Isla de casas del Passatge Vintró en un mapa de 1931
De repente, tras casi un mes dedicado a la observación específica de la Casa Delfí Sabadell, respiro aliviado y dudo sobre cómo proseguir mi recorrido. Algunas personas interesadas en las Barcelonas conocen alguno de los motivos de estas cavilaciones. En Cataluña, el provincianismo es tan fuerte que incluso se traspasa a los barrios de su capital. Si te preocupas por explicar alguno de ellos, no todos, sin ser aborigen pueden tildarte de traidor y otras lindezas por el estilo, como si los edificios y las calles estuvieran prohibidos para paseantes sin su ADN. A mí eso, como comprenderán, me da bastante igual, pero no está de más dar a conocer a los lectores determinadas actitudes. Tarde o temprano, no lo duden, destriparemos el Camp de l’Arpa, pero de momento circulo por Consell de Cent y me siento más bien extraño, quizá por hallarme en su tramo final, una gran impostura desde nuestro amado Imperialismo del Eixample hacia los pueblos del Llano.
La Meridiana vista desde Consell de Cent | Jordi Corominas
En su lado montaña detecto un indicio cronológico en una fachada justo al lado del passatge de Vintró: 1879. Entonces el terreno no pertenecía a Barcelona y su Historia se escribía entre caminos de toda la vida y propietarios con deseos de ampliar sus posesiones.
Una de las familias más inteligentes a la hora de repartir sus hectáreas era, valga la redundancia, el clan Vintró. Según los documentos, en 1727 Ramón de Falguera concedió a Pere Vintró el establecimiento perpetuo en varias mojadas de tierra en el actual sector conclusivo de Camp de l’Arpa. De este modo nació su fortuna, primero con una masía comprendida entre las calles de Nació, Muntanya y la hermosa Vidiella, con toda probabilidad más tardes ampliadas con otra finca rural sita en la carretera de Horta, hoy en día el número 11 del carrer de la Garrotxa, junto al torrent de la Guineu.
Los sucesores de Pere Vintró, además de compartir nombre, no se relajaron en su ambición. Pere Vintró y Sagristà devino uno de los más destacados prohombres de Sant Andreu. Residía en la esquina del carrer Llenguadoc con el de les Monges, participó con ahínco en reuniones oficiales de terratenientes, tanto del Ayuntamiento como dentro del grueso de los propietarios, y hasta tuvo el honor de ser de los pocos mencionados en los actos de colocación de la primera piedra del Hospital de Sant Pau en febrero de 1902, pocas semanas antes de su muerte, a los sesenta años de edad. La comitiva se reunió en el Hotel Casanovas, estas semanas ejemplo de lucha vecinal contra la instalación de un hotel para personas sin techo con adicciones a diez metros del inmueble, reconvertido en escuela de alta complejidad.
Algunas de las casas inaugurales de la travesía corrieron a cargo del maestro de obra, un viejo conocido de estas páginas, Joan Barba i Balanzó, quien no paraba de acaparar contratos por la zona, como los del carrer Meridional, erigido, más o menos, en el mismo periodo.
Los dimes y diretes del passatge Vintró hasta la Guerra Civil fueron cuantiosos. Para imaginar un poco su composición las fuentes nos transportan a una fábrica de harinas, así como a un posterior taller de cerrajería y, es sólo una hipótesis, un ingenio textil en el número 16, donde a lo largo del segundo lustro de los años veinte no paraban de reclamar chicas para coser.
La torre Agbar vista desde el Passatge Vintró | Jordi Corominas
Por lo demás, el enclave debió ejercer una increíble atracción hacia la desgracia desde múltiples perspectivas y matices. El 5 de octubre de 1903, un vecino fue atendido en el dispensario médico de Sant Martí por varias heridas sangrantes en la mano derecha. La causa fue una pelea con su esposa. Pensó en propinarle un puñetazo, recapacitó y golpeó la luna de un espejo, lastimándose.
