Hace muchos años, cuando en mi barrio se inauguró la Rambla de Badal, salí a estudiarla con mi grupo (un sexto de primaria). Esta Rambla se había construido a raíz del cubrimiento de la Ronda del Mig; un espacio ganado a los coches. En el barrio habíamos conseguido un paseo precioso, con parterres, árboles, bancos para sentarse… Mi alumnado, sin embargo, me hizo darme cuenta que en todos aquellos metros (desde la Diagonal hasta la Plaza Cerdà) No había ni un solo espacio pensado para que pudieran jugar. Con esta perspectiva analizamos varios parques y espacios infantiles del barrio y concluyeron que ellas y ellos, de 11 y 12 años, no tenían cabida.
Años más tarde, en visitas de lo que debía ser el paseo que cubría las vías, también en Sants, participé como vecina para hacer sugerencias al proyecto urbanístico. Reclamé espacios adecuados para que la infancia de estas edades, que aún no pueden alejarse de casa, pudieran moverse y tuvieran espacios para jugar: pelota, skate … Las vecinas y vecinos que también participaron en esta ronda de consultas pusieron el grito en el cielo: que si harían ruido, que fueran a Montjuïc…
Francesco Tonucci, un gran pedagogo, hace años que reclama una ciudad adaptada a las necesidades de los niños, la cual al mismo tiempo sería amable para todos. ¿Cuántas veces el profesorado que hemos hecho salidas con nuestros grupos nos hemos encontrado con la incomprensión de la gente que viajaba en metro o que pasaba por la acera y la tenían que compartir con 25 criaturas? Aunque también siempre hemos encontrado algunas personas amables.
Vivimos en una sociedad que se acuerda de las criaturas cuando se acercan las fiestas de Navidad. Son un reclamo fantástico para el consumo. Pero después las queremos encerradas en casa, que no «molesten». Protestamos por las vacaciones escolares o cuando el profesorado hace huelga. No protestamos porque una criatura de tres años pase de ocho de la mañana a seis de la tarde cerrada en la escuela. No protestamos porque la guardería municipal la gestione una empresa que ha ganado la concesión para ser, sencillamente, la propuesta más económica; ni tampoco protestamos por que las criaturas tengan que vivir el desahucio de su familia …
Vivimos en una sociedad que se acuerda de las criaturas cuando se acercan las fiestas de Navidad. Son un reclamo fantástico para el consumo. Pero después las queremos encerradas en casa, que no «molesten»
Una de las medidas a través de las cuales podemos medir si una sociedad es saludable, es el grado de cuidado con que ésta trata a sus criaturas y las personas mayores, es decir, lo que las feministas llamamos «poner la vida en el centro». Estos días vemos cómo de olvidadas están las residencias de ancianos. La mayoría de nosotros sabemos que si quien gestiona un centro lo hace por motivos estrictamente económicos, quien al final sale perjudicado son las personas que trabajan (mayoritariamente mujeres) y residen en ellos.
Y esta reflexión viene porque creo que las criaturas vuelven a ser las grandes olvidadas en esta crisis que estamos viviendo ahora. Sólo se las menciona para hablar de los trabajos escolares que tienen que hacer en casa; del miedo a que pierdan el curso escolar; los deberes, de las clases on line y del teletrabajo que exigen. Somos conscientes de que no todas las criaturas disponen de conexión en casa, una problemática que sin embargo es relativamente fácil de resolver. ¿Somos conscientes, sin embargo, de aquellas que no disponen de un espacio para trabajar en casa ni de la calma ni la tranquilidad necesaria para hacerlo?
Pero, además, ¿somos conscientes de que hace un mes que están confinadas? Asumimos sin dudar que los propietarios de los perros son responsables y que pueden salir a la calle a pasearlos. Me parece perfecto. Pero, si se confía en los dueños de los animales, ¿por qué no se confía en que madres y padres serán igualmente responsables de sus criaturas? ¿De verdad no se puede pensar alguna medida que combine el quedarse en casa con el derecho del niño, y armonizar las necesidades de moverse que tienen las criaturas?
Vea hasta dónde hemos llegado que hay quien propone que las criaturas con alguna necesidad especial lleven un distintivo bien visible en el brazo. ¿No sería mejor apelar al sentido común, en vez de etiquetarlas, señalarlas y estigmatizarlas?
Por suerte, sin embargo, empiezan a alzarse voces que reclaman los derechos de los niños, más allá de la gente dedicada a la pedagogía.

