No entraba en los planes del Presidente ni de los Consejeros y Consejeras de la Generalitat lo que pasó aquel domingo de hace un año. El escenario óptimo que consideró el equipo de Govern para el referéndum del 1 de Octubre era el de las largas colas de gente a la entrada de los colegios electorales. Nada más. La prensa internacional inmortalizaría las escenas de los vecinos y vecinas de toda Catalunya que, impotentes, serían privados de su derecho a voto. Aquellas imágenes darían la vuelta al mundo y servirían para fortalecer la idea de España como ogro negando un gesto que se asocia con democracia: una papeleta en la urna. Desde este punto de vista, fue la victoria de la Generalitat que consiguió su objetivo: que hubiera urnas en los colegios electorales.
Si fue un victoria para la Generalitat, fue una derrota para el Gobierno de Rajoy. Dos semanas antes de que se celebrara el Referéndum, el entonces Presidente del Gobierno afirmaba, de manera rotunda, que «el referéndum no va a celebrarse». Un año después aún no se ha podido entender la incompetencia de una estrategia judirídico-policial, que actuaba bajo órdenes de la jueza Mercedes Armas y estaba coordinada por el Coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos. ¿Por qué no se precintaron las escuelas el mismo domingo por la noche cuando aún no hay había demasiada gente, si esto hubiera facilitado la tarea policial?
Ante esta pregunta hay dos hipótesis posibles: la primera sería que la estrategia real pasaba por que se produjeran disturbios y actos de violencia por parte de aquellos y aquellas que participaran en el referéndum, con el fin de justificar el delito de rebelión, que tantos dolores de cabeza está dando al Estado. La otra hipótesis no partiría de una racionalidad previa, sino que tendría en la incompetencia de los cuerpos de seguridad del Estado su explicación.
La Guardia Civil entró como un toro en un rastrillo propinando patadas y golpes de porra. Roger Español perdió un ojo por el uso de una pelota de goma- prohibidas a los cuerpos de seguridad de Catalunya- y 1.066 personas tuvieron que ser atendidas por el personal sanitario, de las cuales 7 fueron heridas graves. Sea la primera o la segunda hipótesis, la celebración del referéndum fue una derrota para la estrategia ‘tripartita’ de los poderes ejecutivo y judicial, y del aparato policial.
El Referéndum no sirvió para conseguir la independencia; esto lo sabían los mismos organizadores. Pero tal vez no lo sabían miles y miles de personas a las que se dijo que el resultado sería vinculante. Y esta es la gran derrota del referéndum; si se dice (las encuestas, algunas, dicen) que cerca del 80% de la población de Catalunya está de acuerdo con la celebración de un Referéndum, ¿cómo puede que tan sólo un 43% del total de la población participara?
Mirando los datos de los resultados, la respuesta parece sencilla. El ‘Sí’ ganó con un 90.1% de los votos. No parece muy complicado deducir que, en su mayoría, quien participó del referéndum fueron aquellos y aquellas que querían la independencia. Todo el mundo sabe que este 90% no refleja la sociedad catalana.
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Esto fue así porque quien dominó la agenda del discurso del referéndum fueron los partidos políticos que, con el afán de apoderarse o del discurso de la libertad (partidarios de la independencia) o bien del discurso de la legalidad (partidarios de la defensa de la Constitución) no dejaron espacio para construir un terreno horizontal de debate.
Si el objetivo de las empresas privadas es el de maximizar su beneficio, el de los partidos políticos es el de maximizar sus resultados; esto es y será así hasta que las partitocracias perduren. Tanto daba que los mismos observadores internacionales invitados por la Generalitat dijeran, dos días después del 1-O, que el Referéndum no había contado con las garantías suficientes. Ni que recordaran que la adopción de la Ley del Referéndum, aprobada en un solo día, con lectura simple y debate limitado (sin previa consulta del Consejo de Garantías Estatutarias y con la aprobación por mayoría simple en lugar de calificada) se desviaba de un gran número de buenas prácticas. La promesa de la independencia era demasiado fuerte y había vinculado las esperanzas de demasiada gente. En este sentido, la falta de transparencia y honestidad fue una derrota de los partidos independentistas. De hecho, en algunos casos, lo sigue siendo.
Porque quien realmente hizo posible el Referéndum fue la gente organizada que puso su tiempo y su cuerpo, convirtiendo lo que debía ser una escenografía política en una victoria histórica. Los que votaron que sí, las que votaron que no, o las que se acercaron a echar una mano al ver cómo la policía se excedía en diferentes colegios electorales de ciudades y pueblos catalanes. Con el tiempo, esto es lo que se recordará. La historia de Catalunya puede reclamar por sí una victoria del pueblo por el pueblo.
Pero la derrota principal es la del Estado. El 1-O ha hecho tambalear los pilares del Estado, y su imagen internacional ha quedado manchada. La estrategia de la judicialización de la política como incapacidad de afrontar democráticamente problemas democráticos ha mostrado la cara oscura de la historia de España. Las imágenes de la escuela Ramon Llull dieron la vuelta al mundo, incapacitando cualquier tipo de defensa del comportamiento policial por parte del entonces Ministro de Exterior, Alfonso Dastis.
