Raimon ha sido uno de los creadores más completos del panorama artístico europeo. Diferente de cualquier otro cantante compositor y con una complejidad del todo inusual. Veamos porque, a partir de una breve lista que no agota al personaje, sino que indica su figura poliédrica.
UN MÚSICO CON FORMACIÓN Y CULTURA MUSICAL. Cuando Raimon era joven trabajaba para pagarse los estudios, pero no de carpintero como su padre, sino como disc jockey en la radio. Logró el trabajo porque sabía un montón de música, conocía todos los géneros y lo sabía explicar. Era, además, miembro de la banda de viento La Nova y sabía leer música.
En una de las primeras entrevistas que le hice, en los años sesenta, me sorprendió su conocimiento de la música americana, el blues, el gospel, el country, el folk, el zydeco, el cajun y el hillibilly de las montañas Catskills. La música clásica tampoco la era extraña. Cuando llega a Barcelona para grabar discos con la editora Edigsa, se encuentra como director artístico a Enric Gispert, un musicólogo especialista en música antigua, director del grupo Ars Musicae, que era capaz de ayudar a mejorar una interpretación con guitarra eléctrica.
Y cuando coincide con Salomé para interpretar S’en va anar al festival de la canción del Mediterráneo, en el camerino y en estricta privacidad le ayuda a pulir la interpretación de los vicios que arrastraba a partir de los hábitos adquiridos como cantante de orquesta de baile. No te podías hacer el listo con Raimon hablando de música porque con esa sonrisa sardónica te pegaba un revolcón. En el estudio de grabación, en la preparación de la producción musical, dialogaba de igual a igual con directores de orquesta, compositores, arreglistas y músicos profesionales.
UN CANTANTE DIFERENTE. La aparición de Raimon sorprendió. No se parecía a Jacques Brel ni a Brassens. Tampoco a Tom Jones o Elvis, por supuesto, pero es que ni siquiera recordaba Lucio Dalla, Paolo Conte o Fabrizio De Andre. Ni siquiera era un cantante folk ni, como se decía entonces, «de protesta» (aunque a veces lo llamaban así). Si uno se fija bien, si se repasa la historia de la canción en Europa, no encontrará un artista que cante como él, que haga canciones como las suyas y que reúnan una obra tan diversa y con aspectos tan profundos. Raimon es un artista único en la Europa del siglo XX. El oído atento percibirá en la evolución raimoniana cierta influencia del patriarca napolitano Roberto Murolo, pero no es lo mismo.
UN ARTISTA INDEPENDIENTE. Para estimación al interés y la calidad del artista o por oportunismo, desde los inicios muchas personas y grupos se quieren ganar Raimon por su causa, sea de buena fe o de aquella otra manera. Raimon da siempre apoyo a unas causas muy concretas: la democracia y la libertad, la lengua y la cultura catalanas, el respeto a las «clases subalternas». Ayuda siempre que puede a Comisiones Obreras, la Asamblea de Catalunya, y alude cuando lo cree necesario a personajes como Gregorio López Raimundo o Jordi Rubió. Pero no coge ningún carné ni, cuando se puede votar, pide ningún voto. No es solo en la actualidad que los que quieren que diga amén a sus ideas le reprueban; estos despropósitos ya los recibía hace décadas, precisamente por gente parecida a la de ahora. Tampoco se pone en manos de representantes artísticos o productores musicales que puedan condicionar y conducir su carrera.
UN CREADOR EXIGENTE. Adquirir un disco de Raimon o asistir a un recital suyo ha sido siempre garantía de calidad. Visto desde ahora mismo, un disco como Cançons de la roda del temps, con poemas de Salvador Espriu, musicados por Raimon y una portada ilustrada especialmente por Joan Miró (y los poemas impresos en la cubierta doble) es un producto insólito, hoy en la era Spotify, pero también en el momento de su aparición.
La pulcritud en la producción de los discos ha sido siempre característica. Cuando vio que su primera discográfica podía comprometerla, a partir de presiones que tenían tanto que ver con el deseo de imponerle un control como con la tacañería, Raimon se marchó a otra compañía y creó un sello propio, con el que grabaron Pi de la Serra y Ovidi Montllor. Detrás de la obra musical de Raimon estaba la mano y la sensibilidad de Enric Gispert, musicólogo especialista en música antigua e innovador, enemigo de la frivolidad y la superficialidad. La compenetración entre uno y otro es el origen del fascinante clima sonoro de la obra musical.
