Ha llegado el momento de decirlo: este popular enclave barcelonés mantiene su decorado de siempre, pero se ha producido una mutación antropológica que ha anulado su carácter. Quizá por eso suenan a Historia antigua algunos episodios no tan lejanos.
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Haber crecido en Gràcia a todas horas del día tiene muchas ventajas de percepción. Para sus habitantes diurnos, más ingenuos a partir de sus cotidianidades, no hay nada mejor en Barcelona. Para los nocturnos, curtidos en mil batallas de bares y músicas, la Vila siempre vive en la decadencia, pues cualquier tiempo pasado fue mejor, al menos desde los años setenta del siglo pasado.
Cada uno podría contarnos su historia. Yo también podría hacerlo con la mía. Sin embargo, los datos son más certeros que cualquier nostalgia. Si nos centramos sólo en los últimos tiempos veremos cómo el alquiler de una vivienda ha subido 243 euros en la última década, de los 860 de 2017 a los muy poco fiables 1103 de la actualidad, según cifras del Ayuntamiento de Barcelona.

Esto me lleva a pensar en una imagen muy simbólica. A principios de esta centuria solía diseccionar las calles gracienses con mi amigo José Luis. En el carrer de Torres se halla la casa del Diable, según la leyenda con frescos y motivos satánicos porque su propietario pudo construirla gracias a un favor del ángel caído, quien le hizo ganar la lotería.
La finca fue restaurada de un modo harto efectista, fantástico para cumplir el objetivo. El carrer de Torres es idóneo y tranquilo. Algunos vecinos me han comentado en más de una ocasión que hay pisos valorados en más de un millón de euros, algo imposible hacia 2005, cuando aún había mucho inquilino de rentas bajas y Gràcia aún tenía sus personajes, ahora desaparecidos por la voraz homologación.

Esta se ha cobrado muchas víctimas. En realidad, ha llegado el momento de decirlo, este popular enclave barcelonés mantiene su decorado de siempre, pero se ha producido una mutación antropológica que ha anulado su carácter. Quizá por eso suenan a Historia antigua algunos episodios no tan lejanos.
A finales de mayo de 2016 se desalojó el Banc Expropiat en la esquina de travessera de Gràcia con Mare de Déu dels Desemparats, nombre que encaja a la perfección con los ocupantes de esa antigua oficina bancaria, hijos del 15M pero dentro de esas cuatro paredes, donde alertaban sobre los males inmobiliarios y trabajaban en pos de una economía solidaria, gracias a que el alcalde Trías pagaba un generoso alquiler para evitar problemas. Su sucesora, Ada Colau, dejó de ingresar los billetes y esa primavera hubo protestas, consistentes y performáticas por la estructura urbana del barrio, con callecitas y laberintos donde la policía no podía ganar mucho.

Lo curioso, recuerdo muy bien esas jornadas, es que al lado del Banc Expropiat ardían contenedores, pero si cruzabas Torrent de l’Olla e ibas a la plaça del Sol daba la sensación de estar en otro mundo, con los paquistaníes vendiendo cervezas y muchos jóvenes, tanto locales como turistas, enfrascados en cambiar el mundo desde su toque radical chic, idóneo para la revolución desde el sofá.
En noviembre de 2018 servidor empezó a abandonar el barrio. Lo único auténtico eran los bares de siempre, salvados por los chinos, esas leyendas que conservaban el ambiente anterior a su llegada y beneficiaban al cliente de toda la vida.
Ese mes estalló otra protesta porque iban a terminar con una encina bicentenaria al lado de dos inmuebles centenarios en el carrer Encarnació. El grito ciudadano sirvió para duplicar el número de casas catalogadas con valor patrimonial y demostró, en un claro canto del cisne, la fuerza del movimiento vecinal en Gràcia, con mucha pujanza desde poco antes de la muerte de Franco y las movilizaciones para evitar la vía O, aquella locura mediante la cual el alcalde Porcioles quiso sacarse de la manga una autopista urbana de Lesseps a Joanic.

