La toponimia urbana y el nomenclátor actúan como un recordatorio permanente de un pasado que ya no existe debido a la constante transformación física de las ciudades. Cuando los edificios se derriban, las fábricas se trasladan o los barrios cambian por completo su fisonomía, el nombre de una calle puede ser el único vestigio que mantiene viva la memoria de lo que aquel lugar significó para sus habitantes. En su artículo Toponimia y marginalidad geográfica. Los nombres de lugar como reflejo de una interpretación del espacio (2003), el investigador y catedrático de la Universitat de Barcelona (UB) Joan Tort explora a fondo cómo la toponimia nunca es accidental, sino una «construcción de la pedagogía del mundo». Tort demuestra así que los nombres de nuestras calles suministran «información fundamental para evaluar los procesos de transformación, cambio y fosilización de la memoria de un territorio a lo largo del tiempo».
En la Zona Franca y sus aledaños, en uno de los extremos de la ciudad de Barcelona, perduran nombres asociados a la actividad del motor que la SEAT atrajo durante los años sesenta y setenta: Carrer dels Motors, Carrer de la Mecànica o Carrer del Plom, entre muchos otros, que, aunque no lleven el acrónimo explícito de la marca, son una herencia toponímica directa del ecosistema de talleres, proveedores de recambios y metalurgia que orbitaban en torno al gigante automovilístico. Las huellas de este pasado industrial se recogen en el capítulo Les pedres ens parlen: espais de l’obrerisme a Barcelona (2020), de la profesora del Departamento de Historia y Arqueología de la UB, Queralt Solé, un texto en el que reflexiona sobre cómo la memoria del movimiento obrero e industrial de Barcelona ha quedado inscrita (y a veces invisibilizada) en el propio tejido urbano de la ciudad.

«A pesar de que el obrerismo no parece que haya sido uno de los ejes de las políticas de memoria de los diferentes gobiernos municipales democráticos, la memoria del obrerismo en Barcelona existe», afirma Solé, y añade: «podemos ir encontrando diversos elementos esparcidos por la ciudad, incluso también referentes a una memoria obrera más reciente, como es la Plaça del Moviment Obrer, fijada en octubre de 2018», gracias a la iniciativa impulsada por los vecinos de La Marina, quienes exigieron el espacio para su uso diario y le dieron un nombre que reivindica la memoria histórica de la clase trabajadora de Barcelona. De todo ese movimiento social, la fábrica de SEAT fue sin duda el epicentro del tejido industrial español y de la lucha por los derechos laborales durante el tardofranquismo y la Transición.
Y ahora es posible conocer esa memoria social a través de la novela gráfica La SEAT: Motor de Llibertat. Una lluita obrera a la Barcelona antifranquista (2025), con guion de Jordi de Miguel y dibujo de Cristina Bueno, editada por el Ayuntamiento de Barcelona en colaboración con El Crític, en la colección «Barcelona, memòria en vinyetes», dirigida por Montserrat Terrones. De Miguel es un periodista especializado en literatura y memoria histórica, y destaca por su faceta como guionista de novelas gráficas de no ficción como George Orwell. Homenaje a Cataluña (2019), con dibujo de Andrea Lucio, e Històries de la Model (2025), formando tándem con Susanna Martín.

Cristina Bueno asume el reto del dibujo y el color. Su trazo resuelve muy bien las distintas dimensiones narrativas del texto: tanto el salto temporal entre los años setenta y el presente, como el contraste entre las escenas más costumbristas y la brutal represión por parte de la policía durante las protestas. Además, la ilustradora debe integrar pasajes puramente documentales para situar el contexto sociopolítico. Lo hace sin que la obra pierda ritmo, logrando que el rigor periodístico del guion no frene la lectura.
Las épocas quedan bien separadas por el color que evoca, en su elección, los diferentes momentos narrados: blanco y negro salpicado de grises para las imágenes de la inauguración y los inicios de la fábrica; tonos más apagados, ocres y plomizos para las páginas del pasado; y colores vivos para el presente. En el tratamiento cromático de las viñetas en las que la tensión estalla y los grises irrumpen en la fábrica, los contrastes se acentúan, las sombras se vuelven agresivas y la luz se torna dura, exagerando las expresiones de pavor e ira de los represaliados.

