La narrativa contemporánea del éxito sostiene un dogma casi religioso: la meritocracia. Es decir: si trabajas lo suficiente, si te sacrificas el doble, si te dejas la piel, llegarás a la cima. Esta idea, atractiva por su aparente justicia poética, se desmorona cuando se confronta con la realidad. Porque el éxito no es un camino limpio que depende únicamente de la fuerza de voluntad; está condicionado por un punto de partida invisible que la propia meritocracia se encarga de ocultar.
Vi la serie documental de Netflix sobre Rafael Nadal. El tenista mallorquín es, sin duda, uno de los máximos exponentes globales de la «cultura del esfuerzo». Su carrera ha sido una oda a la resiliencia: partidos agónicos de cinco horas, victorias logradas con el pie anestesiado, y una capacidad mental casi sobrehumana para regresar después de lesiones que habrían retirado a cualquier otro atleta. El documental explota con maestría esta épica, vendiendo la idea de que Nadal es quien es gracias a una disciplina inquebrantable. Y es verdad: su esfuerzo es real, innegable y admirable. Sin embargo, el peligro de la narrativa meritocrática no radica en lo que muestra, sino en lo que omite.
Al ensalzar a Nadal como el símbolo definitivo del «querer es poder», el relato mediático convierte una excepción estadística en una regla moral. Lo que el mito de la meritocracia calla son las condiciones de posibilidad que permitieron que el esfuerzo de Nadal floreciera.
El tenista no empezó a jugar en una pista pública agrietada de un barrio marginal, sino en un entorno familiar de deportistas de élite y empresarios, con un tío que fue futbolista profesional y otro que pudo dedicarse en cuerpo y alma a entrenarlo desde los cuatro años. Nadal contaba con un colchón económico, una estabilidad emocional, acceso a la mejor medicina deportiva y un pasaporte europeo. Su esfuerzo fue el motor, pero la estructura que lo rodeaba construyó la autopista.
Lo que el mito de la meritocracia calla son las condiciones de posibilidad que permitieron que el esfuerzo de Nadal floreciera
Para entender el sesgo de esta visión, es imprescindible acudir a una de las dinámicas de educación popular más utilizadas en aulas y talleres de todo el mundo para reflexionar sobre la desigualdad, la empatía y los privilegios: el ejercicio conocido como «Da un paso adelante» (en inglés Privilege Walk).
La dinámica es sencilla pero devastadora en sus resultados. Un grupo de personas de diversos orígenes se coloca en una línea de salida. El facilitador comienza a leer una serie de afirmaciones y, si la frase se aplica a la vida de los participantes, estos deben dar un paso al frente; de lo contrario, se quedan quietos o dan un paso atrás. Las frases son del tipo: «Si tus padres tienen títulos universitarios, da un paso al frente»; «si nunca has tenido que preocuparte por el alquiler, da un paso al frente»; «si la policía nunca te ha parado por la calle debido a tu color de piel, da un paso al frente»; «si puedes caminar por la noche sin miedo a ser agredida, da un paso al frente».
Al final del ejercicio, la línea inicial se ha roto por completo. En la vanguardia, varios pasos por delante, se encuentran los hombres, las personas blancas, de clases acomodadas y nacidas en el norte global. En la parte trasera, estancados en la línea de salida o incluso por detrás de ella, quedan los migrantes, las personas negras, las minorías étnicas y quienes provienen de entornos empobrecidos. Es en ese momento exacto cuando el facilitador da la orden: «Ahora, jueguen una carrera hasta la meta. El primero que llegue, gana».
Este ejercicio captura una verdad incómoda que el documental de Netflix de Rafa Nadal jamás podrá abordar: la carrera está amañada desde antes de empezar. Decirle a una persona migrante, que ha cruzado el Mediterráneo en una patera o ha atravesado fronteras bajo una violencia sistémica, que «solo debe esforzarse más» para alcanzar el éxito es una crueldad.
Las minorías racializadas y los colectivos migrantes no sufren por falta de cultura del esfuerzo; al contrario, sus vidas suelen ser monumentos al sacrificio diario. Trabajan jornadas extenuantes en los sectores más precarizados, limpian los hoteles donde se hospedan los turistas, recogen la fruta que se consume en esta sociedad y cuidan a los ancianos, a menudo bajo el peso de la discriminación institucional, la falta de papeles y el racismo cotidiano.
Si el éxito fuera realmente una consecuencia directa del trabajo duro, las mujeres migrantes que limpian oficinas de madrugada serían las personas más ricas y exitosas del planeta. Pero la meritocracia no funciona así. La meritocracia es, en realidad, un mecanismo de legitimación para quienes ganan la carrera que miran hacia atrás y culpan a los que quedaron rezagados por «no haber sabido esforzarse lo suficiente».
Si el éxito fuera realmente una consecuencia directa del trabajo duro, las mujeres migrantes que limpian oficinas de madrugada serían las personas más ricas y exitosas del planeta
El sistema necesita héroes meritocráticos como Rafa Nadal para mantener la ilusión de que el ascensor social funciona. Si un chico de Manacor pudo ser uno de los mejores tenistas de la historia a base de puro sufrimiento, entonces el sistema es justo. Pero la realidad es que por cada Nadal que llega a la cima del tenis, hay miles de jóvenes con un talento idéntico o superior que se quedaron en el camino simplemente porque sus familias no podían pagar las raquetas, las inscripciones a los torneos, los viajes o las sesiones de fisioterapia. Y si ampliamos el foco a la vida civil, por cada persona de una minoría que logra romper el techo de cristal y convertirse en juez, médico o político, hay millones atrapados en un suelo de barro del que es imposible salir solo «empujando con fuerza».
Aclaro que no estoy despreciando el esfuerzo ni quitándole valor a los logros de los Nadal de la vida. Claro que el esfuerzo es necesario, pero no es suficiente. Para que el esfuerzo tenga un valor real y justo, primero debemos asegurar que la línea de salida sea la misma para todos. Necesitamos menos discursos sobre la épica del sufrimiento individual y más políticas que acorten la distancia en esa línea de salida.

