El Departamento de Estado de Estados Unidos recomienda «extremar la precaución» al viajar a España y buena parte de Europa por la situación de violencia y posibles disturbios. Cuando leemos ese tipo de mensajes nos damos cuenta cómo detrás de este tipo de mapas siempre hay algo más que la típica prevención de las embajadas. Se trata de una vieja batalla por definir el relato y conservar el poder de decidir quién es peligroso, quién está civilizado y quién debe tener miedo de quién.
Aquí tens la versió en catalá
Lo reconozco. Tengo fascinación por los mapas. Como el joven Marlow de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, me fascinan esos dibujos que hacen los cartógrafos pero no solo por cómo muestran el territorio que muestran, sino por todo aquello que esconden.
Un mapa nunca es solo un mapa. Alguien decide dónde está el centro, qué frontera merece una línea gruesa, qué territorio parece enorme y cuál siempre está empequeñecido, qué nombre desaparece y, sobre todo, quién mira a quién y desde qué posición.
Por todo eso, hoy me interesa comentar el mapa de recomendaciones de viaje que acaba de publicar en su web el Departamento de Estado de Estados Unidos. Si lo miran verán que tiene colores. Tiene niveles. Tiene advertencias. Parece aséptico, hecho con lenguaje administrativo, asemeja ser casi científico. Pero no lo es, está preñado de ideología y política.
Un mapa nunca es solo un mapa. Alguien decide dónde está el centro, qué frontera merece una línea gruesa, qué territorio parece enorme y cuál siempre está empequeñecido
España aparece en el nivel 2 de peligrosidad global con el mensaje a los ciudadanos estadounidenses de «extremar la precaución». Los motivos oficiales son terrorismo y posibles disturbios asociados a la violencia y la migración con episodios graves como los de Ceuta. Los funcionarios de Washington advierten también de eventuales ataques en lugares turísticos, aeropuertos, estaciones, mercados o centros comerciales.
Uno termina de leerlo y podría pensar —desde esa ingenuidad con la que gran parte de los Estados Unidos sigue contemplando el resto del planeta— que aterrizar en Barcelona, Valencia, Madrid o Palma exige llevar algo parecido a un chaleco antibalas.
Con idea de hacer un poco de verificación de los hechos, miro otro mapa, el del Global Peace Index 2026, elaborado por el Institute for Economics & Peace, que utiliza 23 indicadores sobre conflictos, seguridad y militarización para valorar la seguridad de los países y que sitúa a España en el puesto 27 de los 163 países analizados de mejor, el primero, hasta el último, el más inseguro, que es Rusia, por debajo de Sudán del Sur y la República Democrática del Congo, según este índice. ¿Y Estados Unidos? Sorpresa. Ocupa el lugar como el numero 134, el peor de su historia y situado entre Venezuela y Ecuador por su gran nivel de inseguridad. Me detengo a pensar… Hay cifras que necesitan un editorial. Y otras que simplemente necesitan unos segundos de silencio.
El señor del mapa
Estados Unidos tiene todo el derecho a informar a sus ciudadanos de los riesgos existentes en otros países. Y España, aunque lo parezca cada verano por el récord de turistas anual, no es el parque de atracciones de Disneylandia. Hay delincuencia en las ciudades y pueblos, hurtos cotidianos a turistas y locales; asesinatos por violencia machista, problemas relacionados con tráfico de drogas, conflictos sociales, racismo cotidiano y una colección bastante completa de todas las miserias antiguas y actuales con sello perfectamente autóctono.
El problema comienza cuando una recomendación consular empieza a funcionar como una radiografía objetiva del mundo. Porque entonces deberíamos aceptar también el ejercicio inverso. Haciendo diplomacia ficción imaginemos una recomendación consular de la Unión Europea que dijera algo así: «Al viajar a Estados Unidos, extreme las precauciones. Existe violencia muy grave por uso de armas de fuego. Pueden producirse ataques y tiroteos en escuelas, centros comerciales, cines, lugares de culto y espacios públicos. Existe una grave epidemia de opioides en las calles de las grandes ciudades y problemas severos de sinhogarismo con abundantes y muy diversos conflictos sociales graves y violentos ataques racistas. Si decide visitar los EE.UU:, manténgase muy alerta».
