Recorrer el preludio del Eixample modernista, sin pertenecer toda la cuadrícula a este estilo por las sucesivas tendencias y la demora en su finalización, mediante las inversiones de José Torras traza una geografía de las primeras importancias y el ojo avizor del arquitecto y su familia, pues su sobrina Mercedes Torras era la propietaria de la trilogía de inmuebles, siempre ubicados en el punto justo.
Lo vimos con la casa de rambla de Catalunya en el chaflán con Provença, la frontera entre Gràcia y Barcelona. Tener una finca en ese ángulo sólo podía conllevar beneficios a corto y largo plazo. La zona adyacente mejoraba poco a poco con el soterramiento parcial de la riera d’en Malla, erigiéndose la rambla de Catalunya en un paseo distinguido y en cierto sentido reservado, sobre todo si lo contrastamos con el passeig de Gràcia. Por otro lado, el imperialismo condal había puesto contra las cuerdas a Gracia en más de una ocasión, chantajeándola con retrasos en hilvanar sistemas de cloacas y alumbrado público. En 1887 Barcelona ya vislumbrada las venideras anexiones de los pueblos del llano, y por eso disponer de un inmueble en las inmediaciones era jugar a caballo ganador.
Lo mismo acaecía, como vimos la semana pasada, con el primer terreno adquirido y último en ser construido. Está en la calle Aragó 317, se terminó en 1889 y, más allá de su avance al abandonar las almenas arcaicas y fijarlas en la piedra, destaca por hallarse a dos pasos del segundo gran meollo del Eixample, compuesto por el Mercado y la iglesia de la Concepción y la sede del distrito. Poco después este punto cobró aún más al distar poquísimo del Apeadero ferroviario de passeig de Gràcia con Aragó, inaugurado en 1902.
El primer núcleo duro de esta segunda Barcelona tiene unas coordenadas bastante asequibles. Roger de Llúria con Consell de Cent sirve como salida hacia una serie de referencias ineludibles, de las Casas Cerdà, a la torre de aguas para abastecer de líquido elemento al barrio y, por último, el passatge de Permanyer, atajo de Roger de Llúria a Pau Claris.
Ya en esta calle, bastante impersonal desde mi punto de vista y sólo con auténtico vigor entre Gran Vía y Urquinaona, basta descender un suspiro y ops, en la esquina con Diputació admiramos la segunda casa Torras, cierre de nuestro recorrido desde el anónimo apellido.

Las semejanzas con la de rambla de Catalunya son pasmosas, como si fueran viviendas gemelas, aunque con el maestro de obra Torras lo palpable es un progreso en su oficio, año tras año. En Pau Claris se recrea más en la decoración, los castillitos, según algunos blasón del linaje, quieren desterrar su poso protomodernista, pero siguen encaramados a la cima con aspecto playero, de niños divirtiéndose con la fugaz arena. Por lo demás, tanto las ventanas como el esquema compositivo son casi idénticos; la salvedad, remarcable, es el portal de ingreso, con el busto de la fechada en 1888 mucho más conseguido en su simbología, pomposa, regia y solemne entre el rostro de la mujer, el caduceo de Mercurio, pieza clave para intuir ambiciones, y la corona, mucho menos lustrosa y más desenfadada, en armonía con la expresión elegida para la estatua, sonriente y con las trenzas al viento.

La poesía de esta felicidad quizá podría emerger por un dato nada baladí. Mercedes Torras alquilaba todos los apartamentos de su trilogía, reservándose para el clan los bajos del piso de rambla Catalunya, algo normal en la época. El primer ascensor barcelonés se instaló en 1888 para subir al Monumento a Colón. En los domicilios privados tardarían bastante más en llegar, si bien, desde ciertas porterías, es precioso ver algunos modernistas, como el de la casa Berenguer en Diputació 246. Desde ese instante los ricos empezaron a privilegiar residir en lo alto, no antes.

Mercedes Torras debió estar a milímetros de figurar en la pole position de rambla de Catalunya, y quizá la consiguió en su tramo superior. Al cabo de cuatro años el arquitecto Bonaventura Pollés elevó su homónima vivienda en la esquina de la gran avenida burguesa con la calle Valencia. La ordenanza municipal de 1891 ya permitía fachadas más decoradas, y en su memoria edilicia Pollés justificó el uso de tribunas para generar claroscuros y romper con la absurda monotonía anterior. Era modernista inconsciente y un vanguardista con muchos galones por su iniciativa. No contento con ello nos regaló varias minucias significantes en una especie de crescendo hacia el misterio. Los miradores confieren verticalidad al conjunto, pletórica sobre todo desde los laterales. Aquí hay un tercero muy pequeño, un triángulo anómalo. Las barrotes de las ventanas tienen abejas, solidarias, colectivas y trabajadoras en equipo para lograr un objetivo común, como la masonería, potentísima hasta inaugurar durante esos meses la primera biblioteca pública de la ciudad, la Rossend Arús de passeig de Sant Joan 26, con la estatua de la libertad de anfitriona tras subir la escalinata, la luz contra las tinieblas.

Por eso mismo choca ver en la entrada una ostentosa testa de demonio. No es la única en la capital catalana, con un poco de paseo las retenemos de Gràcia a la Rambla, aunque es inquietante y clavada a la de la casa del diablo del carrer de Josep Torres en Gràcia. Vaya, otra coincidencia. Esta ha sido sin querer. Los Torras, como los Verdú i Mateu, apostaron fuerte y salieron airosos del envite. En más de una ocasión he citado una fantasía genial de Eduardo Mendoza en La ciudad de los Prodigios, con Onofre Bouvila inventándose un falso transitar del tranvía por sus parcelas para encarecerlas, y cuando le compraron todas, quitó las vías.
Nuestros protagonistas de esta serie no recurrieron a estas estratagemas. Su rigor a la hora de acertar en cada cruce sería hoy un modelo de estudio de mercado. Eran de Gràcia, se trasladaron a Sant Gervasi y contemplaron el Eixample como una mina de oro, impecables y magníficos al dar en el gran blanco.


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