Siempre me ha gustado el Saló de Cent, precioso, espectacular. Siempre recreaba prohombres envueltos en pieles, entre alfombras y tapices, con luz tenue y mucha solemnidad. Aquí una servidora ha pasado parte de su infancia pegada a cada capítulo del Compte Arnau que echaban en TV3, ¿que queréis?
Los Cent, que suerte ser de estos cien, pensaba. Qué responsabilidad y qué honor. Y qué divertido por otro lado.
Pues resulta que en este espacio aparece Leticia Dolera, y aunque verla rodeada de tantísimos hombres – que han cambiado pieles por americanas – ya es la prueba irrefutable de que aquel espacio inhóspito para las mujeres se ha ganado con persistencia y talento; y a mí, verla allí, una actriz, mujer, de 36 años, mucho más cercana que cualquier hombre medieval, se me hace extraño y me invade el escepticismo.
Y entonces me pongo en plan hilar finísimo porque ahora las feministas debemos hilar finísimo todo, de manera inagotable, y pienso qué significa y comporta realmente el feminismo mainstream; me preocupa por qué no se confía en el catalán como lengua integradora y vehicular, y defino todo esto con un «está bien pero quizás un poco naïf». Y mira, sinceramente, pues qué quieres que te diga, ahora mismo me siento muy imbécil buscando pegas a un Pregón sincero, escrito desde sus experiencias, sus ilusiones y sus miedos e inquietudes.
Y encima, en un giro totalmente inesperado por poco habitual, Leticia cede el espacio a una mujer fantástica, Carmen Juáres (¡seguidla a ella y a la Asociación de Mujeres Migrantes!). Una mujer de procedencia hondureña que nos cuenta en primera persona la historia de miles de mujeres que conviven con nosotros y que nuestra hipocresía progre tiene totalmente invisibilizadas. En nuestra ciudad existe la esclavitud y gracias a esta esclavitud los demás privilegiados podemos disfrutar de todo lo que – creemos – nos hace barceloneses (el teatro, el cine, las conferencias, las cervezas con los amigos …) porque mientras hacemos todo eso, estas mujeres nos limpian el piso y nos cuidan a los abuelos y padres en unas condiciones laborales deplorables. Como muy bien decía Ana Bernal-Triviño en este artículo, «Por cada mujer que rompe el techo de cristal hay un 95% que sigue en los suelos pegajosos».
Fue también muy significativo que Carmen Juáres diera las gracias reiteradas veces a Leticia Dolera por cederle el espacio, y cómo hacía patente su reticencia en participar en el pregón, por miedo a la exposición, por la hostilidad de un salón que respira elitismo. Y yo pensaba, Carmen, no pidas perdón, tienes todo el derecho a estar allí, incluso más que Dolera; y entonces reflexiono sobre este incluso más y vuelvo a pensar que no deja de ser injusto. Es injusto que tengamos que invisibiltzar el valor que supone que Leticia Dolera haga el pregón porque luego aparezca otra mujer con más ejes de opresión que no sólo el de género.
Porque claro que sí, claro que Dolera (como yo misma) tiene privilegios por encima de muchas mujeres, claro; claro que tenemos que ceder espacios de visibilización, claro. Pero tampoco puedo tratar con escepticismo a Leticia Dolera y con total predisposición a Carmen Juáres porque puedo pecar de snob, y de saberme toda la lección y quedar bien en todas las fiestas porque soy más crítica que nadie. Tampoco quiero caer en la GRAN trampa, una mujer joven con apariencia de la vida le ha ido muy bien no nos puede decir casi nada interesante. Y encima es actriz, pero también directora, ah bien entonces la respetamos más, pero es guapa, uy, peligroso.
No olvidemos que es una feminista en un mundo terriblemente patriarcal, en una profesión donde el sexismo está bien presente, con una capacidad de llegar a nuevos públicos increíble y con una energía inagotable.
No olvidemos que por encima de todo es una mujer, una mujer con la valentía de cien hombres que sale a la palestra y nos mira a los ojos, de tú a tú.
Y ¡qué poco habitual es eso! Incluso entre las feministas.
Un abrazo, Leticia y Carmen. Y gracias.

