HEMEROTECA | Después de esta última semana de elecciones y recuento electoral en Estados Unidos de América -recuento que en determinados momentos hacía pensar en países del antiguo Tercer Mundo-, los Demócratas han ganado por un margen de sólo tres puntos a los Republicanos con Donal Trump a la cabeza, y, en ciertos estados, por pocos miles de votos, lo que ha permitido a Biden conseguir una mayoría del colegio electoral.
Superada la estupefacción de muchos por los excelentes resultados de votos (70 millones) de Trump, hay que hacer una reflexión a fondo. Me propongo llevarla a cabo a partir de cinco conceptos que llamo «cinco heridas» de la democracia americana. El análisis está realizado desde el respeto, admiración y fascinación, por mi parte y desde hace muchos años, para con «el experimento americano», con la Convención de Filadelfia -su Constitución, el Check and Balances (contrapesos), sus instituciones y la contribución de Estados Unidos en la defensa de la democracia liberal, los derechos humanos y la libertad, aunque, a veces, era como fachada que ocultaba sus intereses en todo el mundo occidental.
1. La herencia de la herida de la esclavitud
Como hemos podido seguir en los últimos meses con el movimiento Black Llives Matter, la herida de la esclavitud sigue bien presente en la sociedad americana. Basta pasar por hoteles, edificios de servicios públicos, la policía, servicios de limpieza, donde mayoritariamente nos encontraremos con población afroamericana o, en ciertos estados, con la latina.
A veces no somos conscientes de la magnitud de la tragedia y sus repercusiones. La población afroamericana representa entre el 13 y 15% de la población total estadounidense. Recordemos algunos datos: los africanos esclavizados transportados en Norteamérica fueron aproximadamente unos 600.000 y, en 1860, la población esclavizada era de cuatro millones. Después de la guerra civil americana se abolió la esclavitud, pero inmediatamente algunos estados del sur aplicaron la ley «de iguales pero separados» que se mantuvo hasta mediados del siglo XX.
Tras los movimientos anti-segregacionistas liderados por Martin Luther King en los años sesenta, se suprimieron en todos los estados -especialmente del sur- las medidas que separaban la población afroamericana. Con todo, existiría después una separación, construida generación tras generación, difícil de compensar. El presidente Kennedy y, más tarde, Johnson comenzaron a desplegar las Positivas Actions, medidas de discriminación positiva para promover el acceso de los afroamericanos a la educación superior, a la vivienda, a la función pública y otras áreas de la vida política, económica y social norteamericana.
Estas medidas, muy contestadas por el Partido Republicano, eran suprimidas durante sus mandatos y recuperadas, después, en la alternancia de los Demócratas. Sin duda, después de más de cincuenta años de la abolición del apartheid estadounidense, la situación ha cambiado notablemente, pero sigue existiendo una división y marginación racial muy notable. Obama, presidente, fue un espejismo real que no pudo resolver una problemática de desigualdad, menosprecio y marginación de gran profundidad.
La herida de la esclavitud es tan profunda, incompresible y absurda, que muchos preferirían que fuera olvidada de la memoria colectiva o, si no, que fuera invisible.
2. La gran herida de la desigualdad
El gran drama de los Estados Unidos es la desigualdad que se encuentra en la base de su crecimiento económico y del enriquecimiento de determinados sectores sociales de la población. En la fundación de «el experimento americano», la esclavitud permitió a la Federación de las antiguas colonias convertirse en uno de los grandes exportadores agrícolas del mundo.
Después, a partir del siglo XVIII, las sucesivas inmigraciones europeas posibilitaron el gran desarrollo industrial estadounidense. En los últimos treinta años, la población latina – con papeles o no – se ha convertido en la nueva fuerza de trabajo que garantiza la agricultura, la industria y un número notable de servicios de la economía americana. En todos estos tres últimos siglos siempre ha existido un segmento de la población en una situación objetiva de explotación que han asegurado el crecimiento de la economía americana.
Basta con pasear por la gran mayoría de las ciudades, ya sea en el centro o en las periferias, para ver la realidad creciente de la desigualdad. Con todo, algunos datos: el coeficiente Gini sitúa los Estados Unidos en el segundo lugar de los países con más desigualdad, después, curiosamente, de China. En 2007, el 1% de los ciudadanos poseía el 34% de la riqueza; 40 millones viven en la pobreza y 18,5 millones en la pobreza extrema, según datos de la BBC. Pero la pobreza también es desigual en las diferentes etnias: la afroamericana representa el 26,2%, la latina el 23,2%, mientras que la población blanca representa el 12,4%.
Pero más allá de la desigualdad económica existe otra más estructural e invisible: la desigualdad en el acceso a la vida política y social. El poder político, económico y social está en manos de un determinado sector «del pueblo». Porque, paradójicamente, la más antigua y sólida democracia occidental mantiene unas redes de poder y de influencia que debilita el acceso de los sectores más débiles al ejercicio de sus derechos cívicos.
3. La herida del dinero
El dinero lo es casi todo, en Estados Unidos. Todo el mundo aspira a tenerlo, lo que no provoca ningún tipo de rubor a aquellos que lo disponen; al contrario que en la mayoría de los países europeos, en el que -en general- la población no hace ni un uso ostentoso del dinero ni lo tiene como un objetivo central de su vida. Pero la necesidad del dinero no sólo es imprescindible para responder al coste elevado de la vida, sino también para emprender actividades de todo tipo, incluyendo las sociales y políticas.
