Las tiendas lucen ya las decoraciones típicas de la época navideña y, a pesar de que ya hace una hora y media que ha sonado el toque de queda, los escaparates brillan con fuerza. Estamos en la vigilia del Black Friday, la fiesta consumista por excelencia previa a la Navidad, y todas las tiendas nos incitan a comprar. En contraste con estos excesos, Mickey se prepara un refugio de cajas de cartón para protegerse del frío a las puertas de una tienda de ropa. Las mismas cajas que se usaron ayer para transportar la ropa y los zapatos de la tienda servirán hoy de cama a este hombre francés que hace 8 años que duerme en las calles de Barcelona.
Vino como turista desde París décadas atrás y decidió quedarse en la ciudad. Llegó a habitar un piso en la calle de la Boqueria, pero “la mala suerte” lo acabó llevando a una vida de sinhogarismo. Nos invita a sentarnos con él en un banco de la Diagonal, donde ha dejado, ordenadas, todas sus pertenencias, guardadas en bolsas y en un carrito de la compra, mientras se prepara su refugio de cartón. “Estoy aquí desde las cinco de la tarde, porque si vienes más tarde es imposible dormir”, explica. Es un buen lugar, dice: los escaparates de las tiendas y las amplias entradas a los portales resguardan del viento y la lluvia.
Mickey es una de las 4.200 personas sin hogar de la ciudad de Barcelona y una de las que ha visto empeorar significativamente su situación a raíz de la pandemia. Más allá de la saturación en los albergues, servicios sociales o comedores, lo que destaca este hombre francés es la dificultad para encontrar espacios para dormir. “Antes me dejaban quedarme detrás las rejas de uno de los restaurantes de aquí cerca: venía cuando cerraban y salía cuando abrían. Así estaba protegido y tenía un lugar seguro, pero desde que cerraron los bares en marzo que he ido deambulando”, se lamenta.
Y es que con la pandemia ha aumentado el sinhogarismo en la ciudad: según datos de la Fundación Arrels, 1.240 personas dormían en la calle en el marco del primer estado de alarma. Estas cifras son ligeramente superiores a las 1.195 que se contabilizaron el mayo de 2019, pero “teniendo en cuenta el aumento de plazas en albergues y las camas de emplazamientos temporales como La Fira de Barcelona, la cifra es muy preocupante”, asegura la Fundación. Y es que, además, hay muchas personas que no pueden acceder a estos equipamientos, ya sea porque sufren adicciones o porque no quieren separarse de sus animales de compañía, que en estos espacios no están permitidos.
Otro de los problemas que se han encontrado personas como Mickey durante los meses de pandemia ha sido la presión recibida por parte de la policía. “Un día vinieron a verme y me dijeron que tenía una hora para marcharme”, recuerda. Muchas personas sin hogar han sido multadas o “violentadas” por los agentes de policía. “Se han puesto muchas sanciones por dormir en la calle durante el confinamiento o el toque de queda”, explica Leila González, voluntaria de Arrels, quien añade que la Fundación ha repartido certificados de persona de calle para evitar las multas. Y, aun así, las que llegan, son gestionadas por su equipo jurídico.
Fotogaleria: La Fundació Arrels, cada año realiza una campaña de recuento y sensibilización de la mano de voluntarios que peinan las calles de Barcelona | Pol Rius
Invisibles
Mickey es una de las 350 personas sin hogar que el pasado jueves fueron encuestadas por la Fundación Arrels, que cada año realiza una campaña de recuento y sensibilización de la mano de voluntarios que peinan las calles de Barcelona, buscando personas en situación de sinhogarismo a las cuales se preguntan cuestiones diversas como su estado de salud, su historia o la facilidad de acceso a equipamientos municipales. La encuesta se realiza una vez al año, pero con motivo de la pandemia, se ha decidido hacer un segundo recuento en 2020 para analizar los efectos del confinamiento, el cierre de servicios y la saturación de la sanidad.
“Son invisibles”, sentencia Leila González. Si ya lo eran antes de la pandemia, durante el confinamiento y el toque de queda, con las calles vacías, todavía se ha hecho más grande la soledad. “Se pasan el día, la vida, en la calle sin que casi nadie les dirija la palabra”. Es por eso que la gran mayoría de personas a las cuales se propone responder a la encuesta de Arrels, acceden. “Es una oportunidad de explicar su historia a alguien que los quiere escuchar”, dice. González, incluso narra que muchas de las personas con las cuales trabaja en los albergues y equipamientos recuerdan y esperan la fecha en que centenares de voluntarios saldrán a la calle a hacer las encuestas.