Veinte años después, el 21 de agosto de 1923, le llegó el turno a Remedios Bataller Crespo. Esta mujer de cuarenta y ocho años, residente en el 582 del carrer d’Aragó discutió con Joan Guiu, esposa e hija. La riña sucedió en las inmediaciones del inmueble de estos, en el 9 del passatge Vintró, con la pobre Remedios con escoriaciones en el rostro y el brazo izquierdo, una minucia si se compara con lo acaecido no muchos metros más allá el sábado 10 de diciembre de 1927 en el tercer piso del número 5 de este particular atajo. Esa jornada, la niña de seis años María del Orden Villa cayó del balcón y casi, nunca mejor dicho, se rompe la crisma, preocupándose sus progenitores por esa probable fractura de cráneo debida a un despiste en su control sobre la pequeña.
El passatge Vintró en dirección al carrer d’Aragó | Jordi Corominas
Los adultos tampoco quedaban indemnes de daños. El 11 de abril de 1928, Francisco Domínguez Hernando, un vecino de María del Orden al vivir en el entresuelo primero del número 5, fue curado en la casa de socorro de la Ronda de Sant Pere tras impactar el tranvía de la línea 38 con su región torácica derecha. La contusión, sucedida en el cruce de Diputació con Roger de Llúria, sólo fue un susto de poca monta.
Entre tanta calamidad, es lícito preguntarse si el vecindario se reunía para reírse de tantos atropellos, casi como si un pájaro de mal agüero sobrevolara su cielo y en Vintró nadie pudiera quedar ileso, bien por necesidades económicas, algunos de ellos fueron auxiliados al carecer de medios, bien por la negligencia de muchos conductores del transporte público, un clásico en esa Barcelona, donde el sobresueldo se estipulaba a partir de la velocidad, pues si lograban realizar más trayectos de los previstos se ganaban unos duros extra, con el consiguiente peligro para pasajeros y peatones.
Nos lo podría contar con pelos y señales el cirujano Juan Guiu Tubella, uno de los dieciocho heridos a causa de la colisión de dos tranvías en Pere IV. Este hombre de sesenta y siete años había alzado una casita en el número 13 del passatge de Vintró en 1902, el 22 de febrero de 1931 no esperaba, como nadie lo atiende, padecer una escandalosa herida en la frente, de pronóstico reservado, con fatal desenlace el 9 de marzo, tal como atestigua una necrológica de La Vanguardia.
El azar no intervino enlo Ramón Crespo Monjo, protagonista en abril de 1933 de una trifulca con su compañero de trabajo en los sótanos de la Exposición Universal. Las hostias volaron como panes y Crespo, afincado en el 18 de Vintró, se llevó la peor parte, con contusiones en la región maxilar superior izquierda y una herida obtusa en la región occipital del mismo lado.
Placa en castellano del Passatge Vintró | Jordi Corominas
El passatge Vintró es un limbo más, sin interés para las autoridades, algo detectable por un detalle muy curioso, esparcido a lo largo y ancho de la periferia. Su placa a la vera del carrer d’Aragó está en castellano y quizá nadie de arriba se ha enterado en el último medio siglo, una metáfora muy pertinente de la desidia del Consistorio ante determinados barrios, normal porque gestionan la ciudad desde un despacho y eso de pisar sus calles lo dejan a pocos esforzados, amantes de rehacer el pasado para entender este arruinado presente, donde en cada uno de los cuatro puntos cardinales afloran las protestas por cómo un gobierno de izquierdas, en vez de actuar como tal, se conforma con propaganda barata mientras cree campar a sus anchas en la destrucción del pequeño patrimonio en los márgenes.
La impunidad de lo invisible, de un cinismo superlativo, les da alas para fomentar más si cabe la mediocridad de la ignorancia, un desastre sin paliativos ante tanta promesa de cambio, eso sí, muy bien escrita en la red social del pajarito, gasto del teclado porque quizá no disponen de presupuesto para zapatos.






