La USOC cumple este año 60 años: ¿qué razones explican que el sindicato haya podido sobrevivir desde finales de la dictadura hasta el día de hoy?
Estamos muy contentos y orgullosos de llegar a este aniversario. Creo que la clave es una suma de factores. Desde sus inicios, la USOC ha apostado por un sindicalismo independiente, con autonomía política y centrado exclusivamente en la defensa de los trabajadores y las trabajadoras.
También hemos sido un sindicato democrático, plural, de proximidad y coherente con nuestros principios. Todo esto nos ha permitido resistir durante seis décadas. Si tuviera que resumirlo en una palabra, diría precisamente esta: resistencia. Resistencia y, al mismo tiempo, capacidad de crecer y adaptarnos a los cambios.
¿Cuáles dirías que han sido las principales aportaciones históricas de la USOC al mundo laboral catalán?
Nosotros siempre hemos defendido un sindicalismo de clase, democrático e independiente. Esta independencia política es un rasgo muy característico nuestro. Hemos intentado construir el sindicato de abajo hacia arriba, dejando espacio para que sean los delegados y las delegadas, y en definitiva los trabajadores y las trabajadoras, quienes marquen las prioridades.
La USOC ha sido un sindicato arraigado al país y al territorio. Siempre hemos trabajado desde una perspectiva catalana y con la voluntad de dar respuesta a las necesidades concretas de los centros de trabajo y de los sectores productivos de nuestro entorno.
¿Y si tuvieras que destacar algunas victorias concretas?
Hay varias. Una de las más importantes es la reducción de jornada. Mucho antes de que este debate volviera a ocupar la agenda política y mediática, nosotros ya lo planteábamos en la negociación colectiva. Hace treinta o cuarenta años que defendemos esta reivindicación.
También destacaría la formación de los delegados y delegadas sindicales. Siempre hemos considerado que la representación de los trabajadores requiere preparación y conocimiento. Por eso hemos invertido muchos esfuerzos en este ámbito.
Y una tercera cuestión es la igualdad de género. Durante años hemos introducido medidas de conciliación e igualdad en convenios colectivos, especialmente en convenios de empresa, cuando todavía no eran temas centrales en el debate público.
Recuerdo, por ejemplo, el caso de los establecimientos Viena, donde se negociaron medidas de conciliación y espacios relacionados con la atención a los hijos de los trabajadores. Hoy pueden parecer cuestiones asumidas, pero en aquel momento casi nadie las planteaba. Estas conquistas se fueron incorporando progresivamente gracias a la negociación colectiva.
La USOC es hoy el tercer sindicato de Cataluña a nivel de afiliados. ¿Cuáles son los principales retos de futuro que crees que habrá que afrontar?
El primero es consolidar esta posición. Mantenernos como tercer sindicato implica conservar y ampliar nuestra base afiliativa, que actualmente supera los 25.000 afiliados y afiliadas, y mantener también nuestro nivel de representatividad. Pero no se trata solo de conservar. También queremos crecer. Somo un sindicato de proximidad y queremos llegar a más personas, a más sectores y a más territorios.
Estamos presentes en toda Cataluña, pero todavía hay espacios donde podemos ampliar nuestra implantación. El reto es continuar siendo útiles a los trabajadores y trabajadoras en un mercado laboral que cambia constantemente.
Muchos sociólogos, psicólogos e incluso filósofos explican que vivimos en una sociedad cada vez más individualista, marcada por la idea de que cada uno debe espabilarse por su cuenta. ¿Cómo erosiona este hecho el tejido colectivo?
Es cierto que vivimos en una sociedad cada vez más individualizada. Pero precisamente por eso el sindicalismo sigue siendo necesario. Nosotros siempre decimos una cosa muy sencilla: «Cuando estamos organizados, negociamos; cuando estamos solos, obedecemos».
Esta es la diferencia fundamental. Por mucha individualización que exista, la realidad es que los trabajadores siguen necesitando herramientas colectivas para defender sus derechos. Organizarse es una cuestión de supervivencia laboral. Las empresas negocian colectivamente sus intereses; los trabajadores también deben poder hacerlo.
¿Qué le dirías a un joven que trabaja como autónomo, en remoto, sin una relación laboral tradicional y que no percibe la utilidad de los sindicatos?
