Me explico. Una de las normas áureas de la Barcelona contemporánea estribaba en fijar su evolución en el calendario mediante acontecimientos de calado con capacidad proyectarse al mundo mientras se ejercían transformaciones fundamentales a nivel urbanístico para mejorar el conjunto.
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El mandato de Jaume Collboni como alcalde empezó mal, algo por otra parte comprensible al ser elegido sólo para impedir entronizar a Xavier Trías en la cúspide del poder local. Los diez concejales del socialista poco pueden hacer en solitario. Esto se vio con estrépito durante el primer año de la legislatura, cuando lo más destacado de su gestión fue inaugurar unos semáforos con figuras de Mortadelo y Filemón.
Durante ese intervalo el primer ciudadano se significó por sus silencios. Cuando los rompió, sus asesores dieron con una tecla. De los Gin-tonics en el Murria se pasó a la omnipresencia mediática, en ocasiones con cierto tufo a publirreportajes por parte de algunos periódicos, capaces de loar la densidad de población, uno de los problemas que nadie quiere resolver en Barcelona, así como las ventajas de eventos de envergadura internacional, buenos, en esencia, para el turismo, no así para los habitantes de la capital catalana.

Esto último será el eje de este artículo, pero antes conviene apuntalar esta introducción que recapitula las improntas de este trienio transcurrido desde las elecciones de mayo de 2023.
Esta pasada primavera paseaba por el carrer de Rogent, rambla sin nombre del Camp de l’Arpa, cuando me encontré una paradita de Barcelona en Comú. Uno de sus miembros me preguntó qué opinaba de su labor en la oposición, a lo que respondí lamentar su inoperancia, sensacional al propiciar un monopolio de Collboni, feliz por cómo se han ausentado sus adversarios.
A mi crítica, el chico saltó diciéndome que los socialistas tienen todos los altavoces a su favor, lo cual tampoco es inexacto, pero la lentitud y dejadez de los otros partidos en liza es algo gravísimo, no desde lo estratégico, sino desde la calidad democrática del gobierno del municipio, pues con toda probabilidad el PSC no tiene un plan coherente, pero al menos actúa desde su posición, mientras los demás caen en el anonimato que es sinónimo de ignorancia, algo por lo demás demostrado en encuestas recientes, donde un gran porcentaje de votantes ignoraban quienes eran los candidatos de Barcelona en Comú, ERC o Junts.
Collboni, seamos claros, sobresale desde las maniobras de escapismo, aquellas consistentes en anunciar desde una envidiable constancia, como si proclamarlo conllevara haber terminado algo. Su segundo mecanismo triunfal es el de generar ruido desde un factor muy interesante: acoger eventos con repercusión internacional que no tienen ningún efecto en el tejido ciudadano.
Me explico. Una de las normas áureas de la Barcelona contemporánea estribaba en fijar su evolución en el calendario mediante acontecimientos de calado con capacidad proyectarse al mundo mientras se ejercían transformaciones fundamentales a nivel urbanístico para mejorar el conjunto.

Este proceso empezó con la Exposición Universal de 1888, que por otra parte casi podemos leer como el anuncio, pues Maragall a diferencia de su supuesto heredero conocía el pasado, de la colaboración entre el sector público y el privado. La muestra, un logro inconmensurable, fue el pistoletazo de salida, que luego emuló la Internacional de 1929, válida para urbanizar Montjuic en un momento de auge constructivo, pues los años veinte del siglo pasado fueron brutales para definir el rostro de la ciudad condal entre el boom de inmigrantes y todas las políticas de vivienda llevadas a cabo.
Collboni quiere conmemorar esta Exposición por su centenario, olvidándose que, si bien la idea inicial era anterior, fue producto de la dictadura de Primo de Rivera. Por eso, entre otras cosas el Palau Nacional lo es, pero con elementos de la arquitectura española. Por eso hay un pueblo español y quizá también por eso, disculpen tanta repetición, las torres venecianas abren una perspectiva más bien fascistoide, como si tuviéramos Unter der Linden o la via dei Fori imperiali.
Luego, ya en 1952, tuvimos el Congreso Eucarístico, brillante en su ejecución al dar una de las propuestas más modernas de la Historia de Barcelona con el barrio del Congrés, pero oculta en la memoria municipal al ser franquista, como los Juegos Mediterráneos de 1955, sin los que no tendríamos el pobre Palau d’Esports, a la espera de no morirse del asco, pues sería todo un logro recuperarlo de verdad.

Porcioles, tan capital en muchos aspectos porque duele reconocer cómo lo han imitado muchos alcaldes democráticos, también aspiro a su monumento mundial. Quería una tercera Exposición, pero Samaranch le recomendó unos Juegos Olímpicos. Llegaron en 1992 con Maragall y supusieron la refundación de Barcelona, que antes, con el alcalde más longevo del siglo XX, dio una vuelta de tuerca y se convirtió en una urbe de ferias y congresos, lo que sigue siendo uno de sus motores económicos más prósperos, entre otras cosas por ocupar el calendario y atraer visitantes de múltiples sectores.
El repaso a todo este grueso de encrucijadas históricas quedaría incompleto sin el Fórum de las Culturas, que el Ayuntamiento siquiera conmemoró en su vigésimo aniversario por razones obvias, aunque sí fue clave para metamorfosear uno de los sectores limítrofes y actualizar el Pla de la Ribera de Porcioles, dándoles a los ricos dos barrios con vistas al mar rodeados de pobreza endémica.

Collboni tiene en su haber la Copa América, la visita del Papa y el Tour de Francia. El primero mejoró instalaciones del Port Vell y fue un fracaso local, porque nadie le prestó atención y se silenciaron muchas protestas. Los beneficios fueron para pocos, pero desde luego no para el ciudadano de a pie. Con el Papa el éxito fue televisivo, prueba de cómo al fin y al cabo el pontífice sirvió para cuatro titulares en la prensa occidental, y las molestias para la cotidianidad, como asimismo se ha dado con el Tour. La previsión de ochocientos mil espectadores se hundió entre las olas de calor y el desinterés de los barceloneses, baste ver los infinitos huecos de público, a lo sumo trescientas mil almas, nada mal, pero no las cifras vendidas.
Por otra parte, el recorrido era propio del parque temático porque el objetivo, y aquí radica la diferencia de los eventos de Collboni con la tradición inaugurada en 1888, es atraer turismo, no trabajar desde el gobierno interno, el que se preocupa por los que pagan sus impuestos en Barcelona.

De mientras esta tiene una serie de problemas gravísimos. Lo que se vende como paradigma es lo contrario. Hablo del turismo, la densidad de población, la contaminación acústica y la vivienda. Desde hace meses cada semana hay muertes a tiros y, por si fuera poco, ahora surgió el socavón, pero oh, no en el Carmel, sino en el Upper, decisivo en las elecciones por su movilización.
Aun así, es triste reconocerlo, Collboni puede estar tranquilo. A sus rivales no se les espera y el trabajo de implicar a la ciudadanía es nulo. Ganará por apatía y frustración generalizada, pero la culpa jamás es de los que votan, sino de todo el entramado político, surrealista, tanto que toda la matraca de la Sagrada Familia ha obviado como un lugar laico o muy laico elevaba a los altares un templo expiatorio. Expiatorio por los pecados de la clase trabajadora durante la Semana Trágica. Paradojas socialistas. Ciudad de los prodigios, sí.


