A veces, aquello dejado en el tintero emerge al cabo de poco tiempo porque requería mayor protagonismo aún sin reclamarlo, como ha ocurrido a lo largo de estos días, cuando tras escribir sobre el carrer de Lorenzale me empeciné con algunos detalles omitidos para dar mayor fluidez a la anterior entrega y potenciar el protagonismo de esta modesta travesía, anónima hasta para muchos habitantes de Camp de l’Arpa.
La obsesión se centró en las escasas intersecciones de su línea recta. Freser tiene carácter propio y un pasado más sólido al ser un ramal de la carretera de Horta, además de compartir morfología con Joan de Peguera, ambas urbanizadas por obra y gracia de una de nuestras diosas supremas de la resistencia al Eixample, Micaela Borràs de Peguera, heroína a reivindicar y viuda por partida doble, con cuantiosas herencias a su disposición, si bien fue generosa con las mismas.
Debajo de estas dos calles se ubican tanto Coll i Vehí como Ruiz de Padrón, causantes de muchas preguntas en mi cerebro, pues la primera sí transita de Navas a Rogent, mientras la segunda queda cortada de modo abrupto en Muntanya al hallarse detrás de esta vía, ahora en boga por la inminencia de una súper illa destinada a darle verde y gentrificación, las parcelas rurales de Can Robacols.

A todo esto, se añadía otro aspecto, magnífico para realizar una sempiterna inspección del terreno: mi arrepentimiento, con algo de vergüenza, por haber sacado muy pocas fotos de Lorenzale, como si el no hacerlo fuera un fracaso de observación del entorno, sin embargo feliz por generarme tantas cuestiones, sobre todo las relativas a la génesis de Coll i Vehí y Ruiz de Padrón, esta con alguna placas casi sin letras y en castellano, algo frecuente en otros rincones del barrio, desde el precioso carrer de Vidiella hasta la esquina de Rogent con el carrer València, nada grave, más bien una especie de descuido municipal aunado con la mala costumbre ciudadana de no fijarse en minucias significantes.

Todas las calles en confluencia con Lorenzale configuran en cierto sentido el embrión de un ensanche imperfecto inaugurado, como mencionamos más arriba, por la labor de Micaela, algo corroborado en un mapa de 1871, donde ni siquiera aparecen Muntanya, Coll i Vehí o Ruiz de Padrón, sólo las fundacionales de nuestra admirada mujer, es decir Freser, Joan de Peguera y Eterna Memòria, estas dos últimas sentidos homenajes a su difunto esposo, noble y longevo caballero.
¿Y las demás? El Archivo municipal recoge un alud de actividad edilicia en Ruiz de Padrón desde, más o menos, 1877, algo ratificado en un planisferio de Sant Martí de Provençals datado en 1882, donde, al fin, podemos apreciar cambios de peso en la cuadrícula, incorporándose a la misma enlaces hacia la Meridiana, la misma Lorenzale o el par de niñas de nuestros ojos, fijándome con esmero en Ruiz de Padrón por una rareza no detectada en el nomenclátor barcelonés, con hechuras de desastre en muchas de sus páginas al no esforzarse en agotar todo su cometido con la precisión requerida. Sin ir más lejos, Nació antes de denominarse Concordia o Internacional se bautizó como Santa Engracia, algo poco o nada citado, una prueba más de la pereza de muchos a la hora de plasmar sus sesudas investigaciones.

En los documentos del archivo de Sant Martí detecté cómo Ruiz de Padrón recibía el nombre de un tal José Riera, acompañado en la actual Besalú por Gerónimo Riera. Estos dos personajes, con toda probabilidad padre e hijo, son la llave para resolver el entuerto, aunque por desgracia he dado con escasas informaciones biográficas, destacándose una de 1883, anecdótica y significativa del poder de este clan en la zona.
El 26 de noviembre de ese año, el Ayuntamiento de Sant Martí de Provençals registró una grave protesta de un grupo de vecinos, afectados por cómo Gerónimo Riera Ramoneda les impedía desarrollar con normalidad sus industrias, urgidas del uso de carruajes, al haber “cercado con paredes” el sector correspondiente al cruce de Freser con Trinxant.
Esta actitud quizá también pueda explicar cómo el apellido Riera se desvaneció del callejero en un abrir y cerrar de ojos. Mucho antes, en septiembre de 1845, José Riera había iniciado la senda de su fortuna al comprar tierras en el señorío de Micaela de Peguera, beneficiaria de todas estas operaciones.

Una petición de ese otoño solicitaba al municipio licencia para edificar. Más tarde, al menos hasta los años ochenta del siglo XIX, Ruiz de Padrón se asociaría a su persona hasta la adopción de Progreso como cabal substituto para un entorno agrícola en esencia y obrerista en sus cimientos contemporáneos.
Riera sería durante el debut de la segunda mitad del Ochocientos uno de esos hombres con capacidad para intervenir en las metamorfosis de Sant Martí, implicándose junto a otros mandamases desde, como es comprensible, la defensa de sus intereses, como cuando protestó en 1852 junto a otros vecinos con el fin de modificar el trayecto del ferrocarril de Barcelona a Granollers para que no afectara a un puente imprescindible para la población.
Gerónimo recogería el testigo paterno. Besalú, hasta 1908 Vista Alegre, se denominó durante un leve lapso como este polémico heredero, quien la proyectó con la ilusión de compartir presencia en el pavimento con su progenitor, creyéndose inmortal incluso antes de fallecer.
El plano de 1882, obra de Joan Calvet i Boix, es diáfano desde su simplicidad. Freser se sacrificaba en la previsión de topar con Industria, las casas Boada en una cercana lejanía. Joan de Peguera se extendía hasta Trinxant; en sus dimensiones constituía una metáfora de las fronteras del Camp de l’Arpa en ese instante histórico, cuando Navas de Tolosa sólo era un proyecto, trascedente de cara al mañana porque, cuando devino limítrofe, mostró mejor la configuración del barrio, trazado en su meollo del torrent del Bogatell al de la Guineu.

Coll i Vehí copó con presteza sus huecos, salvo su continuación tras Muntanya hacia Rogent a causa de la preminencia, aún visible, del Colegio de las Escorialesas para señoritas; por su parte, tanto Ruiz de Padrón como Besalú, o si prefieren José y Gerónimo Riera, aún ofrecían lagunas y por lo tanto atractivas hipótesis para aquellos interesados en lucrarse con alquileres o en alzar una villa aún alejada del bullicio barcelonés, con toda probabilidad con sus tentáculos bien dispuestos hacia esa hiperactivo frenesí en el desierto Far West de Sant Martí de Provençals, a tiro de piedra para su imperialismo, como confirmarían las célebres Agregaciones del 20 de abril de 1897, sepulcro a los pueblos del Llano, barrios de nuestro hoy aún independientes de identidad para mayor gloria de la pluralidad condal.

