Nicolas Rouvière, profesor de didáctica de la literatura en la Université Grenoble-Alpes y experto reconocido por su investigación sobre la bande dessinée desde un punto de vista sociológico y psicoanalítico, describe al personaje de Astérix como un ejemplo perfecto de la compensación del «sentimiento de inferioridad» física a través de la «superioridad intelectual». En su ensayo Astérix ou la parodie des identités ([Astérix o la parodia de las identidades], 2008), analiza cómo estos personajes encarnan el complejo de «pequeñez» frente al invasor y cómo la estructura de la aldea funciona como un modelo de salud mental colectiva frente a la neurosis del orden romano: «Astérix y Obélix funcionan como un doblete heroico: uno encarna la astucia y el otro la fuerza elemental. Juntos, forman un individuo completo capaz de desafiar la castración simbólica que representa el Imperio Romano».
Astérix es equilibrado, prudente y centrado en la realidad, y, sobre todo, no se amilana ante el ocupante. Muestra una función de cuidado hacia Obélix, que nunca creció emocionalmente, en una relación aparentemente fraternal: «Representan el ideal de la camaradería platónica donde las debilidades de uno son cubiertas por las fortalezas del otro sin que exista una lucha por el dominio», según Rouvière, quien destaca, además, el valor terapéutico del asentamiento galo. La aldea se convierte en un «espacio transicional», un refugio intermedio entre la realidad cruda de la ocupación romana y la fantasía de la invencibilidad.

El término fue acuñado por el pediatra y psicoanalista británico Donald W. Winnicott (1896-1971) en su influyente obra Realidad y juego (Playing and Reality, 1971), en la que desarrollaba el concepto de que el «espacio transicional» es ese refugio vital a medio camino entre nuestra imaginación y la cruda realidad: «una indispensable área intermedia de experiencia donde nacen el juego, el arte y la cultura para darnos un respiro emocional frente a las agotadoras exigencias de la vida diaria». En ese sentido, la irreductible aldea gala permite a sus habitantes vivir en un estado de infancia protegida, donde acontecen peleas internas constantes (por el pescado no fresco, una acción recurrente entre el herrero y el pescadero, por ejemplo), que funcionan como una válvula de escape o catarsis para la agresividad que no pueden descargar continuamente contra los romanos.
Esa aldea, creada por el guionista René Goscinny (1926-1977) y el dibujante Albert Uderzo (1927-2020), apareció por primera vez el 29 de octubre de 1959 en el número 1 de la revista Pilote, en las páginas fundacionales de la que se convertiría en su primera aventura completa Astérix el Galo (Astérix le Gaulois, 1961). Y, desde entonces, ese pequeño territorio funciona exactamente como dicho espacio para sus lectores (y para los propios personajes dentro de la ficción): «un área intermedia y protegida donde podemos jugar con la omnipotencia frente a las presiones del rígido “Imperio” de la vida adulta», según Rouvière. Y eso lo saben muy bien los lectores españoles desde la llegada a las librerías precisamente de ese primer álbum en 1965 por medio de la Editorial Molino, con traducción de Manel Domínguez Navarro, y su popularización en los años setenta y ochenta a través de la Editorial Bruguera, hasta llegar a la actual Editorial Salvat/Bruño, responsable de las ediciones en castellano y catalán en el siglo XXI, respectivamente. Es fundamental también reconocer la publicación seriada en catalán a través de la revista Cavall Fort, a partir de 1969, con traducción de Albert Jané.

Los diferentes traductores en todos los idiomas (y los autores actuales) han sido cómplices de Goscinny y Uderzo al mantener el inconfundible sufijo «-ix» que corona los nombres de todos los irreductibles galos, lo que facilita infinitos juegos de palabras que aportan un humor distintivo basado en la manipulación ágil del lenguaje, especialmente cuando provoca un contraste intencionado entre la sonorización clásica y el significado moderno del concepto en sí, como cuando se refieren a un seguro a todo riesgo (assurance tous risques) y lo comprimen bajo el sonido antiguo del sufijo celta, naciendo el original término Asurancetúrix.
El uso de ese sufijo enmascara una brillante sátira histórica: los creadores tomaron la terminación del histórico líder arverno Vercingétorix —el gran símbolo heroico de la resistencia frente a Julio César— y la democratizaron, convirtiéndola en una simpática «denominación de origen» para toda la aldea. El líder que luchó contra la invasión romana acabó capturado por Julio César y encarcelado durante años en Roma para ser finalmente ejecutado tras la victoria definitiva del ejército invasor. Como señala el académico Rouvière en su libro, esta decisión lingüística funciona como una burla afectuosa de los mitos nacionales que se enseñaban en las escuelas francesas: «Al añadir el -ix a elementos cotidianos o conceptos abstractos, Goscinny y Uderzo despojaron a la historia de su extrema gravedad, creando una identidad de cómic que invita a los lectores a reírse de sus propios orígenes en lugar de reverenciarlos de forma solemne y excluyente».