La desestimación del delito de rebelión del tribunal de Schleswig-Holstein (que sí aceptó la euro-orden en el delito de malversación), y el proceso judicial contra Llarena en Bélgica, ensucian aún más su imagen. La prisión preventiva contra los presos políticos (sumado a los casos de grave ataque a la libertad de expresión a cantantes, tuiteros, etc) cuestiona su propia calidad democrática. Si el objetivo a corto plazo era evitar la independencia, lo consiguieron. Pero el precio que se pagó pasará factura.

Lecciones de política un año después del 1 de Octubre
La correlación de fuerzas
Uno de los grandes supuestos teóricos del independentismo para sacar adelante de forma unilateral la independencia era que la Comunidad Internacional intervendría, forzando a las máximas autoridades no tanto a aceptar los resultados del 1-O como a realizar un referéndum con garantías reales. De entrada, no existe esa cosa llamada Comunidad Internacional. Existen estados-nación con intereses propios. Estos intereses, a veces, pueden confluir en generar estructuras supra-nacionales; pero no es el caso para algo que toca tan de cerca a la razón misma de un estado como es un referéndum de independencia.
La idea de que el posible reconocimiento de Letonia haría caer a las otras repúblicas bálticas y, eventualmente, los grandes estados continentales, no se dio. No sabemos las conversaciones de despachos que se habrían dado los meses anteriores, pero era muy dudoso que ningún estado diera alguna garantía de reconocer unilateralmente a Catalunya. Porque en política, más que las intenciones, lo que importa es la correlación de fuerzas.
Ante la conocida negativa del ejecutivo de Rajoy a celebrar el referéndum, una frase resonaba con fuerza desde parte del independentismo: «se debe forzar al Estado a que acepte el referéndum». Considerando que la negativa era insalvable, esta teoría tenía cierta lógica. Pero la soberanía sobre un territorio, y más en un Estado como España, que es la 14 potencia mundial en términos de PIB, es algo complicado de obtener.
Habría dos opciones posibles para hacer una Declaración Unilateral de Independencia (DUI): una sería el reconocimiento internacional comentado en el punto anterior. Si quieres que un estado te reconozca una independencia unilateral, tienes que hacer que el coste del no reconocimiento sea superior al coste del reconocimiento. Pero sin el apoyo de uno o grandes estados a la independencia, la opción «Comunidad Internacional» quedaba descartada. La otra opción pues, sería la toma del territorio. Esta opción implica que las instituciones tomarían control sobre los puntos estratégicos, impondrían el marco legal y se instauraría una hacienda propia.
Y ¿quién se supone que debería hacer cumplir estas órdenes? ¿Los Mossos?, que recientemente hemos sabido que fueron puestos por el mismo Mayor Trapero a disposición del TSJC y la fiscalía. Y en el hipotético caso de que esto hubiera sido así, ¿cómo se suponía que tenían que hacer frente a la Guardia Civil, controlando puertos, aeropuertos y fronteras que están en manos del Estado?
Pero si estiramos del hilo y aceptamos que esto funcionase, ¿cómo se habría podido justificar entonces ante la «Comunidad Internacional» la toma del poder, considerando las condiciones del referéndum? Recordemos que la independencia contaba con apoyo de 72 de los 135 diputados. En comparación, los estados que obtuvieron la independencia por la vía unitaleral, como Eslovenia o Croacia, lo hicieron con apoyo unánime o muy mayoritario de la cámara y la mayoría del apoyo popular. Así que una lección del 1-O es que en Catalunya no existe la correlación de fuerzas suficiente para hacer efectiva la República Catalana. Y si se cree que es así, que se explique. De momento, no salen los números.

El desprecio del Soft Power
Los conceptos de Hard Power y Soft Power son recurrentes en los análisis de las relaciones internacionales. El primero explica el poder mediante el uso de recursos militares y económicos. La coerción, la amenaza, y la represión serían las herramientas que tiene el Hard power. Por otra parte, el Soft Power destaca la capacidad de la diplomacia, la cultura, y el papel de los medios de comunicación en elaborar relatos y la historia misma.
El Gobierno de Rajoy confió en el Hard Power y despreció el Soft Power. Un pensamiento casi fosilizado, teniendo en cuenta que vivimos en tiempos donde la difusión de imágenes y comunicaciones es inminente. Rajoy creyó en la fuerza del Estado sin tener en cuenta los factores que la acabarían haciendo caer. Es cierto que los Estados europeos no podían apoyar la independencia de Cataluña. Pero no es menos cierto que las imágenes que vimos hace un año quedarán en la memoria de los y las mandatarias europeas, que mirarán con recelo el comportamiento del Estado español.
Rajoy ganó en el Hard Power, pero perdió estrepitosamente en el Soft Power. Esta derrota – fruto de la incapacidad de negociar primero, y de gestionar la nulidad del Referéndum después (si ya estaba invalidado, ¿qué importaba que se celebrara?) Será la losa que deberán cargar los diferentes Gobiernos que pasen por la Moncloa. ¿Hasta cuando? Bueno, hasta que acepten que Cataluña y España deben solucionar esta herencia con un Referéndum, legal, vinculante, y con garantías.
Pero más allá de cuál sea la solución de futuro, el 1-0 nos recuerda que hay eventos en la historia de los individuos que se quedan marcados de forma perenne en la memoria colectiva. La memoria colectiva no es nada concreto, en tanto que no hay entidad que pueda hablar en su representación. Pero en estos momentos de la historia, las mismas subjetividades de las personas que las han vivido, tejen un relato que excede y depende de la historia de la colectividad; así, sucesivamente, impregnando todo un país y las generaciones venideras.