Después de eso llegó la Pandemia. Murió Víctor Nubla, una de las almas del barrio. Cerraron negocios sí, claro, eso es la vida, pero desde luego no volvieron a abrir quioscos. Todo cambia, tanto que Gràcia pasó a ser un anexo al centro de la ciudad, iniciándose la periferia en Pi i Margall, nada raro, créanme, pues no muy lejos aún puede intuirse el torrent de la Partió, la frontera entre la vieja villa y el inmenso pueblo de Sant Martí de Provençals, agregado a Barcelona el 20 de abril de 1897.
Siempre comparé a nuestra protagonista con un recinto amurallado, causa de la dificultad de abandonarlo. Una de sus entradas es plaça Joanic. Antes era mítica al ser de arena, lo que impedía la acción policial acompasada con los de la limpieza para echar a los últimos faranduleros.

Ahora es un hola de bienvenida aséptico y maravilloso para Instagram mediante ese muro que el muralista TvBoy debe tener a su disposición por obra y gracia de nuestro consistorio, de otro modo es incomprensible ver qué siempre hace lo que le da la santa gana en esa pared plagada de oportunismo, sólo condenado cuando, hace poco, osó pintar a Ferran Torres, enfadándose los independentistas. El resto de sus creaciones van muy bien para simular modernidad, nada sorprendente en esos entornos, donde la gente se queja por la invasión de los guiris y el cierre de negocios emblemáticos al tiempo que, en un giro copernicano con tendencias de antaño, votó a Junts en las elecciones legislativas catalanas de 2024. Eso sí, queda muy bien enfadarse en las redes, pero ya comprobaremos mañana cómo la realidad es otra.
Esta cuestión no es ninguna tontería. Lo que vende un grueso importante de la población es rabia. Primero fue contra el turismo. Ahora los nuevos culpables son los mal llamados expats. Digo lo de mal llamados porque, hasta no hace tanto, la palabra recordaba a exiliados y desterrados, pero estas personas trabajan aquí y viven de lujo, además de aumentar el coste de la vida y, así a simple vista, no integrarse demasiado con los nativos, que los critican más bien por lo bajinis. Así como se ha establecido un asqueroso racismo con gentes de otras etnias, a estos blancos europeos o anglosajones no se les puede tocar el pelo.

Esto último es algo atrevido, más que nada porque rompe la barrera del comentario de la doble moral imperante en Barcelona. En Gràcia se ha pasado, de nuevo según datos municipales, de menos de 3000 residentes extranjeros en 2000 a más de 30 mil en la actualidad. Las cifras no corresponden sólo a la Vila, sino a todo el Distrito. La primera es la abeja reina de un núcleo donde Vallcarca, La Salut, Camp d’en Grassot o Penitents, no así Gràcia Nova, pertenecen a otro ámbito de barriadas con problemáticas de otra índole.
Quizá en el otrora reducto de las esencias se nota más su presencia por la densidad de población, que, quién lo diría, con 38 mil habitantes por quilómetro cuadrado duplica de forma holgada la de la ciudad, lo que no alerta demasiado a nadie para tragedia de todos. Estos expats gracienses son una de las puntas de lanza de la mutación antropológica de este emblemático rincón de la ciudad condal. ¿Molestan? ¿Se integran de verdad? ¿Viven las fiestas? ¿A qué dedican el tiempo libre?
Intentamos responder a todas estas preguntas del modo más natural del mundo, es decir, hablando con los comerciantes de la zona. Antes de hacerlo, pero, una tarde cualquiera, me topé de bruces con una vieja gloria del lugar. El señor Carlos, un rey de la juerga, un apóstol de la homosexualidad secreta que se reunía en el bar La pausa del carrer Montseny. «Ay Jordi, lo de ahora no es nada, es como esto del mercado de la Abacería. Antes auténtico y con baretos y ya ves cómo lo dejan, de madera y sostenible, esa palabra que todos usan porque queda bien, como el barrio, digno de postal y glorioso para expulsarnos a los de siempre».