Imbuido de ese espíritu simpático que caracterizaba a aquellos añorados cómics de nuestra infancia, un entrañable compañero y amigo del jugador de baloncesto Andrés Jiménez lo bautizó con el sobrenombre de «Jimix», apodo que este adoptó como nombre artístico para su obra gráfica, centrada especialmente en ilustraciones cómicas… hasta ahora. Ediciones Valnera publica Mi loca historia del baloncesto. El niño que nunca dejó de soñar (2026), con prólogo de Pau Gasol, en la que Jimix, en primera persona, relata su periplo en el deporte, su experiencia por los diferentes equipos, incluido su paso por la selección nacional, y lo hace también a través de sus dibujos. La obra incluye, además, un cómic de humor con una particular historia del básquet (o de la humanidad a través del baloncesto, con datos reales sorprendentes), con guion de Ajota y Cecé, dibujado por Andrés Jiménez.
Poco después de su llegada a Badalona con apenas quince años, realizó estudios de Diseño y Publicidad, pero él mismo reconoce que siempre le encantaron la creatividad y el dibujo, y valora el papel que tuvo en ello su abuelo Manuel, que tenía un quiosco en una céntrica calle de su Carmona natal, en Sevilla: «Yo, bien pequeño, nunca faltaba a mi cita con Mortadelo y Filemón, Astérix y Obélix y muchos más. En cuanto llegaban los nuevos tebeos, ahí estaba yo. Mi abuelo me decía: “No los abras mucho, que luego tengo que venderlos”». Esas tardes que pasaba leyendo tebeos en el quiosco de su abuelo eran «el mejor día de todos», según el propio autor, reconociendo implícitamente la contribución fundamental de los quioscos de barrio a la difusión y democratización de la cultura popular.

Antonio Altarriba, ensayista, catedrático y ganador del Premio Nacional del Cómic, señala en su exhaustivo estudio histórico y sociológico La España del tebeo (2001) que, en la España de la segunda mitad del siglo XX, las librerías tradicionales eran escasas, elitistas y se concentraban en los centros urbanos o barrios acomodados: «Para el niño o el obrero de la periferia, el quiosco era literalmente la «librería del barrio» (o «la librería de los pobres»), el único escaparate de papel impreso a su alcance». Altarriba argumenta extensamente cómo este establecimiento funcionó como el único acceso a la cultura escrita para la inmensa mayoría de la población durante la posguerra y el posterior desarrollismo.
Ese empedernido lector de cómics en su infancia y juventud se convirtió en un narrador gráfico en su edad adulta, aunque esta faceta profesional quedase eclipsada por su imponente físico y capacidad en el deporte del baloncesto, cuando destacó en los tres equipos en los que jugó: el Cotonificio, el Joventut y, finalmente, el Barcelona, donde consiguió dieciocho títulos oficiales en los doce años en los que compitió, y donde tuvo el honor de ver cómo su dorsal número 4 fue retirado por el FC Barcelona en una emocionante ceremonia celebrada el domingo 13 de septiembre de 1998. Es considerado por los expertos como el primer alero moderno del baloncesto español, un jugador de 2,05 metros de altura que era muy versátil, capaz de jugar fuera y dentro de la zona, aunque también tuvo que luchar contra la adversidad de una lesión grave que lo podía haber retirado del deporte.

Su reconocimiento global llegó con sus antológicos partidos con la selección nacional de baloncesto de España durante una década, entrenada por el añorado Antonio Díaz-Miguel (1933-2000), con la que consiguió la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984 ante los anfitriones, partido en el que fue el máximo anotador del equipo español. Aquella noche inolvidable para los aficionados popularizó aún más este deporte en el país en los siguientes años. Y ahora tenemos la oportunidad de conocer de primera mano esa intrahistoria de lo que aconteció en la intimidad de sus protagonistas, a través del relato y los dibujos de Andrés Jiménez, probablemente, como él mismo indica, convertido en el primer deportista que dibuja su experiencia en una olimpiada, una generosidad que le agradecemos por el valor emocional e histórico que implica este ejercicio de memoria privada y colectiva a la vez.
Uno de los integrantes de ese mítico equipo generacional fue su amigo Fernando Martín (1962-1989), que en realidad fue quien le puso el sobrenombre de Jimix. No queda claro en el relato quién comenzó, pero Jiménez reconoce que él fue quien lo bautizó como Conan, en alusión al personaje de ficción creado por el escritor Robert E. Howard (1906-1936), popularizado en los años setenta a través de los cómics de Marvel, y que se convirtió en todo un icono visual después del estreno de la película Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982), dirigida por John Milius e interpretada por el joven culturista Arnold Schwarzenegger, en los comienzos de su carrera como actor. El personaje de Conan es considerado por los expertos como el arquetipo del bárbaro noble, con una enorme voluntad de superación ante la adversidad y la capacidad de adaptarse ante los retos que van surgiendo, demostrando una gran resiliencia. De ahí que el paralelismo con Martín resulte acertado, ya que este, recordemos, fue el primer español en llegar a la NBA en 1986, donde tuvo que luchar contra el escepticismo de una liga que entonces no confiaba en los europeos.
Un emotivo recuerdo que Andrés Jiménez, parapetado ahora tras la entrañable firma de Jimix, rescata a través de la magia del dibujo. Y haciendo honor a su subtítulo, El niño que nunca dejó de soñar, esta autobiografía se erige como un hermoso acto de justicia poética y gráfica: un refugio de nostalgia para quienes crecimos vibrando con su juego y un testimonio vital para que las nuevas generaciones descubran el compañerismo y la resiliencia sobre los que se cimentó el baloncesto actual.