UN POETA QUE HACE CANTAR LOS POETAS. Hay dos formas de cantar los poetas. Una: poner música a los poemas, convirtiéndolos en letras de canciones. Se impone aquí el carácter del cantante y la lógica de su producción artística. Otra: ir hasta el tuétano del poema y meterse en el alma del autor sin abandonar la propia, por lo que el resultado es que el poema original no es una letra de canción de calidad, sino que resurge regenerado con una música que lleva implícita en su gestación (este es un misterio del arte que no se menciona a menudo y merece estudio). Ejemplos: Cançons de la roda del temps, Veles e vents.
UN POETA CON VOZ PROPIA. Propongo, modestamente, un ejercicio: leer las letras de las canciones de Raimon olvidando la música; como si fueran, que lo son, poemas. Y luego reflexionar sobre ¿si esto no es una obra poética, qué es? (lo mismo ocurre con la obra de Francesc Pi de la Serra, por cierto).
UN INTELECTUAL CONSISTENTE. Raimon se licencia en Historia, pero su formación en filosofía, además de lingüística, literatura y arte, es más que sólida. Durante toda la vida practica una curiosidad viva y profunda; aprende de todo, y al mismo tiempo muestra un rigor metodológico poco usual. No hace nada a medias, profundiza en lo que le interpela y no se baja de la burra si no es como resultado de un debate a fondo sustentado en el pensamiento crítico. Los referentes son Ludwig Wittgenstein y Antonio Gramsci: la importancia y posibilidad de lo que se puede decir o no decir, la necesidad de que la cultura sea apropiada para las clases subalternas.
UN ARTISTA AMANTE DEL ARTE. La curiosidad de Raimon encuentra un objeto preferente en el arte contemporáneo. Los grandes nombres crean obras expresamente para las portadas de sus discos: Tàpies, Miró, Viladecans, Equipo Crónica… porque él se ha interesado previamente por su trabajo. Mira también atentamente, escultores como los vascos Chillida y Ibarrola, buscando una proximidad entre las respectivas coherencias. Raimon no ha tratado a los creadores plásticos de manera instrumental para convertirlos en ilustradores de un producto, sino que los ha incorporado a su trabajo y les ha dado una proyección extraordinaria.
UN PENSADOR CRÍTICO. El tiempo en el que Raimon vive y trabajar bajo el franquismo fue un tiempo acelerado. Las cosas se vivían muy intensamente, todas a la vez, bajo un requerimiento ético, pero también vital, de gran urgencia. Los periodistas entrevistábamos a menudo a Raimon para obtener opiniones y reflexiones, que quizás procedentes de otros personajes no habrían sido escuchadas. Pero también porque él estaba dotado de una fina capacidad para explicar las cosas que habitualmente no se podían explicar, junto con una gran sensibilidad didáctica y capacidad de síntesis. Raimon se implicó también en un diálogo muy amplio con personalidades intelectuales de todo tipo, debido al compromiso cívico compartido contra la dictadura. Encontraron en él no ya a un cantante comprometido, sino a un interlocutor de pleno derecho, y a menudo difícil de contradecir.
UN OBSERVADOR DE LA SOCIEDAD. La obra de Raimon ha ido cambiando a medida que lo hacía la sociedad catalana a partir de la Transición. La confrontación de la obra con la sociedad que había llevado a cabo el artista debía ser por fuerza de naturaleza diferente. En el ámbito global se ha convertido en una gran mediatización que ha abierto una era cultural diferente, donde la cultura ya no era masificada por ser mediada, como la del siglo XX, sino que la mediatización abarca todos los aspectos de la vida en un verdadero proceso de expropiación de las vidas personales. Raimon, que ya demostró tener ojo periodístico y sociológico en la columna semanal que escribía en la revista Destino, ve aparecer otras maneras de encarar la cosa pública y trabaja para encontrar la manera de entenderlas y denunciarlas. Las relaciones entre el artista y el público deberán ser diferentes, pero la exigencia crítica del intelectual será más grande y probablemente más difícil de entender por parte de los frívolos.