En La SEAT: Motor de Llibertat se destaca especialmente la huelga ocurrida en octubre de 1971, que acabó convirtiéndose en uno de los mayores pulsos del movimiento obrero contra la dictadura franquista. El conflicto estalló en protesta por el despido de varios representantes y enlaces sindicales (muchos de ellos operando en la clandestinidad para Comisiones Obreras). En la madrugada del lunes 18 de octubre de 1971, varios de los trabajadores despedidos lograron infiltrarse en las instalaciones de la Zona Franca de Barcelona, camuflados entre el gran número de compañeros que entraban en ese momento al turno correspondiente. Tras dirigir unas palabras al resto de trabajadores en una improvisada asamblea, se declaró la huelga. Se calcula que entre 6.000 y 7.000 obreros pararon las cadenas de montaje y ocuparon la inmensa factoría.
El gobernador civil de Barcelona en aquel momento, Tomás Pelayo Ros (1928-2007), ordenó el asalto de la fábrica para expulsar a los trabajadores. La Policía Armada (conocida como los «grises», por el color de su característico uniforme) entró en las instalaciones, algunos agentes incluso a caballo. Los obreros resistieron atrincherándose taller por taller, defendiéndose con tuercas, tornillos, barras de hierro y mangueras, a lo que la policía respondió usando gases lacrimógenos y, finalmente, desenfundando sus armas reglamentarias para disparar fuego real. Esos grises formaban parte del cuerpo de seguridad creado por la dictadura de Franco en 1941, poco después de terminar la Guerra Civil, para sustituir a la antigua Guardia de Asalto de la Segunda República. Su función principal era el mantenimiento del orden público, lo que durante la dictadura equivalía a la dura represión de manifestaciones, huelgas obreras y asambleas estudiantiles, por lo que la expresión «correr delante de los grises» se convirtió en una frase habitual para toda una generación de opositores al régimen. El color gris pasó a ser un símbolo visual del miedo y la represión franquista.

Aquel día en la SEAT, asfixiados por los gases lacrimógenos y los obstáculos propios de las instalaciones industriales de los talleres donde se parapetaban los huelguistas, solo quedaba correr para salvarse de los disparos indiscriminados, aunque uno de los trabajadores no consiguió eludir las balas. Cuando intentaba cruzar desde el taller 1 al taller 5, Antonio Ruiz Villalba (1938-1971), de treinta y tres años, cayó abatido por una ráfaga a bocajarro. Recibió entre cinco y ocho impactos de bala de la policía, la mayoría en el abdomen. Quedó tendido en el asfalto de la fábrica y, tras semanas debatiéndose entre la vida y la muerte, falleció el 1 de noviembre de 1971.
Nacido en la localidad de Jérez del Marquesado, en Granada, había emigrado a Barcelona en busca de un futuro mejor. Trabajaba como oficial soldador en la sección 33 del taller 4. Sus propios compañeros siempre han relatado que no era un sindicalista radical ni estaba en primera línea de choque, sino un trabajador más, envuelto en el caos del desalojo. Como era norma durante la dictadura, las autoridades encubrieron la actuación policial. Los hechos nunca tuvieron una investigación judicial transparente y ningún agente fue juzgado ni condenado por disparar munición real contra obreros desarmados. El caso quedó en la impunidad oficial. La huelga fue desarticulada con extrema dureza. La SEAT despidió a cientos de trabajadores bajo sospecha de haber participado en los disturbios. Hubo decenas de detenidos y varios huelguistas acabaron en prisión.

De Miguel y Bueno comienzan la novela gráfica con una viñeta que sitúa la acción en la actualidad en un lugar lleno de simbolismo: la Biblioteca Francesc Candel, sita en el Carrer d’Amnistia Internacional número 10, en el barrio de La Marina de Port, dentro del distrito de Sants-Montjuïc de la ciudad de Barcelona, en el área conocida como Zona Franca, y en el corazón de un entorno con un profundo pasado obrero y de inmigración, elementos muy ligados a la figura que le da nombre. La biblioteca, inaugurada oficialmente el 26 de noviembre de 2006, lleva el nombre de uno de los escritores y periodistas más importantes para entender la historia social de la Barcelona del siglo XX.
Paco Candel (1925-2007) es el autor, entre otras, de la novela Donde la ciudad cambia su nombre (1957), en la que retrató al detalle el entorno de la Zona Franca y Montjuïc. Su ensayo más famoso, Els altres catalans (1964), fue fundamental para entender el fenómeno migratorio y promover la integración y la cohesión social en Cataluña. Ponerle su nombre a la biblioteca de «su» barrio fue un acto de justicia y memoria histórica. En ese sentido, fiel a la memoria de Candel, la biblioteca cuenta con un fondo especial y recursos dedicados a temas de inmigración, movimientos migratorios y cohesión social, así como una sección dedicada a la historia de esta zona. Este vecindario no olvida a Antonio Ruiz Villalba: existe un pasaje con su nombre en el barrio de las Viviendas de la SEAT en Barcelona y otra calle en Sabadell. Además, cada 18 de octubre, veteranos del movimiento obrero y sindicatos acuden a la Zona Franca para realizar una ofrenda floral ante una placa instalada justo en el lugar del recinto donde cayó tiroteado, enfatizando la importancia de la memoria histórica. Para evitar que esos nombres en el callejero y esas placas conmemorativas acaben convertidos en un eco vacío, obras como La SEAT: Motor de Llibertat resultan hoy más necesarias que nunca; un puente de papel y memoria para entender el pasado de nuestras propias calles.