Uno de los principales problemas de la democracia americana es el escandaloso coste de las campañas electorales, ya sea para las presidenciales, para el parlamento federal, para los parlamentos de los estados, los ayuntamientos, o las primarias de los partidos. La casi inexistente limitación a la financiación de las campañas electorales hace que el acceso a la política quede en manos de determinados sectores de la población con medios para poder acceder y en manos de determinados grupos de poder que establecen vínculos de gran interdependencia con los partidos políticos. El coste de estas elecciones presidenciales, según algunas fuentes solventes, será superior a los 1.400 millones de dólares.
La práctica inexistencia de normas reguladoras de la publicidad política obliga a los candidatos a ingentes gastos para acceder a la esfera pública (puerta a puerta, televisión y radio, internet y redes sociales). Este año, el costo de un anuncio político en YouTube ya era superior al de la televisión. El candidato que recolecta más dinero tiene un más fácil acceso a la esfera pública. Pero para la financiación de las campañas no sólo se recauda dinero de aquellos identificados con los candidatos sino también de aquellas corporaciones y grupos de interés de todo tipo que esperan favores a cambio. El famoso libro de Charles Lewis Buying the Congreso, publicado en 1998, relacionaba votos de los congresistas con las donaciones para sus campañas electorales.
En América, el dinero lo es casi todo, pero en política lo es todo.
4. El individualismo
La superación del gregarismo social por parte de los individuos ha sido uno de los progresivos avances de la sociedad. Asimismo, la capacidad individual de construir su futuro y de construir y abrazar sus ideales forma parte de un estadio de progresiva madurez -si podemos utilizar esta expresión dudosa- de determinados núcleos de la humanidad.
Con la Era de las Luces de la Modernidad, los individuos han podido liberarse de diferentes tutelas de carácter económico, ideológico, religioso, que condicionaban sus capacidades para convertirse y construir su futuro. Ahora bien, un individualismo extremo, como el americano, representa una gran herida en el momento de construir los indispensables vínculos sociales que estructuran una comunidad.
El sociólogo alemán Ulrich Beck planteaba, ya en 2002, el concepto de «individualización» como resultado de la segunda modernidad, en la que los individuos eran capaces de construir su identidad sin ningún vínculo con el presente y con el pasado. En Estados Unidos, de manera mayoritaria, el proceso de individualización es muy grande y las roturas de los lazos comunitarios debilitan los mecanismos de cohesión y de identificación.
Podría ser paradójico, muchas cosas lo son en la vida, pero mi hipótesis es que este proceso es una de las razones, entre las más invisibles, de los nuevos neopopulismos que estamos sufriendo en todo el mundo y en Estados Unidos de manera muy preocupante.
5. La identidad
¿Qué es el experimento americano? ¿Quiénes son los americanos? ¿Quiénes son los «propietarios» -si los hay- de la identidad norteamericana?
En los conflictos sociales, los problemas identitarios son esenciales. Y no lo son únicamente los problemas entre etnias, comunidades nacionales o grupos específicos, sino los que aparecen dentro de una comunidad concreta. En el trasfondo de la crisis americana evidenciada por la profunda división de la sociedad está el problema de la identidad americana.
Los Estados Unidos fueron construidos -tras liquidar la población originaria o desplazarla a las «reservas» (premonición del apartheid) – por emigrantes europeos que huían de un continente intransigente, lleno de guerras absurdas y de conflictos religiosos. Mayoritariamente británicos, holandeses, alemanes, en sus inicios conforman los famosos White Anglo-Saxon Protestants «WASPs», que de una u otra manera no sólo conforman la clase alta, sino que, además, controlan los mecanismos de poder en muchos ámbitos de la vida política, económica y social.
Estos, además de las clases medias blancas que ven amenazado su nivel de vida por los movimientos migratorios, conforman amplios sectores de la sociedad democrática que ven con preocupación, e incluso con angustia, la profunda transformación del «experimento americano», porque ya no la acaban de tutelar ni controlar.
Durante los últimos cuarenta años se han trabajado diferentes conceptos para gestionar la diversidad de la población americana: desde el famoso y caducado meelting pot, al más reciente salad bwol, intentando identificar los procesos de gestión de la diversidad en que el mantenimiento de la identidad y las raíces no representaban una barrera para una interculturalidad relacional positiva.
Mi sensación es que, más allá de las buenas intenciones y de las voluntariosas políticas de interculturalidad, la situación en Estados Unidos sigue siendo, de hecho, de comunidades estancas con flujos bajos de relación y, aun ahora, por parte de una gran mayoría de americanos, no se acepta que «estos recién llegados» tengan los mismos derechos, aunque tengan la ciudadanía estadounidense. El caso del rechazo de Obama, por parte de muchos americanos, era muy probablemente por su condición de hijo de inmigrantes.
La victoria de Biden-Harris es una puerta a la esperanza para responder a estos retos. Reconocer cuáles son los problemas es probablemente el paso necesario para abrir un camino de posible y difícil solución. El mundo necesita unos Estados Unidos cohesionados y fuertes, unos Estados Unidos que proyecten sus mejores valores fundacionales que aún ahora sorprenden media Humanidad. Porque, a pesar de todos sus déficits y limitaciones, sigue siendo una gran democracia imperfecta y, siempre, las democracias imperfectas son mucho mejor que los regímenes autoritarios como China y Rusia, o los proyectos que aún no saben muy bien que quieren ser de mayores como la Unión Europea.

