Norma Editorial publica la novela gráfica Lemóniz. ETA y el movimiento antinuclear, con guion de Florentino Flórez y dibujo de Guillermo Sanna. La obra ofrece una documentada crónica sobre la ofensiva terrorista perpetrada contra los trabajadores de la central que Iberduero proyectaba en Vizcaya entre finales de los años setenta y principios de los ochenta.
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La preservación de la memoria democrática resulta esencial para consolidar la madurez de una sociedad, garantizando el derecho a la verdad, la justicia y la reparación frente al olvido institucional. Rescatar del olvido la historia reciente no es un ejercicio de nostalgia ni un debate restringido a los libros de texto: es una necesidad democrática de primer orden. Esta labor de memoria permite resistir ante la reescritura interesada del pasado, blindando las instituciones frente a la impunidad y transmitiendo a las nuevas generaciones el valor irrenunciable de los derechos humanos.
Al amparo de marcos legislativos como la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática —que amplió el alcance de la pionera Ley 52/2007, de 26 de diciembre, de Memoria Histórica— y en consonancia con la Ley 29/2011, de 22 de septiembre, de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo, el compromiso con la verdad histórica ejerce un papel pedagógico indispensable en la sociedad. En este contexto, la traslación de episodios complejos al lenguaje de la narrativa gráfica cobra una relevancia capital, al convertirse el cómic en un vehículo de memoria viva que rescata la dolorosa realidad de las víctimas y ayuda a comprender las profundas heridas del conflicto narrado.

Y un buen ejemplo de dicha contribución es la novela gráfica Lemóniz. ETA y el movimiento antinuclear (2026), publicada por Norma Editorial, con guion de Florentino Flórez y dibujo de Guillermo Sanna. La obra aborda uno de los episodios más agitados y trágicos de la historia reciente de España: la violenta ofensiva desatada por la organización terrorista ETA contra la construcción de la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya) entre finales de la década de los setenta y principios de los ochenta. Estructurada con la tensión de un documental de investigación, la obra destaca por su rigor, siguiendo un patrón cronológico desde diferentes puntos de vista en función de la escena narrada y sus protagonistas. Como broche final, incorpora un completo anexo cronológico que repasa, fecha a fecha, los momentos y acontecimientos clave del conflicto.
Estructurada con la tensión de un documental de investigación, la obra destaca por su rigor, siguiendo un patrón cronológico desde diferentes puntos de vista
La obra explora cómo el grupo armado instrumentalizó y parasitó la legítima protesta antinuclear de la época para imponer un régimen de extorsión, sabotajes y atentados sangrientos. A través de un enfoque coral, el cómic rescata la memoria y los rostros de las víctimas mortales —como los ingenieros José María Ryan y Ángel Pascual, o los trabajadores de la central Andrés Guerra, Alberto Negro y Ángel Baños— y muestra las dramáticas secuelas humanas en sus familias y en la sociedad vasca.

Uno de los libros referenciados en el cómic es Euskadi en duelo. La central nuclear de Lemóniz como símbolo de la transición vasca (2012), de Raúl López Romo, editado por la Fundación 2012 Fundazioa (disponible de forma gratuita en Internet). López Romo (doctor en Historia Contemporánea e investigador del Instituto Valentín de Foronda) analiza la intensa controversia generada en torno a la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya) entre 1972 y 1982. El autor sostiene que el conflicto de Lemóniz fue «mucho más que una disputa medioambiental o energética: funcionó como un verdadero símbolo y espejo de las tensiones políticas de la Transición en el País Vasco».
Lejos de limitar el foco al debate estrictamente energético o medioambiental, el ensayo demuestra cómo «una protesta vecinal pacífica y genuina contra la central fue progresivamente secuestrada y parasitada por la estrategia terrorista de ETA». A través de un minucioso examen documental, López Romo expone el trágico choque entre dos formas antagónicas de entender la vida pública durante la Transición: la vía democrática de la movilización ciudadana frente a la coacción ejercida mediante bombas, sabotajes y los asesinatos a sangre fría de técnicos y trabajadores. La principal virtud del estudio reside en su capacidad para desmontar relatos interesados, rescatar del silencio el dolor de las víctimas y ofrecer una radiografía precisa del clima de asfixia y fractura social que atenazó a Euskadi.

Lejos de limitar el foco al debate estrictamente energético o medioambiental, el ensayo demuestra cómo «una protesta vecinal pacífica y genuina contra la central fue progresivamente secuestrada y parasitada por la estrategia terrorista de ETA»
Más que una mera crónica del pasado, el libro se ha consolidado como un cimiento indispensable para entender cómo la violencia política condicionó la democracia en el País Vasco y como una fuente documental primaria sobre la que hoy se sustentan las nuevas narrativas de la memoria histórica, entre las que destaca el trabajo de Flórez y Sanna en el cómic. El conflicto de la central nuclear de Lemóniz se gestó a principios de la década de 1970, cuando la compañía eléctrica Iberduero —con el aval del gobierno franquista y en el marco del Plan Eléctrico Nacional— aprobó la construcción de una gran planta atómica en la cala de Basordas, en la costa de Vizcaya. Proyectada bajo la lógica tecnocrática del régimen, la decisión empresarial se ejecutó sin ningún tipo de consulta pública, evaluación de impacto ambiental ni transparencia, convirtiendo desde sus inicios esta infraestructura en un símbolo de la imposición estatal y corporativa sobre el territorio.
Esta falta de legitimidad democrática transformó de inmediato a Lemóniz en el detonante de una ola de contestación social. Durante los últimos años de la dictadura y el inicio de la Transición, una red de comités vecinales, grupos ecologistas y colectivos ciudadanos articuló una movilización pacífica multitudinaria. La protesta no solo cuestionaba los riesgos medioambientales y de seguridad de la energía nuclear, sino también un modelo de desarrollo territorial diseñado de forma centralizada al margen de la ciudadanía y de las nacientes instituciones vascas.

