El pasado mas de junio, una delegación del partido de extrema derecha Aliança Catalana fue recibida en Perpiñán por Jordi Vera, antiguo militante de Terra Lliure, de ERC, del Partit per la Independència y de Convergència Democrática de Catalunya, que actualmente preside el grupo «Sí al País Català». Vera, después de arrimarse al sol que más calentaba en cada momento en la Cataluña Norte, no tuvo inconveniente en reunirse y fotografiarse con Aliança Catalana, en un territorio que ya sufre el impacto de la extrema derecha francesa.
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No es un caso aislado. Más allá de los fichajes públicos de personas provenientes de CiU o Junts, de ERC, o incluso de la CUP, Aliança Catalana está llevando a cabo una subterránea operación de reunirse con militantes históricos del nacionalismo y el independentismo para blanquear su imagen. No se trata tanto de incorporar nuevos afiliados sino de conseguir el reconocimiento, o como mínimo evitar el rechazo, por parte de personalidades del catalanismo conservador. Aliança sabe que una parte de su crecimiento proviene de la frustración de muchas personas que se creyeron que el Procés culminaría con la independencia y que se han sentido engañadas: aquí puede pescar muchos votos.
Estos contactos son un movimiento paralelo a la aproximación al empresariado catalán, que ha querido escuchar con interés a la alcaldesa de Ripoll, Sílvia Orriols, en el Círculo Ecuestre, en el Foro Nueva Economía o en el Golf Empordá, apadrinada aquí por el abogado Emilio Cuatrecasas. Lo ha explicado la misma Orriols: se trata de «normalizar» sus relaciones con el sector negocios a partir de coincidir en la defensa de la «libertad de empresa». Mientras impulsa todas estas reuniones, Sílvia Orriols no tiene inconveniente, sin embargo, en incorporar a su partido ex miembros de Sociedad Civil Catalana, la entidad unionista que se mostró muy activa contra el proceso independentista y la normalización del catalán.
Los encuentros tienen una intención muy clara: debilitar la posibilidad de un cordón sanitario que aísle a Aliança Catalana en las instituciones y normalizar posibles pactos de Orriols con Junts, después de que les haya pegado un buen mordisco electoral. Hay quien piensa que hay una extrema derecha mala, Vox, por españolista, y una extrema derecha aceptable, Aliança Catalana, por independentista. Estos sectores no quieren que en unas futuras elecciones en el Parlament se frustre la posibilidad de construir una mayoría conservadora alternativa a las izquierdas a causa de una cada vez más dudosa negativa de Junts a pactar con Aliança.
Los encuentros tienen una intención muy clara: debilitar la posibilidad de un cordón sanitario que aísle a Aliança Catalana en las instituciones y normalizar posibles pactos de Orriols con Junts
Ahora ya no cuesta encontrar personas nacionalistas que justifiquen que hay que hablar con el partido de Orriols. David Madí, ex dirigente de CDC que sigue moviendo hilos en el entorno de Junts, afirmaba este mes de agosto que no es partidario de cordones sanitarios y que «puede haber pactos con Aliança Catalana que funcionen y otros que no». Los sectores del independentismo que no cierran la puerta a acuerdos con la extrema derecha catalana les consideran demasiado radicales pero añaden que hay que aceptar que la inmigración preocupa y provoca rechazo en una parte significativa de la ciudadanía, especialmente en sectores sociales que durante mucho tiempo se sintieron representados por Convergència. Es cierto que Pujol había leído con atención Los otros catalanes de Paco Candel y escuchaba con interés a Josep Benet recordando que Cataluña tenía que ser un solo pueblo, pero Marta Ferrusola advertía del peligro que Santa Maria del Mar acabara convertida en una mezquita; una parte de las bases convergentes nunca ha visto con buenos ojos el fenómeno migratorio venga de donde venga. Aquí está el posible punto de encuentro con Orriols, y ella, que viene de este mundo, lo sabe.