Probablemente nos parecería exagerado. Y tendríamos razón. Estados Unidos no es Mad Max. En las ciudades y los pueblos, millones de estadounidenses viven y trabajan de forma tranquila, llevan a sus hijos al colegio, cenan con amigos y regresan tranquilamente a casa. Exactamente ese es el argumento. La existencia de violencia o conflictos sociales y políticos no convierte automáticamente una sociedad en peligrosa. Tampoco cuando esa sociedad se llama España.
Los datos incomodan
Hagamos entonces algo que el mapa del Departamento de Estado no puede hacer. Girémoslo. En 2024/25 —último año del que se dispone de cifras oficiales confirmadas y para una población de más de 341 millones de habitantes— murieron en Estados Unidos 44.447 personas por armas de fuego, según la estadística pública de los Centers for Disease Control and Prevention. Ese mismo año hubo 79.384 muertes por sobredosis de drogas, la mayoría relacionadas con opioides, incluyendo el fentanilo y sus análogos. Además, el sistema federal de vigilancia de muertes violentas de los CDC registró el año pasado cerca de 1.500 homicidios de mujeres relacionados con violencia de pareja.
Son cifras brutales, incluso para una para un país tan grande y poblado como los Estados Unidos, que nos recuerdan algo muy elemental cuando Washington colorea de amarillo nivel 2 la inseguridad ajena: la violencia existe —y de manera brutal— en el país que maneja el rotulador que decora el mapa.
Pero añadamos inmediatamente otro dato, porque los hechos que contradicen nuestra tesis también son hechos: la situación está mejorando; las muertes por sobredosis parecen estar bajando mucho en el último año y los datos preliminares del FBI estiman que en 2025 la delincuencia violenta estadounidense cayó alrededor de un 9%.
La complejidad
Eso se llama complejidad. Y precisamente desde esa complejidad podemos formular la pregunta importante: si comprendemos perfectamente que una sociedad donde mueren decenas de miles de personas por armas de fuego, drogas y violencia machista no puede reducirse intelectualmente a la palabra «insegura», ¿por qué aceptamos esa operación cuando se realiza sobre los demás?
Violencia. Descontrol. Inseguridad. Amenaza. No se trata de comprar contextos sociales y fenómenos distintos. Se trata de comparar los colores de las palabras utilizadas para organizarlos. Y ahí es donde comienza la política del mapa. Los hechos no necesariamente cambian demasiado. Lo que sí cambia, de forma muy considerable, es el editor que selecciona incertidumbres; que recorta, prioriza y jerarquiza miedos.
Los hechos no necesariamente cambian demasiado. Lo que sí cambia, de forma muy considerable, es el editor que selecciona incertidumbres; que recorta, prioriza y jerarquiza miedos
Y entonces aparece Marco Rubio, secretario del Departamento de Estado, y ya dejamos de hablar de mapas, colores y niveles de seguridad. Rubio no observa Europa desde una neutralidad tecnocrática consular o diplomática. Su marco político está expresado públicamente, no es nada engañoso, y resulta difícil de malinterpretar. En febrero de 2026, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, presentó la inmigración masiva sin control como una política «autodestructiva» y defendió una alianza occidental asentada en una herencia cultural compartida y unas profundas raíces cristianas. La propia Casa Blanca resumió su intervención como un rechazo a la inmigración masiva «sin control», al «extremismo climático» y a las estructuras «globalistas», dentro de una defensa explícita de la civilización occidental.
Civilización. La palabra importa. Ahora ya no hablamos solamente de violencia, delincuencia, armas, fronteras, inmigración o integración. Hablamos de Civilización, con mayúscula.
Ese es el brutal sesgo ideológico desde el que Rubio contempla Europa: inmigración como desestabilización, políticas climáticas y feministas como extremismos; instituciones europeas supranacionales como pérdida de soberanía y la derrota de una identidad occidental vinculada explícitamente a una determinada herencia cultural blanca y cristiana.
Eso no demuestra que Rubio manipule personalmente cada recomendación de viaje para castigar a los gobiernos que disgustan a Washington. Afirmarlo sería sustituir el análisis por una teoría conspirativa. Pero sería igualmente ingenuo creer que el Departamento de Estado fabrica sus categorías en un laboratorio esterilizado y libre de ideología. Ahí, después, ya aparece el dibujo del mapa. Y me resulta difícil no mirar ambas cosas juntas.