El cauce civil del movimiento saltó por los aires cuando la organización terrorista ETA decidió instrumentalizar la causa antinuclear para legitimar su estrategia de desestabilización del nuevo orden democrático. A partir de 1977, la banda armada lanzó una sistemática campaña de atentados, extorsión y sabotajes contra la central y sus empresas proveedoras, escalando hacia el terrorismo directo contra las personas. Esta vía violenta culminó con el secuestro y asesinato del ingeniero jefe de las obras, José María Ryan, en 1981, el posterior asesinato de su sucesor, Ángel Pascual Mújica, en 1982, y la muerte de diversos trabajadores en la propia planta.
La espiral de terror atemorizó a las plantillas, fracturó a la sociedad vasca y terminó por paralizar por completo los trabajos en la central, cuya viabilidad quedó definitivamente descartada tras la moratoria nuclear aprobada por el Gobierno de Felipe González en 1984. En el análisis académico actual, el caso Lemóniz permanece como un hito paradigmático de la Transición: el punto de colisión donde una decisión industrial y política opaca del tardofranquismo dio origen a una protesta social legítima que acabó siendo secuestrada y frustrada por la violencia política.

Flórez apuesta por un relato centrado en los hechos y en los protagonistas de ambos bandos, contextualizando los sucesos en el marco de la situación política que transcurría en paralelo en plena época final del franquismo e inicio de la Transición, marcada por una actuación desbocada de ETA de consecuencias funestas. Sanna realiza un trabajo destacado en blanco y negro, facilitando la lectura a pesar de la complejidad que suponen los cambios de escenario y el número de intervinientes —en su gran mayoría, personas reales a las que los autores dignifican y respetan en su exposición, en algunos casos, con un trágico final—. Solo hay que observar la cubierta del cómic, con una portada protagonizada por dos personajes armados y encapuchados, y una contraportada con un cadáver entre los arbustos junto a la imagen de los edificios del complejo de la central nuclear. Una instalación cuya indemnización debieron asumir los contribuyentes cuando los políticos decidieron parar la obra: la deuda se saldó tras diecinueve años pagando a través de los impuestos una cantidad millonaria.
La imagen de la contraportada simboliza el asesinato del ingeniero jefe de explotación de las obras de la central nuclear, José María Ryan, casado y con cinco hijos, despiadadamente ejecutado por ETA el 6 de febrero de 1981 cuando tenía treinta y nueve años, después de una semana secuestrado. En el cómic encontramos a continuación una escena que dimensiona el miedo implícito entre todos los trabajadores de la central, especialmente entre los ingenieros y, por ende, en sus familiares más directos: «Tras escuchar en la radio la noticia del asesinato de Ryan, María Ruiz Coto, esposa del ingeniero de Iberduero Javier Herrero, fallece de un ataque al corazón».
El cómic también nos ha permitido recordar que el 26 de junio de 1982 la organización terrorista colocó una bomba en el almacén de Iberduero en Rentería, y un cúmulo de negligencias provocó que estallara cuando pasaba un niño de diez años justo al lado, amputándole una pierna y dejándole ciego de un ojo. Alberto Muñagorri reflexiona ahora, con el paso del tiempo, sobre su trágica experiencia en una breve respuesta recogida al final del cómic: «A las ocho horas del atentado, cuando yo estaba en el hospital todavía entre la vida y la muerte, mi madre fue a recoger a mis hermanos a Rentería y se tuvo que tragar una manifestación que gritaba “¡Gora ETA militarra!” enfrente de mi casa» (en castellano, «¡Viva ETA militar!»); y sobre lo que pasó a continuación: «Si hubo gente que se acercó a mis padres para decirles que sentían mucho lo que había pasado, pero apoyo del pueblo como tal no hubo», algo que saben muy bien las viudas y huérfanos de los trabajadores muertos en los atentados, tal y como queda reflejado en el cómic. «La gente, una vez ocurrido el atentado, solo se preocupó de que sus hijos no le dieran una patada a nada. Ese no era el problema, el problema era que se ponían bombas», y eso lo sabe muy bien Alberto, que siempre dijo que no llegó a tocar la caja del suelo, simplemente pasó por allí sin que nadie se lo impidiese.

Lemóniz. Eta y el movimiento antinuclear
Florentino Flórez y Guillermo Sanna
Norma, 2026

