Todavía predomina una mirada centrada en los resultados, mientras que el análisis de los procesos, de los contextos, del desarrollo profesional docente, de la inclusión o del bienestar educativo y docente ocupa un espacio mucho más secundario o no existe.

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El episodio vivido estos días con PISA no tendría que quedar reducido a una incidencia técnica ni a una nueva polémica política. Los responsables de la evaluación han reconocido que la muestra de alumnos seleccionada en Cataluña no cumple los criterios metodológicos establecidos por la OCDE, puesto que el porcentaje de alumnado exento de participar en la prueba superó ampliamente el límite admitido. Esta situación compromete la representatividad de la muestra e impide que los resultados catalanes puedan compararse con los de ediciones anteriores o con los otros países y territorios con las garantías estadísticas necesarias.

No estamos ante un fracaso del alumnado ni un cuestionamiento de PISA como instrumento de evaluación, sino ante un problema de calidad metodológica en la aplicación de la prueba en Cataluña. Y cuando una evaluación no garantiza la representatividad de la muestra, sus resultados dejan de ser interpretables con la solidez que exige cualquier estudio riguroso.

Es un hecho relevante que hay que aclarar con transparencia, asumir con responsabilidad y corregir para que no se vuelva a repetir. Pero, sobre todo, lo más importante no es el error en sí mismo, sino el debate que pone encima la mesa y puede ser una oportunidad para plantearnos una pregunta más profunda: ¿qué cultura de la evaluación necesita hoy el sistema educativo catalán?

Hace demasiados años que el debate educativo se concentra en los resultados de las pruebas externas. Cuando estos son favorables, se utilizan para justificar políticas; cuando son desfavorables, se buscan responsables inmediatos. En ambos casos se comete el mismo error: confundir la evaluación con la clasificación y reducir la complejidad de la educación a un conjunto de indicadores.

Hace demasiados años que el debate educativo se concentra en los resultados de las pruebas externas

La evaluación es otra cosa. Su función principal no es elaborar rankings ni alimentar titulares. Es generar conocimiento para comprender qué pasa en los centros educativos, identificar las dificultades, reconocer las buenas prácticas y orientar decisiones que contribuyan a la mejora. Cuando deja de servir a esta finalidad y se convierte en una herramienta de control o de confrontación política, pierde buena parte de su sentido pedagógico.

Cataluña no puede depender de PISA para saber cómo está su sistema educativo. Una prueba internacional, por rigurosa que sea, ofrece una fotografía parcial de una realidad mucho más compleja. Las competencias que evalúa son relevantes, pero no explican, por sí solas, la calidad del sistema educativo. No nos hablan del desarrollo profesional del profesorado, de la inclusión, del bienestar de los niños y de los jóvenes, de la convivencia, de la participación de las familias, de la capacidad de los centros para construir proyectos educativos compartidos e innovadores o de su contribución a la reducción de las desigualdades. Todo esto también es calidad educativa y también tendría que formar parte de la evaluación.

Una prueba internacional, por rigurosa que sea, ofrece una fotografía parcial de una realidad mucho más compleja

Por eso, Cataluña necesita reforzar y consolidar un sistema de evaluación educativa estable, riguroso, transparente y con autonomía técnica. No necesita más pruebas, necesita una auténtica cultura de la evaluación. Una cultura que vaya más allá de las evaluaciones de competencias básicas de 6º de primaria y de 4º de ESO o de la participación en estudios internacionales como PISA, TIMSS, PIRLS o ICILS. Una cultura que articule los instrumentos existentes, que complemente los indicadores cuantitativos con evidencias cualitativas, que dé más protagonismo a los procesos que a los rankings y que sitúe la evaluación al servicio del aprendizaje institucional, de la mejora de los centros y del desarrollo profesional docente.

