En los últimos años hemos notado una importante subida en la factura de la luz, casi un 30% en el último año, y seguro que más de uno ha tenido una sorpresa tras recorrer de manera intensiva al aire acondicionado con la ola de calor que nos abrasó. Sin embargo, no estamos tan acostumbrados a hablar de nuestras facturas de gas natural, ni tampoco conocemos muy bien cuáles son los potenciales impactos asociados al consumo y la apuesta por este combustible.
Si hablamos de gas natural, España importa el 100% de lo que consume, lo que supone una vulnerabilidad debido a que nos convierte en dependientes energéticamente. Por lo tanto, quedamos expuestos a las relaciones políticas que existan con los países exportadores, lo que puede suponer fluctuaciones, como las que se están viviendo con la factura eléctrica en los últimos años. Este hecho es relevante porque la Unión Europea ha definido el gas natural como el «combustible de transición», argumentando que permite cumplimentar las intermitencias que ofrecen actualmente las fuentes renovables. Además, con el pretexto de cumplir con los objetivos del Acuerdo de París, la ha definido como «amigo climático» porque es el combustible fósil que emite menos emisiones de CO2 en su combustión. Pero hay que tener en cuenta que el gas natural está compuesto principalmente por metano (un gas de efecto invernadero) que contribuye 86 veces más al calentamiento global que el CO2 . Esto hace que, considerando las fugas que se producen desde la extracción hasta que llega a nuestro hogar, queda en entredicho este «beneficio climático».
Si volvemos a España, hay que decir que no todo el gas que se importa se consume, sino que hay una parte que se reexporta a otros países. En el año 2016 se reexportó casi el 14% del gas importado hacia Francia y Portugal. Este hecho se debe principalmente a las más que optimistas planificaciones estratégicas que se han hecho durante los últimos 15 años, que han supuesto la construcción de infraestructuras que se encuentran infrautilizadas y la firma de contratos a largo plazo, entre 20 y 25 años, con cláusulas que obligan a importarlo o pagarlo de todos modos, take or pay.
En el caso del consumo interno, en el año 2016 los dos sectores económicos que consumieron más fueron el primario y el industrial, con un 36% y un 33%, respectivamente. El consumo de gas natural residencial sólo supuso el 14% de todo lo que se consumió en España, donde el 37% de este se consumió en las ciudades de Barcelona y Madrid.
Por lo tanto, es imprescindible cuestionar el uso de este combustible fósil por su impacto climático y abrir el debate sobre cuál es el papel que debe jugar en la transición energética, junto con el resto de combustibles fósiles, tal como pidieron cientos de miles de personas en todo el mundo durante el pasado sábado 8 de septiembre, en la jornada «Rise for climate». También hay que reconsiderar la metodología utilizada para realizar las planificaciones estratégicas en España y las decisiones políticas que se derivan, ya que la sus carencias y repercusiones han supuesto un sobredimensionamiento de las infraestructuras. Además, estas infraestructuras se han construido a cargo del erario público y, en algunos casos, su coste se ha visto reflejado en nuestras facturas -como es el caso del fallido proyecto Castor-.
Finalmente, es necesario que las instituciones a todos los niveles dejen de apostar por el desarrollo del gas natural, ya que este nos liga a un modelo fósil, caduco y centralizado, y promover la implementación de las energías renovables, incentivando la descentralización para consolidar la democracia energética para que los ciudadanos podamos decidir qué, cómo y para qué queremos producir la energía.