Este año han sido 750 las personas que lo han hecho. Nara Buchaca y Núria Valls son dos de ellas. Estas amigas, de 22 y 23 años, se apuntaron como voluntarias sin saber demasiado del sinhogarismo en la ciudad, más allá del hecho que es un fenómeno “criminalizado”, dicen. “Conocemos el sinhogarismo por las noticias, pero hay mucha desinformación”, apunta Núria, quien reconocía que cuando encontraran a la primera persona a encuestar “no sabré como actuar”. A Nara le preocupa el “paternalismo” con el cual se suele tratar a las personas en situación de calle: “tendemos a pensar que tienen problemas con las drogas o que pueden ser violentos… Nos tenemos que trabajar estos prejuicios”, alerta.
350 personas encuestadas
Es por eso que harán el recuento, para conocer la situación de primera mano. Durante tres horas peinaron la zona del barrio de Gracia que va desde Travessera a la Diagonal y hasta la Vía Augusta, donde encontraron a seis personas durmiendo en la calle. Una de ellas era Hacine, un hombre marroquí de 62 años. Lo encontramos en un tramo de la Vía Augusta que, casi, parece un complejo: varias islas de cajas de cartón se reparten por la acera, resguardadas bajo unos pórticos que les dan cierta intimidad y protección ante las inclemencias del clima.
El emplazamiento está estratégicamente cerca de una tienda de electrónica, que tiene en el exterior de sus puertas un par de enchufes donde algunas personas tienen conectados sus teléfonos móviles. Uno de los vecinos de Hacine aprovecha para mirar un video en Youtube, rodeado de sus pocas pertenencias y apoyado en el escaparate de la tienda, donde ha aprovechado para enganchar una fotografía. Él no quiere responder la encuesta; solo ver que se le acercan las voluntarias se levanta y se marcha, haciendo que no con la cabeza. Quien sí accede es Hacine, que nos atiende detrás su muro de cajas.
Va vestido con manga corta y mientras habla lucha contra el nudo especialmente tenso de la bolsa donde ha guardado la manta que lo protegerá durante la noche. Leila y él se conocen de los albergues donde ella va a hacer el voluntariado. “No sabía que durmiera en la calle”, dice, contrariada. La situación de las personas sin hogar es muy inestable y difícil de seguir para los voluntarios de Arrels. También contribuye el hecho de que ninguna de las personas con las cuales Nara y Núria hablaron aquella noche tuviera un técnico de Servicios Sociales asignado. Aun así “se sobrevive”, dice Hacine, quien explica que le es relativamente fácil conseguir comer y ducharse. “Lo que cuesta más es poder ir al lavabo desde que los bares están cerrados”, reconoce.
Nómadas en un desierto de cemento
Hacine hace 25 años que vive en Barcelona; tiene NIE y permiso de trabajo, que de vez en cuando usa para hacer encargos en Alemania o Francia. Pero su vida está en la capital catalana. Preguntado sobre si ha tenido nunca problemas con la policía, parece sorprendido. “¿Por qué?”, pregunta. “La policía es racista, sí, pero saben que no tienen motivos para multarme. El problema es que no son los únicos racistas: hace mucho de tiempo que estoy aquí y veo pasar cada día las mismas personas entrando y saliendo del trabajo. Nunca nadie me ha preguntado cómo estoy ni si me hace falta algo. Si les molesta que esté aquí, que me consigan una habitación”, espeta.
Así como Hacine y Mickey tienen una zona predilecta para pasar las noches, Marian se va moviendo. “No tengo más remedio”, dice este rumano de 50 años, a quien llaman Chivo. Hoy duerme en un saliente de una oficina del BBVA en la calle Neptú, pero hace una semana estaba en el centro y hace dos cerca del mar. “Los lugares buenos vuelan”, explica. Chivo llegó hace 15 años a Barcelona, donde decidió migrar después de que su mujer muriera, pero solo hace dos que vive en la calle. “Estuve viviendo en algunos apartamentos y albergues, pero de repente, nada…y aquí estoy”, explica, sin dar muchos más detalles, pero sin dejar de hablar sobre su vida y su historia previa a las calles.
Por eso suelta una fuerte risotada cuando Núria y Nara le preguntan si, durante la pandemia, pudo alojarse en algunos de los espacios facilitados por el consistorio para pasar el confinamiento. “¿Los del Ayuntamiento?”, pregunta, antes de volver a estallar en risas. Chivo, como tantos otros, ha pasado toda la pandemia sin un techo, desamparado ante los riesgos de dormir en la calle a los cuales, hoy, se suma contraer el virus. Él no tuvo que usar su tarjeta sanitaria, que muestra con el mismo orgullo con el cual nos enseña su documento de inmigración, donde consta que está empadronado en Valladolid, o la pantalla de su teléfono móvil, donde figura un nombre: Marta. “Ella me ayudará a tener la renta básica garantizada”, dice, esperanzado. No sabemos si Marta es técnica municipal, voluntaria de alguna entidad o simplemente una vecina. Chivo solo repite, mientras mira fijamente la pantalla del teléfono, que le ilumina la cara, “amiga Marta”.


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