Más que la llegada de Andy Burnham al gobierno, lo que resulta interesante —y urgente— es el debate que ha abierto sobre el futuro del laborismo y, por extensión, sobre la irrelevancia creciente de la socialdemocracia europea en muchos países. No porque recupere el viejo laborismo ni porque renuncie a la economía de mercado, sino porque, por fin, alguien se atreve a decir en voz alta que el mundo ha cambiado radicalmente y que muchas de las recetas actuales han dejado de funcionar.

Aquí tens la versió en catalá


Durando casi cuarenta años, la socialdemocracia ha vivido a remolque de los cambios impuestos por el neoliberalismo. Primero los resistió con la boca pequeña; después los acabó administrando. La Tercera Vía de Tony Blair y Anthony Giddens no fue una síntesis, fue una capitulación disfrazada de innovación: aceptaba la globalización, la disciplina presupuestaria y el dogma del mercado, mientras prometía salvar el Estado del bienestar con las mismas herramientas que lo estaban vaciando. Aquella fórmula ganó elecciones, pero acabó rindiéndose a la idea thatcheriana de que no había alternativa. Y una socialdemocracia que renuncia a tener alternativa deja, sencillamente, de ser socialdemocracia. Aquel contexto ha desaparecido.

La crisis financiera del 2008, la pandemia, la crisis energética, la guerra de Ucrania, la competencia tecnológica con China, la urgencia de reindustrializar Europa, la explosión de las desigualdades, los fenómenos migratorios o la nueva geopolítica de los recursos y el nuevo orden mundial lo han cambiado todo. Ya no basta con redistribuir la riqueza; hay que volverla a crear, y hay que hacerlo ahora. Sin industria propia, ni energía competitiva y en el marco de una transición justa, sin una defensa del medio ambiente, sin innovación, infraestructuras y capacidad tecnológica, el Estado del bienestar no se erosiona: se derrumba.

Mientras tanto, la socialdemocracia se ha ido desvaneciendo como fuerza política. En Francia, Grecia o Israel prácticamente ha desaparecido del mapa del gobierno. En Italia sobrevive atrapada en una síntesis imposible entre excomunistas, exsocialistas y otros restos progresistas. En Alemania, cada convocatoria electoral confirma una decadencia lenta pero imparable. Estos no son contratiempos: son síntomas de un proyecto que ha decaído en su derecho a explicar el futuro.

Y el problema no es solo programático: es cultural y comunicativo. Demasiado tiempo identificada con una gestión correcta de la administración, la socialdemocracia ha olvidado que gestionar bien, sin un relato que diga hacia dónde va la sociedad, no sirve de nada. Ni las alternativas surgidas desde la izquierda —Syriza, Podemos, La Francia Insumisa— han conseguido construir nada estable más allá de la indignación. Supieron gritar el malestar; no supieron gobernarlo. Es en este vacío, precisamente, donde las propuestas de Burnham empiezan a pesar.

Demasiado tiempo identificada con una gestión correcta de la administración, la socialdemocracia ha olvidado que gestionar bien, sin un relato que diga hacia dónde va la sociedad, no sirve de nada

El que algunos ya denominan «Manchesterismo» no es un retorno al socialismo clásico ni un retoque cosmético de la Tercera Vía: es una ruptura con la resignación. Asume que competitividad, cohesión social y soberanía económica no son objetivos incompatibles, sino la misma exigencia vista desde tres ángulos.

Este giro también significa el retorno, sin tapujos, de la planificación. No se trata de resucitar planos quinquenales ni de sustituir el mercado por el Estado, sino de admitir que la descarbonización, la digitalización, las infraestructuras energéticas, los centros de datos, las redes eléctricas o los semiconductores, pero también las crisis migratorias, el deterioro de los servicios públicos, especialmente la educación, la sanidad y la seguridad, no aparecen solos por generación espontánea. Exigen dirección pública, estabilidad reguladora, inversión sostenida y una colaboración mucho más estrecha —y mucho menos pudorosa— entre administraciones, tercer sector y sector privado.

Sus prioridades son claras y no admiten medias tintas: recuperar capacidad industrial propia, blindar sectores estratégicos como la energía, la defensa o la manufactura avanzada, descentralizar el poder hacia los territorios, garantizar vivienda asequible como derecho y no como promesa, reforzar la sanidad pública, dignificar la formación profesional e intervenir sin complejos en las infraestructuras esenciales.

La idea de fondo es inapelable: el Estado no tiene que sustituir el mercado, pero tampoco puede conformarse con hacer de enfermero cuando están en juego intereses estratégicos. Tiene que orientarlo, y cuando haga falta, imponerse.

Este debate conecta con los informes Draghi y Letta y con la política industrial americana de Biden —que Trump se emperra en desmontar—, pero añade una cosa que a los informes tecnocráticos les falta: un compromiso firme con la cohesión social, el equilibrio territorial, la proximidad y, sobre todo, una manera diferente de hacer política, más de escucha y menos de despacho, más de vanguardia y menos de administración de lo que ya existe.

Por eso la socialdemocracia tiene ante sí una oportunidad que no se repetirá. Si el siglo XX construyó el Estado del bienestar, el XXI exige un nuevo contrato social que rompa de una vez con el inmovilismo y la parálisis que la tienen secuestrada. La socialdemocracia empezó a perder la hegemonía el día que dejó de marcar la agenda y se conformó a administrar las reglas que dictaban otras. Si Burnham representa algo, es precisamente la voluntad de volver a discutirlas.

Si el siglo XX construyó el Estado del bienestar, el XXI exige un nuevo contrato social que rompa de una vez con el inmovilismo y la parálisis que la tienen secuestrada

Los Treinta Gloriosos no volverán. Tampoco el mundo sobre el cual se construyó la socialdemocracia del siglo XX. El reto no es llorar el pasado, sino construir, sin miedo, un nuevo contrato social para una economía descarbonizada, digitalizada y atravesada por la competencia geopolítica —y seria, de verdad, en el combate contra la desigualdad y por la justicia social—. La socialdemocracia solo recuperará la centralidad perdida si deja de conformarse con gestionar mejor el presente y vuelve a atreverse a construir una idea de futuro.

Durante buena parte del siglo XX ofreció una promesa nítida: más bienestar, más igualdad, más oportunidades. El siglo XXI exige ampliarla sin complejos con la soberanía energética, la reindustrialización, la autonomía tecnológica y la cohesión territorial. En definitiva, volver a demostrar —con hechos, no con gestión— que es posible combinar competitividad, prosperidad y justicia social en un mundo cada vez más incierto.

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Hector Santcovsky

Sociólogo, experto en políticas públicas de desarrollo y sostenibilidad. Ex-director de desarrollo social y económico de la AMB.

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