El cinco de septiembre de 2018 murió Josep Dalmau. De los últimos, tal vez el último, de una generación única, imprescindible, para entender nuestro país. Formaba parte de aquel grupo de sacerdotes de los años sesenta que colaboraron en transformar la Iglesia y el País. Gente como Lluís M. Xirinacs, Ricard Pedrals, Josep M. Vidal y Aunós, Francesc Botey, Jaume Rodri, Josep M. Ballarín, Jordi Llimona, Joan Botam y muchos otros…
¿Qué tuvieron de especial, todos estos curas? Que no solo fueron unos referentes en la iglesia católica progresista. Al contrario, entendieron que su compromiso era social y que, como parte de la Iglesia y sobre todo formando parte de la estructura, debían transformar el país y el mundo. Y, también, querían una Iglesia encarnada con el afán de transformar el mundo. Aquellos a los que el Concilio Vaticano II no confirmó lo que querían y por lo que luchaban. Unos viviendo en las estructuras, otros viviendo en otros lugares. Pocos años después de ser ordenado ya le enviaron a la Parroquia de Gallifa, en un intento de mantenerlo al margen de los movimientos sociales y políticos. Pero hizo un Santuario de referencia social y eclesial, con una luz muy especial. Un espacio transformado, más tarde, en Santuario del Ecologismo,
Josep Dalmau, ya entonces, estaba muy implicado con el cambio social, cercano a los movimientos políticos antifranquistas. De siempre, con problemas con la jerarquía eclesial y política, desde que había sido expulsado de la universidad de Salamanca. Estuvo presente en todas las luchas antifranquistas, con inteligencia y genio, hasta la candidatura de Xirinacs a Premio Nobel. Y siguió con la lucha en la transición y la democracia desde una opción soberana e independentista. No abandonó nunca la opción social ni eclesial hasta los últimos días de su vida. Siempre con genio e inteligencia.
Josep compartió con Lluís M. Xirinacs una manera de acercarse a la realidad de una manera integral. Tal como queda concretada en el Santuario: la lucha era social y religiosa, antropológica y ecológica. Y la liberación debía venir en todas las facetas de la persona. Desde una mirada soberana, nacional, ácrata, progresista, pacífica. Mucho más allá de los análisis simplistas, de las lecturas superficiales, fue un gran defensor de las libertades sociales, cívicas y soberanas. Con unas creencias más allá de todas las religiones estructuradas, con una espiritualidad universal, ancha.
Posteriormente, algunos de los curas se secularizaron. Unos porque no querían formar parte de la jerarquía, otros para sacar la losa de la estructura, algunos por compromiso evangélico. Los que siguieron como curas siempre se mostraron como tales, para poner más contradicciones en una institución eclesial muy anclada en la defensa del nacional-catolicismo. Él no se secularizó y eso le permitió mantener su voz crítica con la jerarquía eclesial, desde dentro la estructura, siendo una personal libre dentro tantos dogmas, normas y derechos canónicos. Dudo que los obispos tuvieran la capacidad de entenderlo.
Otros sacerdotes consideraron que su misión era puramente eclesial, dentro de las parroquias o instituciones religiosas. Se cerraron en las sacristías y sus «fieles», invitando a la gente que había compartido el compromiso social pero no creyentes, a marchar, generando fronteras bajo el argumento de la fe. Josep Dalmau fue de los pocos sacerdotes que mantuvo un alto compromiso social, referente para mucha gente creyente y no creyente y sin hacer fronteras. Porque sin la gente, el mundo y su transformación, la misión de la Iglesia no tiene ningún sentido, como creía Josep Dalmau, y no cerrada en sus círculos y liturgias, su ombligo. Quizá por eso, tenemos que seguir recordando la cita del Obispo Gaillot, implicado con los más rechazados y también condenado por la Jerarquía: «Une Église quien su sert paso su sert à rien«.

