijano divulga su investigación sobre los orígenes históricos de los espectáculos de «fenómenos humanos» y revela una realidad perturbadora sobre cómo la diversidad corporal, el exotismo y las habilidades especiales se convirtieron en un lucrativo objeto de exhibición y morbo.
En algunos pasajes del libro, el autor destaca la dificultad emocional que supuso llevar a cabo este estudio, el cual pone de manifiesto la crudeza del ser humano al consumir y comercializar la otredad como forma de entretenimiento, e interpela al lector sobre su condición de espectador morboso ante una edición profusamente ilustrada con fotografías de época, cuyo legado ha perdurado precisamente porque dichas imágenes fueron parte del negocio de explotación visual de los fenómenos. Montijano profundiza en el cruel pero rentable modelo de negocio circense y ferial impulsado por empresarios como P. T. Barnum en aquella época, y explora la compleja realidad de estas personas: si bien formaban comunidades muy unidas y encontraban en la exhibición su única vía de supervivencia frente a la pobreza extrema, al mismo tiempo sufrían una explotación desalmada. Incluso denuncia cómo las familias desestructuradas llegaban a vender a sus hijos con malformaciones y recuerda que esta mentalidad de lucro sin escrúpulos afectaba igualmente a los animales, con casos tristemente célebres de maltrato como el del elefante Jumbo.

El autor cita a Robert Bogdan, actualmente profesor emérito del departamento de Ciencias Sociales y Educación de la Syracuse University en Estados Unidos, específicamente en su libro de referencia Freak Show. Presenting Human Oddities for Amusement and Profit ([Espectáculo de fenómenos: La exhibición de rarezas humanas para el entretenimiento y el lucro], 1988), publicado por The University of Chicago Press. Bogdan aboga por el concepto de «pornografía de la discapacidad» al referirse a lo que sentimos cuando se nos habla de fenómenos, de rarezas, de errores de la naturaleza, de bichos raros o de gente extraña, y a cómo fueron convertidos en mercancía debido a sus anomalías físicas, mentales o conductuales, tanto supuestas como reales, algo comúnmente aceptado por buena parte de la sociedad que acudía a presenciar su exhibición.
Montijano reconoce la honestidad que emana de la película clásica La parada de los monstruos (Freaks, 1932), dirigida por Tod Browning (1880-1962), quien llegó a convivir durante un tiempo en una feria ambulante para captar la esencia de las emociones de sus miembros. Las historias personales de Freaks eran reales, más allá del argumento de ficción que forma su eje central; la deformidad de sus integrantes era objeto de exhibición remunerada y sus protagonistas formaban una verdadera comunidad en la que, si atacaban a uno, atacaban a todos: regidos por un estricto e inquebrantable código de lealtad, cuando descubren el macabro engaño y las humillaciones hacia Hans, un hombre con enanismo que hereda una gran fortuna, su «familia elegida» decide tomarse la justicia por su mano y desata una venganza terrible.

El concepto de «familia elegida» (conocido en la academia como chosen family o families of choice) es fundamental en la sociología contemporánea, la antropología del parentesco y los estudios de género. A diferencia del modelo tradicional, que basa el parentesco estrictamente en la consanguinidad (biología) o en los contratos legales (matrimonio/adopción), los investigadores definen esta estructura como una red de vínculos afectivos e interdependencia basada en la afinidad, el cuidado mutuo, la solidaridad y la elección consciente. Hoy en día, esta disciplina lo aplica a cualquier grupo humano que construye sistemas de apoyo vitales al margen de las estructuras biológicas.
Se ha demostrado que las personas marginadas sufren un desgaste psicológico crónico debido a la discriminación. En ese contexto, la familia elegida actúa como un escudo protector y ofrece un espacio seguro donde el individuo no tiene que justificar ni defender su existencia. Los vínculos se construyen, precisamente, a partir de la identidad real del individuo, lo que permite un desarrollo personal mucho más auténtico y libre de máscaras, tal como indica la destacada antropóloga Kath Weston en su investigación, divulgada en el ensayo Las familias que elegimos: Lesbianas, gays y parentesco (Families We Choose: Lesbians, Gays, Kinship, 1991), publicado en castellano por Bellaterra Edicions, y originalmente por Columbia University Press.
La comunidad de Freaks funciona como una barrera defensiva contra un mundo que los desprecia, y su lealtad culmina en una venganza colectiva, violenta y aterradora. Su unión es reactiva frente a la crueldad externa. El gran giro de Browning fue demostrar que los verdaderos monstruos no eran los miembros del circo, sino quienes intentaban engañarlos para quedarse con su dinero: personas físicamente «perfectas» pero moralmente podridas, lo que evidencia que, en realidad, el mundo exterior a la feria es hostil, superficial y cruel; una realidad que puede llegar a ser aún más terrible.
En el premiado relato Goshiki no Fune (2010) del escritor japonés Yasumi Tsuhara (1964-2022), nacido en la ciudad de Hiroshima, los cinco protagonistas de una feria ambulante de fenómenos se encuentran inmersos en plena Segunda Guerra Mundial. Allí, la familia elegida se enfrenta a la verdad innegable de que su país va a ser arrasado y de que la guerra traerá muerte, fuego y miseria. En este sentido, el mundo exterior está condenado, y los inocentes se convierten en efectos colaterales de dicha crueldad. El autor, destacado en el género del terror y la ciencia ficción, abandona en el tramo final del relato el costumbrismo histórico para abrazar la ficción especulativa cuando los personajes descubren que, si bien un futuro trágico es inevitable, la realidad es mucho más maleable de lo que parece, al imaginar la existencia de futuros alternativos donde las cosas podrían ser de otra manera, lo que abre una rendija de esperanza ante la adversidad.