Le diría que muchos de los derechos de los que hoy disfruta son fruto de luchas colectivas. No han aparecido espontáneamente ni han sido concesiones gratuitas. Por eso es tan importante la pedagogía. Tenemos que explicar a la gente joven de dónde vienen estos derechos y por qué es necesario defenderlos. También debemos adaptar nuestros mensajes a las nuevas realidades laborales.
Es verdad que se acercan tiempos complejos para el sindicalismo. Los centros de trabajo han cambiado, las formas de contratación han cambiado y las trayectorias profesionales son mucho más fragmentadas. Pero el principio sigue siendo el mismo. Una persona sola tiene muy poca capacidad de negociación. Un colectivo organizado tiene fuerza. Las victorias laborales han sido siempre colectivas. Y los derechos que hoy parecen normales también lo fueron.
Uno de los grandes debates actuales es el de la inteligencia artificial. ¿Tienes la sensación de que los trabajadores están participando en esta conversación?
No lo suficiente. Y eso es un problema. Ya estamos viendo expedientes de regulación de empleo en los que las empresas invocan la inteligencia artificial o la automatización como parte de las causas que justifican determinadas medidas. Desde nuestra perspectiva, el sindicalismo debe estar presente en este debate. No podemos limitarnos a recibir las decisiones cuando ya están tomadas.
Si los representantes de los trabajadores participaran desde el principio en las discusiones sobre cómo se introducen estas tecnologías en los procesos productivos, probablemente los resultados serían diferentes.
¿Qué regulaciones consideras necesarias en este campo?
Para nosotros es fundamental garantizar el control humano sobre los algoritmos que afectan a las condiciones laborales. No podemos aceptar que determinadas decisiones sean tomadas por sistemas automatizados sin transparencia ni supervisión. Los trabajadores deben saber cómo funcionan estos mecanismos y deben tener representación en los espacios donde se decide su aplicación.
Demasiado a menudo las normas llegan de arriba hacia abajo. Nosotros defendemos lo contrario. El debate debe empezar en la base, en los centros de trabajo, y después trasladarse a los ámbitos legislativos.
¿Pero sin oponerse frontalmente a la innovación tecnológica?
No, en absoluto. Nosotros no estamos en contra de la digitalización ni de la inteligencia artificial. Lo que defendemos es que estas herramientas deben servir para mejorar la vida de las personas. La tecnología debería contribuir a reducir tareas repetitivas, aumentar la seguridad o mejorar las condiciones laborales.
El problema aparece cuando se utiliza exclusivamente como una herramienta para reducir plantillas o para incrementar el control sobre los trabajadores. Nuestro lema del último Primero de Mayo era precisamente “humanizar el trabajo”. Esta idea resume muy bien nuestra posición.
Las empresas no pueden ver a los trabajadores únicamente como un recurso productivo. Son personas con derechos, necesidades y proyectos de vida. La digitalización debe estar al servicio de las personas, no al revés.
La cuestión de la vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales del país, especialmente para la clase trabajadora. Si tuvieras una varita mágica, ¿qué medidas impulsarías que hoy no se están aplicando?
La vivienda es un derecho, pero hoy se ha convertido con demasiada frecuencia en un activo especulativo. Esta es una de las cuestiones que hay que revertir. Ahora bien, como sindicato, nosotros ponemos el acento sobre todo en los salarios. Necesitamos salarios más altos para poder vivir con dignidad. Es evidente que se pueden adoptar medidas reguladoras sobre los precios de la vivienda, y muchas son necesarias.
Pero si los salarios no permiten acceder a una vida digna, el problema continuará existiendo. Nuestra prioridad es evitar la pérdida de poder adquisitivo de la clase trabajadora. Necesitamos salarios que permitan cubrir las necesidades básicas, y entre estas necesidades está la vivienda. Cuando una persona trabaja y, a pesar de ello, no puede acceder a una vivienda digna, tenemos un problema estructural que requiere respuesta.
Para acabar, ¿cuál es tu mirada sobre el futuro?
Mi mirada es optimista porque sigo pensando que el sindicalismo es una herramienta útil. El futuro pasa por continuar luchando por los derechos laborales, llegar a más trabajadores y trabajadoras y adaptarnos a los cambios sociales y tecnológicos que ya tenemos delante.
Queremos crecer, ampliar nuestra presencia y seguir ser un sindicato plural, democrático y cercano. Pero, sobre todo, queremos seguir siendo útiles. Esta es la cuestión esencial: que cualquier trabajador o trabajadora que necesite apoyo, orientación o defensa de sus derechos pueda encontrar en el sindicato una herramienta eficaz.

