El 17 de junio de 2023, en Ripoll, el PSC, ERC y la CUP intentaron cerrar una mayoría alternativa para que Sílvia Orriols no fuera alcaldesa. Junts no se sumó: votó a su propio candidato y dejó caer el cordón. Orriols fue investida aquel mismo día.

Tres años después, el primer barómetro del CEO de este 2026 le da entre 23 y 25 diputados. Ahora tiene dos. A Junts le quedan entre 16 y 18 de los 35 que sacó. Uno de cada cuatro votantes de Junts ya tiene a Aliança como segunda opción; entre los de Vox, uno de cada siete.

Aquí tens la versió en catalá


¿Qué le queda, entonces, al espacio convergente? Puede endurecer el discurso migratorio y competir con el original, que es lo que ya ensaya. Puede esperar que el regreso de Puigdemont —el TJUE ha avalado la amnistía y al Supremo se le ha acabado el margen— emule el regreso de Odiseo y ayude a poner su Palau en orden. Puede replegarse al mapa municipal, donde todavía conserva más de trescientas alcaldías, y aguantar la respiración. Pero ninguna de estas opciones es buena, porque la casa convergente está carcomida por los cimientos. La cosa viene de lejos.

La Casa Grande que todo lo tapaba

En 1958, en dos artículos titulados Per una doctrina d’integració e Immigració i integració, recogidos después en La immigració, problema i esperança de Catalunya (Nova Terra, 1976), Jordi Pujol escribió sobre el subdesarrollo español y especialmente del andaluz. Del hombre andaluz dijo que «no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido». La salida que les proponía —a modo de salvación casi divina— era la integración: la catalanidad como algo que se podía adquirir, que había que adquirir para poder sobrevivir materialmente y florecer espiritualmente. Una puerta abierta con peaje. Pase, pero pague.

Aquel peaje sostuvo cuarenta años de Casa Grande. Quien lo pagaba —lengua, entidad, trabajo, escuela— entraba y dejaba de ser problema. Quien no lo pagaba se quedaba fuera sin que hiciera falta decírselo, porque el marco nacional ya lo decía por todos.

El independentismo heredó el mueble entero y creyó que lo repintaba del color de octubre: «Un solo pueblo. La República de todos»; «Catalán es todo hombre que vive y trabaja en Cataluña». Esta última es de Pujol, del mismo volumen, y lleva letra pequeña: que de Cataluña haga su casa, que se incorpore, que se reconozca en ella, que se entregue y que no le sea hostil. Cuatro condiciones y una prohibición.

Fue funcionando mientras hubo una promesa lo bastante grande como para taparlo todo, pero la promesa se estrelló en 2017. Y eso se nota en la unidad parlamentaria, o en la falta de ella: los cuatro partidos partidarios del estado propio ya solo votan igual tres veces de cada diez.

Orriols, pujolismo descarnado

Orriols no ha inventado nada. Es pujolismo sin moralina, si se quiere, sin hipocresía. Un rasgo característico de los tiempos en los que vivimos.

Su afinidad parlamentaria con Junts es alta: de las 1.735 votaciones del curso parlamentario que acaba de cerrarse, Aliança ha votado a favor del 71% de las iniciativas que ha registrado Junts, más que ningún otro grupo de la cámara, PP incluido. Junts ha votado a favor del 0% de las de Aliança. Cero. Sus cuadros salen de las redes que Convergència tejió comarca a comarca durante décadas. En Amposta encabezará la lista el exnúmero dos de Junts en el municipio; en Cambrils, el portavoz del grupo. Y seguirán cayendo más.

Sin embargo, más vale no reducirlo a una historia de familia. Más de un 20% de los votantes de Aliança no se consideran independentistas; en Junts, el porcentaje cae al 5%. La primera preocupación de sus votantes y la de los de Vox coinciden: inmigración e inseguridad. La Casa Grande llevaba el racismo dentro de un marco nacional que le daba forma y límite, como un hueso dentro de la carne. Roto el hueso, la carne se desparrama y se junta con lo primero que encuentra.

Ahora la metáfora es otra. La Casa Grande, diría Orriols, ha sido okupada por unos huéspedes que no han respetado las condiciones de entrada. Pero las condiciones no se las ha inventado ella, son solo la página siguiente del libro de Pujol. La integración que se vestía de generosidad no era más que un examen; un examen constante, supervisado por quien se decía amo de la catalanidad. El mundo posconvergente está siendo desahuciado de su propia finca.

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Guillem Pujol

Licenciado en Ciencias Políticas (UPF), MSc en European Politics and Policies en al University of London, Birkbeck College y Doctor en Filosofía con mención Cum Laude (UAB). Coautor del libro «Cartha on Making Heimat» (Ed. Park Books).

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