El problema no es la carencia de evaluaciones. Las evaluaciones existen (hay un Consejo Superior de Evaluación del Sistema Educativo dedicado a esto), tanto en el ámbito catalán como en el internacional, pero a menudo aparecen fragmentadas y desconectadas entre sí. No acaban de configurar una política integrada de evaluación al servicio de la mejora del sistema educativo. Todavía predomina una mirada centrada en los resultados, mientras que el análisis de los procesos, de los contextos, del desarrollo profesional docente, de la inclusión o del bienestar educativo y docente ocupa un espacio mucho más secundario o no existe.

El reto es consolidar una auténtica cultura de la evaluación orientada, sobre todo, a la mejora educativa. Una cultura que convierta los datos en conocimiento, el conocimiento en decisiones y las decisiones en oportunidades de transformación de los centros y del conjunto del sistema educativo.

Los datos no siempre se transforman en conocimiento compartido ni en políticas sostenidas de mejora

Un sistema que proporcione información continuada sobre la evolución del sistema educativo y no solo en varios periodos temporales, que analice tanto los resultados como los procesos, que incorpore la investigación educativa y la voz de los centros, del profesorado, del alumnado y de las familias, y que sirva para orientar las políticas públicas y el desarrollo profesional docente. PISA y, otras evaluaciones estandarizadas, tiene que continuar siendo un referente interesante, pero no pueden convertirse en el único espejo en que miramos nuestra educación.

Los datos no siempre se transforman en conocimiento compartido ni en políticas sostenidas de mejora. A menudo se publican informes, pero cuesta que tengan una incidencia real en los centros y en las decisiones políticas. Los datos, por sí solos, no explican la realidad. Necesitan ser interpretados, contextualizados y contrastados con otras evidencias. Un resultado no nos dice por qué pasa aquello que pasa ni qué decisiones son las más adecuadas. La educación no se construye solo con estadísticas, sino también con conocimiento profesional, con investigación y con la comprensión de los contextos donde se aprende y se enseña.

Los datos, por sí solos, no explican la realidad. Necesitan ser interpretados, contextualizados y contrastados con otras evidencias

Este es uno de los riesgos de la cultura de la rendición de cuentas cuando se limita a los indicadores. Acabamos hablando más de lo que es fácil de medir que de lo que es realmente importante educativamente. Y aquello que es esencial en educación, las relaciones, la confianza, el compromiso docente, la inclusión, la participación o la capacidad de transformar las oportunidades de los alumnos, difícilmente se puede resumir en una puntuación.

La mejora educativa no nace de la presión que generan los resultados, ni de la respuesta apresurada ante los rankings, sino de la reflexión compartida sobre la práctica y del compromiso colectivo con el aprendizaje y la transformación. Nace de centros que aprenden, de profesorado que investiga y que analiza críticamente su práctica, de liderazgos pedagógicos compartidos y de una administración que acompaña, orienta, genera confianza y sostiene, con coherencia y continuidad, los procesos de cambio.

Por eso, el episodio actual de PISA, como decía antes, tendría que ser leído como una oportunidad. No solo para corregir un procedimiento administrativo, sino para abrir un debate sereno sobre el modelo de evaluación que necesita Cataluña. Un modelo que esté al servicio de la mejora de los centros, del  aprendizaje de los alumnos y del desarrollo profesional de los docentes; no de la competición entre territorios ni de la sucesión periódica de titulares.

Un país educativamente maduro no espera, ni depende, que una prueba internacional le explique la realidad de su sistema educativo. Dispone de sus propios instrumentos para comprender el estado de su sistema, interpretarlo críticamente e impulsar procesos de mejora con continuidad, rigor y transparencia.

Este es, probablemente, el verdadero reto que hoy tiene Cataluña. No tanto mejorar su posición en un ranking internacional como consolidar una auténtica cultura de la evaluación educativa al servicio de una escuela más equitativa, más reflexiva y más comprometida con el derecho de todos los niños y jóvenes a una educación de calidad.

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Francesc Imbernon

Catedrático de Pedagogía de la UB

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