El relato apareció originalmente en una antología realizada por encargo a diversos autores titulada NOVA 2 – Kakioroshi Nihon SF Korekushon ([NOVA 2: Colección de obras inéditas de la ciencia ficción japonesa], 2010), y las buenas críticas de la contribución de Tsuhara le llevaron a incluirla en su propia antología un año después, con la que fue reconocido con varios galardones, destacando de nuevo la singularidad de esta narración. Es entonces cuando la mangaka Yoko Kondo sugirió adaptar la historia en viñetas. El resultado es el manga La barca de los cinco colores (Goshiki no Fune, 2013-2014), que publica por primera vez en castellano en marzo de 2026 la editorial Gallo Nero, con traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.
La obra fue nominada al prestigioso Premio Cultural Osamu Tezuka (2015) y galardonada con el Gran Premio en la división de Manga del 18º Japan Media Arts Festival (2014). El jurado de este certamen (representado por la crítica Tomoko Yamada) destacó la actitud sincera de Kondo al enfrentarse a temas tan complejos, y elogió «cómo la mangaka logra plasmar la crueldad del mundo sin perder la dignidad, la belleza ni el sentido del humor», al dotar de una tremenda ternura y humanidad a los marginados de la historia, para transformar el dolor en un relato de resiliencia frente a los desastres de la guerra.
Kondo expone el concepto de «la otredad» al mostrar a los personajes no como monstruos o víctimas indefensas, sino como individuos complejos, autónomos y dueños de su propio destino. En lugar de dibujar a la mujer vaca, a las gemelas siamesas o al líder sin extremidades en poses exageradas o terroríficas, la autora los retrata en tareas cotidianas —como cocinar, peinarse, comer juntos o dormir— y enfatiza la dignidad y el respeto hacia dichos personajes a través de un trazo fino y suave, lo que evita la morbosidad gratuita. El recuerdo de cómo cada uno de ellos acabó siendo integrante de la barca demuestra su capacidad para construir redes de amor y lealtad mucho más puras y resistentes que las de la sociedad que los rechaza.
En la época en la que se ambienta la obra (la Segunda Guerra Mundial), el gobierno japonés imponía una visión hipernormativa y militarista de la sociedad: los hombres debían ser soldados perfectos para el Emperador y las mujeres, madres de futuros combatientes. Cualquier anomalía era vista como una vergüenza nacional. Aquí, la familia elegida actúa literalmente como un escudo biológico y psicológico, y la barca es el único espacio seguro donde el mundo exterior no tiene poder. Al titular el relato La barca de los cinco colores, Tsuhara nos transmite que juntos forman un universo completo y en perfecta armonía. Su diversidad (sus colores distintos) es lo que les da la fuerza y el equilibrio que la sociedad homogénea japonesa de la guerra ha perdido. Para ello, el autor recurre al concepto de goshiki (cinco colores) del budismo japonés, el cual hace referencia a los cinco colores del aura que irradió Buda al alcanzar la iluminación. En definitiva, el título nos revela desde la primera página que esta no es solo la historia de unos marginados que sufren durante la guerra, sino el viaje de un grupo de almas que, a través de su amor y diversidad, construyen su propia nave de salvación espiritual y física hacia un futuro paralelo donde pueden ser libres y estar a salvo.


