El tiempo pasa, que es una barbaridad, y mañana se cumplirán 15 años del 15M. Pasé una semana entera en la plaça de Catalunya y ahora bromeo desde cierto desencanto en torno a cómo toda mi generación dice haber estado en el lugar, una falsedad tremenda, aunque, claro, en el pasado también todos afirmaban haber formado parte de una célula del PSUC.
Más allá de todas estas fantasías de algunos, lo más interesante es que estos tres lustros no han cumplido, ni por asomo, las expectativas de esas jornadas en ningún sentido, quizá menos aún desde los barrios, pues los participantes preferían soltar lemas y creer en una revolución cuando, no lo olvidemos, muchos protestaban sin ideología y a partir de la frustración considerable de no poder alcanzar el nivel económico de sus padres.
Quizá por eso no había, pese a todo, una verdadera voluntad de trabajar por el colectivo. Se dijo que Podemos y los futuros ayuntamientos del cambio nacieron del impulso de esa primavera, aunque servidor lo duda bastante. No lo digo sólo por la brevedad de la experiencia del 15M, sino porque la izquierda morada no trabajó para nada bien los barrios mientras ostentó el poder municipal.
Sin embargo, en junio de ese ya lejano 2011 sí se movió ficha en La Bordeta. Desde hacía decenios, los vecinos deseaban que Can Batlló, que ocupa una cuarta parte de la barriada, se salvara de la especulación con sus terrenos. A dos días de una ocupación histórica se cedió una nave de 800 metros a la entidad Can Batlló és pel barri, que tenía en previsión crear una biblioteca popular autogestionada, además de un centro para jóvenes y gente mayor.

A partir de ese momento se activó el sueño de conseguir un espacio autogestionado, sin duda más sólido una vez el Ayuntamiento, capitaneado por Barcelona en Comú, aprobó la cesión de trece mil metros cuadrados a la Associació Espai Comunitari Veïnal i Autogestionat de Can Batlló. Antes, desde 2011, el creciente número de actividades organizadas por gentes del barrio mostraba una inequívoca voluntad de dar la vuelta a un calcetín demasiado roto entre el inmovilismo de las anteriores administraciones y la crisis económica de 2008, cuando las promesas se frenaron, liberándose gracias a una serie de acciones con sabor a la idea del derecho a la ciudad.

En mi actividad de paseante e investigador de Barcelona he frecuentado La Bordeta durante años, primero porque me fascinaba su condición de tercer hombre de los barrios de Sants, como si este y Hostafrancs lo juzgaran inferior, cuando, en realidad, su historia es apasionante, así como sus calles, en las que pueden intuirse cursos fluviales o todos los secretos de sus inmuebles entre casas para trabajadores de finales del siglo XIX, viejas empresas con sus rótulos aún legibles, bombas ácratas estalladas a destiempo en el carrer de Toledo y una iglesia, la de Sant Medir, capital para comprender mejor las extrañas uniones del antifranquismo en 1964, pues en ese templo nacieron las Comisiones Obreras de Catalunya.
Puedo acceder a La Bordeta desde muchos puntos cardinales. A veces lo hago desde Santa Eulàlia de L’Hospitalet. En esa frontera la antigua isla Citroën apunta a la renovación de más de 35 mil metros cuadrados, de los cuales ocho mil serán para equipamientos y veintidós mil para un parque, acompañado de más de doscientas viviendas, un 45 % de carácter público.

Bien es sabido que en Barcelona este tipo de proyectos se desarrollan con gran lentitud. La semana pasada, cuando fui a examinar in situ el estado de la cuestión, un gran número de vecinos con los que conversé manifestó no fiarse de Collboni, según ellos porque vende mucho y compra poco, es decir, lo ven como un genio de los anuncios y una nulidad en la ejecución de lo que, supuestamente, planea.
Los problemas con la actual administración colean, asimismo, en Can Batlló. El choque no se resolvió ni siquiera con la flamante inauguración del parque en el recinto, capaz de reconvertir desde noviembre de 2024 ese inmenso patrimonio industrial en un maravilloso vergel al haberse plantado casi quinientos árboles, cuatro mil plantas arbustivas y mil metros cuadrados de un césped especial, todo ello regado con un gran depósito de agua proveniente de la red freática de la ciudad.
El complejo es espectacular. Se ha invertido bien el dinero y los viejos bloques de lo que fue una fábrica de todos los oficios ahora se distribuyen en una mezcla harto variopinta al combinar instalaciones deportivas, recreo infantil, huertos urbanos e incluso un camino del agua en recuerdo del viejo canal de la infanta Luisa Carlota, esencial en las memorias del Ochocientos y más allá para La Bordeta.

Reconozco que, habituado a ver esta suma de sueños desde su entrada de la Gran Vía, es bello moverme por la misma por el carrer de la Constitució, asombrarme por el edificio cooperativo de La Borda y preguntarme si los demás planeados no quedarán en agua de borrajas al leer que algunas obras tenían prevista su finalización para este verano, pero ni siquiera se han iniciado. Quizá esto tenga relación con otros comentarios vecinales. Algunos insisten con fuerza alrededor de cómo el alcalde especula con la escuela de Can Maiol, que debe recalar en Can Batlló, mientras otros, pese a todo felices por la metamorfosis, remarcan que los socialistas invirtieron dinero por la inercia de los años de Colau, sin que, en verdad, tengan ningún tipo de ganas de perpetuar el modelo al tener otras prioridades; no en vano, para la illa Citroën querían pisos de lujo.

La clave, sospecho, radica en la presión vecinal. Pese a lo conseguido, aún hay muchos bloques sin dinamismo, lo que desde un mensaje positivo significa el anhelo de más propuestas para un mañana a la vuelta de la esquina, siempre que los luchadores de La Bordeta planten cara al poder a sabiendas de que el barrio debería pertenecerles. Sin acción colectiva, la victoria siempre supondrá un retroceso para la ciudadanía, como se demuestra en los barrios donde esta no se moviliza.


1 comentari
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