Aliança Catalana es la piedra en el zapato del independentismo, pero una piedra tan gorda y puntiaguda que lo puede condenar a una pérdida significativa de apoyo social. Es curioso que asociaciones y partidos independentistas que quieren hacer política en Cataluña estén cometiendo un error tan evidente. La primera gran equivocación fue permitir que Orriols llegara a la alcaldía de Ripoll en 2023 cuando había una legítima mayoría democrática que podía formar un gobierno alternativo: el miedo a la reacción de una parte del electorado de Junts regaló a Aliança Catalana una plataforma que después ha sabido aprovechar. Normalizar Aliança Catalana sería una losa que los grupos independentistas no se podrían sacar nunca de encima. Cualquier posible acuerdo sobre la soberanía que suponga un pacto con Orriols provocará una reacción negativa no tan solo contra quienes pacten, sino contra todo el nacionalismo. Si el hecho de que el proceso de 2017 fuera dirigido por Carles Puigdemont ya hizo que gente soberanista de izquierdas se desmarcara, no es nada difícil imaginar qué puede pasar ahora. La inteligente propuesta de Òmnium Cultural de buscar la coincidencia con otros sectores a partir de «las luchas compartidas» será borrada por el impacto de aceptar como compañero de viaje a un partido xenófobo, islamófobo y partidario de la libre empresa sin límites. Hace pocos días en Prada, el presidente del Parlament, Josep Rull, parecía consciente del peligro al advertir que «los que hacen un planteamiento etnicista ponen en riesgo la viabilidad de la nación y el proyecto de independencia». Pero no todo el mundo en Junts lo ve igual: ni algunos alcaldes aterrados por el impacto del voto a Aliança Catalana (como el de Martorell, que llegó a intentar impedir el acceso al agua de las fuentes públicas a las personas vulnerables) ni la portavoz en el Congreso, Míriam Nogueras, emperrada en la triste cruzada de frenar la llegada a Cataluña de ningún menor migrado, a pesar de la crisis humanitaria vivida en Ceuta. Incluso un sector de ERC flirtea con determinadas afirmaciones que parecen coincidir con la voluntad de una Cataluña cerrada sobre sí misma: Elisenda Alemany, cabeza de lista de los republicanos en Barcelona, ha clamado contra el «cosmopolitismo naif» que quiere «llegar a los diez millones porque les es igual el país»; los inminentes debates con Gerardo Pisarello, de los Comunes, prometen ser interesantes y clarificadores.
La inteligente propuesta de Òmnium Cultural de buscar la coincidencia con otros sectores a partir de «las luchas compartidas» será borrada por el impacto de aceptar como compañero de viaje a un partido xenófobo, islamófobo y partidario de la libre empresa sin límites
La Generalitat tiene que poder desplegar todas las políticas públicas en materia de inmigración; de hecho, la delegación de competencias ya estaba acordada por el gobierno de coalición progresista pero la demagogia centralista de Podemos la hizo descarrilar, pronto hará un año, cuando unió sus votos en el Congreso a los de PP y Vox. Este incremento del autogobierno se tendría que basar en la voluntad de acogida, en la solidaridad y en la capacidad para explicar nuestra realidad nacional a las personas recién llegadas, no en ningún guiño a los argumentos de la extrema derecha.
Siempre va bien mirar hacia el País Vasco. En Iparralde, el territorio de Euskadi que forma parte de Francia, el Partido Nacionalista Vasco (PNB) ha decidido cambiarse el nombre y pasar a denominarse EAJ-Le Parti Basque, abandonando el calificativo de «nacionalista». ¿La razón? Consideran que en Francia esta expresión evoca la «ultraderecha» o incluso el colaboracionismo con los nazis del general Pétain durante la II Guerra Mundial. La sombra de la extrema derecha francesa, el antiguo Frente Nacional, ahora Reagrupamiento Nacional, ha hecho reflexionar a los inteligentes dirigentes del PNB que se quieren alejar. Quizás ha ayudado el hecho que EH Bildu tenga un diputado en la Asamblea Nacional Francesa, escogido dentro de las listas del Nuevo Frente Popular, compartiendo candidatura con la Francia Insumisa, comunistas, socialistas y ecologistas.
Pero aquí hay quién, obsesionado por la creciente atracción del electorado nacionalista por parte de Aliança Catalana, que se hará evidente en las próximas elecciones locales en un buen puñado de municipios, piensa inocentemente que la solución es asumir sus propuestas y «normalizar» esta opción. Cuando se den cuenta de las consecuencias será demasiado tarde; como en Ripoll.

