En The Wire, el detective Lester Freamon explica que, para entender de dónde surge un crimen, hay que seguir el rastro del dinero. Empiezas por un camello de esquina y acabas en una promotora inmobiliaria, en un despacho del ayuntamiento, en el escaño de un senador. La premisa del detective sigue siendo válida, pero hoy también hay que seguir otro rastro para entender los fenómenos sociales: el del algoritmo, los intereses que lo organizan y las conductas que contribuye a poner en circulación.
El sábado por la noche, unos seiscientos jóvenes bajaron al centro de Barcelona. Hacía una semana que el llamamiento circulaba por TikTok bajo la etiqueta Blocus, un término francés que remite a los bloqueos de institutos protagonizados por estudiantes de los lycées. La convocatoria interpelaba a jóvenes de Barcelona, Madrid, Valencia y Bilbao. Después saltó a grupos de WhatsApp y Telegram, donde algunos participantes pedían calma mientras otros hablaban abiertamente de saquear tiendas. La asociación de comerciantes Barna Centre había advertido a sus asociados de lo que podía ocurrir. Al día siguiente, Barcelona amaneció con 23 comercios vandalizados o saqueados, 14 mossos heridos, 33 intervenciones de los Bomberos y 128 detenidos, 72 de los cuales eran menores. Solo dos tenían antecedentes por desórdenes públicos.
Resulta evidente que la proximidad de las elecciones obliga a preguntarse quién promovió todo lo ocurrido, cómo lo hizo y por qué. Faltan cinco semanas para el 29 de noviembre, y los disturbios pueden alterar el debate público en un momento especialmente sensible. Una campaña centrada en la vivienda, los salarios o la factura de la luz es un terreno incómodo para la extrema derecha, mientras que las imágenes de contenedores ardiendo, escaparates reventados y menores encapuchados encajan con su discurso sobre la inseguridad y el desorden. Antes de que los Mossos hubieran terminado de contar a los detenidos, varios medios digitales y de derechas ya ponían el foco en el hecho de que muchos de los jóvenes eran extranjeros o lo parecían.
Faltan cinco semanas para el 29 de noviembre, y los disturbios pueden alterar el debate público en un momento especialmente sensible
¿Quién amplificó aquellos vídeos durante la semana previa? ¿Eran cuentas nuevas, sin historial, que publicaban al mismo ritmo? ¿Había alguien en Moscú, en Tel Aviv o en cualquier otra capital con interés en ver a las democracias europeas gobernadas por el miedo que hubiera metido mano en el asunto? No lo sabemos, pero hay indicios que nos hacen sospechar que podría ser así. Algunas de las cuentas utilizadas en TikTok para difundir la convocatoria presentaban un parecido sospechosamente elevado con las que grupos de extrema derecha utilizaron para promover linchamientos contra la población inmigrante en Ceuta.
Sería, por tanto, ingenuo descartar de entrada esta hipótesis, cuando desestabilizar el debate público de un país con cuatro perfiles anónimos cuesta menos que un anuncio en televisión. E igual de ingenuo sería darla por cierta sin pruebas, que es exactamente lo que haría un buen trol de Twitter. La coordinación digital, el anonimato de las cuentas o la rapidez con que circula una convocatoria pueden justificar una investigación, pero no identifican por sí solos a los responsables ni demuestran que haya un gobierno extranjero detrás. Mientras tanto, hay otra pregunta que merece la misma atención: ¿por qué una convocatoria de estas características encontró a un público dispuesto a seguirla?
Hay algo sospechoso en la comodidad de una conclusión precipitada. El problema o la virtud, según se mire, de atribuir los disturbios a una operación de desestabilización es que puede dejar tranquilo el corazón de quien se considera de izquierdas. Ofrece una explicación exculpatoria del comportamiento de los jóvenes: si no hacen lo que consideramos que deberían hacer, será porque los relatos de la extrema derecha que circulan por las plataformas les han impuesto una falsa conciencia. La manipulación se convierte así en una respuesta que nos ahorra examinar las contradicciones de la sociedad que queremos transformar.
El problema o la virtud de atribuir los disturbios a una operación de desestabilización es que puede dejar tranquilo el corazón de quien se considera de izquierdas
En agosto de 2011, cuando los suburbios de Londres ardieron durante cuatro noches, Slavoj Žižek escribió que lo más inquietante de aquellos disturbios era que no pedían nada; que no había programa ni consigna, ni siquiera el enemigo de clase bien definido de los viejos motines. Había saqueos: jóvenes que entraban en las tiendas a buscar las mismas zapatillas que la publicidad les había prometido y que el sueldo de sus padres no podía pagar. Una violencia sin reivindicación articulada que, precisamente por eso, podía decir algo sobre una sociedad que había convertido el consumo en una promesa universal y el acceso a los bienes en un privilegio desigual. Para Lacan, el síntoma es también una verdad que retorna de forma deformada, una contradicción que se manifiesta allí donde menos se espera. Leer los disturbios como un síntoma no nos dice, por sí solo, qué quería cada uno de los participantes; más bien nos obliga a preguntarnos qué revela esa conducta sobre el mundo que la ha hecho posible.
¿Qué querían los menores detenidos el sábado? Probablemente, no todos querían lo mismo, y quizá algunos no sabrían formularlo. Viven en una ciudad donde el alquiler se lleva una parte desproporcionada de los ingresos, donde emanciparse antes de los treinta es cada vez más difícil y donde una parte importante de la vida social transcurre en una pantalla de seis pulgadas. TikTok es también la ventana desde la que contemplan coches que difícilmente podrán tener, pisos en los que quizá nunca vivirán y vidas que parecen reservadas a los demás.
Y si hablamos de la generación de jóvenes nacidos en Cataluña de familias de origen extranjero, hagámoslo también desde una casa que es su casa, y hablemos de la falta de apoyo institucional para revertir las lógicas racistas y de desposesión que operan en los márgenes, en lugar de servir en bandeja de plata el discurso estigmatizador y racista de la derecha.
Durante años, la pregunta recurrente era dónde estaban los jóvenes. El sábado salió una parte de ellos, la menos escuchada, y respondió a su manera. Eso no convierte el saqueo en una reivindicación ni la precariedad en una excusa, pero tampoco nos permite desentendernos de lo que aquella violencia puede revelar. Explicar las condiciones de una conducta no significa justificarla, del mismo modo que exigir responsabilidades individuales no nos exime de investigar las estructuras en las que se produce. Hay algo claro: la chispa no quema nada si no encuentra leña seca.
