Mi mayor deseo sería tener una máquina del tiempo, programarla y pasear por los rincones de estos artículos antes de escribirlos. En esta ocasión, continuamos en Vallcarca, elegiría la década de los 30 del siglo XIX y caminaría por la Mare de Déu del Coll mientras secundo el recorrido del acueducto de Turull que abastecía de agua a la Vila de Gràcia.
Las cosas nunca son como queremos. Por eso me conformo con caminar a su lado mientras me pregunto sobre el misterio de una puerta con la fecha de 1917 en números romanos. A la lejanía atisbo la coronación de una torre y sé que a la derecha hallaré l’Escola Farigola, enmarcada dentro del gran proyecto pedagógico de la Mancomunitat de Catalunya. Su autor, Ildefons Goday, además de la sede de Correos, se centró en modernizar los edificios destinados a fines educativos, adecuándolos a su uso. Su herencia es visible en media Barcelona, desde el tristemente célebre centro Ramón Llull hasta el grupo escolar Baixeras de la Vía Laietana, uno de los mayores y más ocultos prodigios arquitectónicos de la ciudad.
En 1836 este centro educativo con aspecto de residencia virginiana, los primeros niños en acceder a sus instalaciones fueron unos grandes afortunados, no existía. Ese año se inauguró el angosto passatge d’Isabel II, que con el tiempo borró el recuerdo a la reina, como si ese tramo de genealogía borbónica estuviera maldecido, pues su padre felón perdió su siete del carrer Ferran tras un delirante pleno municipal en 1910.

El passatge d’Isabel, similar en cierto sentido al carrer de Grau en Sant Andreu, se configuró como un conjunto de villitas a un lado y jardín en el otro. Por aquel entonces la zona era un frondoso paraíso muy alejado de las murallas. De este modo es fácil deducir el privilegio de esas residencias y su goce exclusivo en los meses de estío. Hoy en día algunas de sus casas pueden darnos una idea del aspecto original del lugar.
En 1893 uno de sus inquilinos decidió actualizarse a nivel estético y encargó al joven Andreu Audet una finca de veraneo como Dios manda. El resultado fue Villa Esperanza, que como muchas otras construcciones de este estilo esparcidas por la ciudad tiene nombre de mujer. La obra, patrimonio barcelonés por su carácter único, es espectacular dentro de su modestia. La fachada de piedra vista se rompe con pétreos motivos florales y mosaicos de cerámica blanquiazul. La decoración se complementa con hierro forjado, lo que conduce casi de manera inevitable a preguntarse si estamos ante una obra modernista, y la respuesta es complicada, pues muchos de sus atributos encajan en este estilo sin mostrar con rotundidad sus características primordiales, como si Audet experimentara y aún no se atreviera a dar el paso para mostrar sin tapujos lo predominante en un futuro más que cercano.
De hecho, este barcelonés llegó a ocupar el cargo de arquitecto municipal de la ciudad, especializándose en teatros y salas de espectáculos como el Apolo o la mítica Edén Concert de Nou de la Rambla, además de completar su contribución con editoriales como la Seguí en el cruce de Bonavista con Torrent de l’Olla, la primera versión del hotel Colon de plaça de Catalunya o el Casino de la Rabassada, que a buen seguro le encargó Josep Sabadell, de quien diseñó su residencia gracienca en la rambla del Prat.

Desde mi punto de vista el colofón perfecto es la torre que culmina el conjunto. Le confiere personalidad, rompe con la horizontalidad y sólo tiene la pega de ser invisible si estás dentro del pasaje al ser imposible acceder al huerto/ jardín, hoy en día bastante desangelado pese a su águila custodia y un hermoso trabajo de vidriado con, esta vez sí, claro aire modernista.
Si reincidimos en este aspecto la fecha es fundamental, una especie de limbo entre lo dos épocas, entre la simplicidad del estilo anterior y el venidero. Por eso esa piedra vista puede recordar a otras edificaciones de esas fechas, como la Editorial Montaner Simón, actual sede de la Fundació Tàpies. Asimismo, no está de más remarcar que la sencillez decorativa, verdadero motivo de su hermosura, es debida al enclave, donde un exceso de suntuosidad hubiese sido hasta pernicioso.
No tenemos muchas historias del passatge d’Isabel. No hace mucho un articulista lo mencionó como sede de una comunidad de artistas. Lo único que he encontrado con relación a esa temática son anuncios de 1921 donde un señor ofrecía postales y retratos a precios módicos. Las únicas noticias sobre el enclave son contemporáneas y aluden a si era público o privado imponiéndose la primera opción al conectarse desde principios de nuestro siglo con los antiguos jardines del convento de los Camilos, en la actualidad dedicados a la feminista republicana María Baldó. Desde su interior es posible contemplar la torre de Villa Esperanza, hace poco plagada de andamios.
En la mayoría de ocasiones he accedido al pasaje desde otra ruta. Cruzo el Pont de Vallcarca, dejó atrás la plaça Mons, desciendo hasta la iglesia rusa que antes era de Sant Jordi y contemplo la cerca de piedra de los Camilos, con una sinuosa coronación debida al ingenio de Joan Baptista Feu. Es un placer bajar esa calle y saber que a la vuelta de la esquina daremos con la escuela y el pasaje, aún escondido y rey de un silencio utópico. Lo saben sus residentes y lo debe disfrutar el colindante a nuestra protagonista, una especie de bunker donde parecen cumplirse los versos de Foix M’exalta el nou i m’enamora el vell, como si en esos pocos metros se resumiera la evolución de la ciudad, ente en constante metamorfosis.