La violencia del hielo
Mientras la inmigración y la entrada masiva en Ceuta con las terrible desgracia de decenas y decenas de muertos sirve para construir la imagen de una España y una Europa incapaces de controlar sus fronteras, Estados Unidos ha desplegado una enorme maquinaria de violencia, detención y deportación que tiene tres letras de «hielo» en inglés: ICE.
La actuación del ICE ha sido tan grave que Amnistía Internacional ha documentado entre 2025 y 2026 situaciones muy graves de hacinamiento, condiciones insalubres, falta de atención médica, encadenamientos, violencia y malos tratos graves a los migrantes detenidos, con prácticas documentadas que fueron calificadas por la organización como «tortura» y que provocaron la muerte de, al menos, 24 personas que estaban bajo custodia de ICE desde octubre de 2024.
No es que la situación desbordada que sufren los migrantes en los centros de detención de las fronteras españolas o de otros países de la Unión Europea sean para estar orgullosos del trato que allí se da, pero aquí el lenguaje del mapa vuelva a hacer su magia.
La propaganda ya no necesita mentir
Ese es probablemente el corazón del asunto. Seguimos imaginando la propaganda como una mentira. Es una idea demasiado antigua. La propaganda política contemporánea más eficaz puede trabajar perfectamente con hechos verdaderos. Su talento consiste en editarlos con un sesgo determinado.
Si una llegada masiva de migrantes es un ataque a la «soberanía» española y a la «civilización occidental»; si toda «manifestación» es un «disturbio», solo se trata de relacionar esos hechos y ofrecer conclusiones rápidas y fáciles que mezclen migración, amenaza, descontrol, violencia, civilización, decadencia. Agítese con suma atención y constrúyase una historia coherente con ello.
Rubio y sus funcionarios que diseñan los mapas de riesgo no necesitan inventarse una España o una Unión Europea Europa sin problemas. Los tenemos y son graves. Lo que necesita su relato es convertir esos problemas en síntomas de algo superior y aún más grave: un problema civilizatorio; para una Europa que ha perdido fronteras, soberanía, identidad y voluntad. Ese mapa ya no es solo una herramienta política. Se ha convertido en un artefacto político.
El privilegio de pintar el mundo
Durante siglos Occidente disfrutó de un poder violento y extraordinario. No solamente podía dominar buena parte del planeta. Además, podía explicarlo y leerlo a su imagen y semejanza.
Si nosotros teníamos crisis, ellos tenían inestabilidad. Si nosotros delincuencia. ellos violencia. Si nosotros éramos ciudadanos, ellos eran masas y hordas. Si nosotros gestionábamos y controlábamos fronteras, ellos producían migrantes.
El viejo mecanismo colonial de representación sigue bien vivo y no ha desaparecido. Ahora está digitalizado y online. Tiene mapas interactivos, experiencia de usuario, colores e interfaces. Tiene Nivel 1. Nivel 2. Nivel 3. Nivel 4. Ya no es como los mapas antiguos, hoy parece objetivo, pero siempre hay alguien detrás diciéndole al cartógrafo qué merece tener un color y cuál es, y qué debe permanecer invisible.
La realidad es más rebelde que el relato
Querido turista estadounidense: Bienvenido a España. No queremos alarmarle. Sí. Hay carteristas en nuestros vagones de metro. Proteja el móvil y no deje la cartera sobre la mesa de una terraza en Barcelona.
Sí. Puede encontrarse manifestaciones de migrantes y personas hablando lenguas muy diferentes. Incluso puede toparse con algo particularmente peligroso: gente que no piensa como usted. No se asuste.
Y si alguien —su secretario de estado, para empezar— intenta convencerle de que acaba de aterrizar en un país y un continente sumidos en la destrucción y la inseguridad, haga algo profundamente subversivo. Mire los datos y después vuelva a mirar el mapa que le ha enviado su embajada antes de visitarnos. Quizá descubra con nosotros que las preguntas más interesantes del viaje nunca fueron qué país es más peligroso sino quién conserva el privilegio de llamar peligroso a quién ¿Quién pinta la «civilización» y de qué color y nivel es la «violencia» del mundo?
Cordialmente…

