Aunque después de los últimos años de Brexit, de populismo y de Boris Johnson no lo parezca, Gran Bretaña es un gran país. Es un país sólido. Pocos países han sabido combinar tradición y modernidad, democracia y responsabilidad, derechos y deberes, poder y transparencia. Ha sido el hogar del contractualismo y del liberalismo social y conservador, la cuna del sindicalismo y del laborismo, ha sido el país capaz de mantener sus instituciones de gobierno en evolución durante siglos y ha sido una gran potencia mundial hasta la mitad del siglo pasado. Fue un gran país y lo sigue siendo. Uno de sus activos más importantes es haber conseguido tejer una red institucional y cívica, una cultura política democrática que hoy en día es especialmente importante.
Pero Gran Bretaña ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años. Los cambios de la población son importantísimos. Hoy Gran Bretaña es un país multicultural, multirracial y con una diversidad religiosa importante. Este cambio es consecuencia directa de su pasado colonial y de las vinculaciones que ha sostenido a través de su Commonwealth. Gran Bretaña vive desde hace más de cincuenta años una progresiva y persistente inmigración que ha transformado las calles, las escuelas, los mercados y el conjunto del país. Esta transformación toca el núcleo mismo de la identidad británica. Más allá de las apariencias y de los relatos de unos y otros, honestamente creo que su principal desafío es precisamente la gestión de esta diversidad cultural y religiosa. A pesar de la enorme influencia americana en su cultura, el modelo identitario y de integración americano no creo que pueda funcionar en Gran Bretaña: los Estados Unidos han sido siempre una tierra de inmigrantes, de exploración, de experimento, de acogida, sin una iglesia dominante, sin nobleza y sin demasiadas tradiciones. Gran Bretaña ha sido todo lo contrario hasta hace décadas.
Por todo ello, la pregunta sobre la identidad británica, la britishness, toma una gran importancia. Durante una estancia mía en Oxford el año 2012 pude seguir en directo el acto de inauguración de los Juegos Olímpicos. La impresionante sesión de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres presentó un ensayo de respuesta a esta pregunta. Y parece que gustó a la gran mayoría de británicos. El director de cine Danny Boyle, autor de Slumdog Millionaire, fue el encargado de idearla y realizarla. Desde un punto de vista técnico y mediático fue impecable: una realización pensada para la televisión que mostraba la potencia de un país con la BBC detrás. Los contenidos, como no recuerdo haber visto nunca en otras sesiones inaugurales de los Juegos Olímpicos, se hicieron y pensaron en clave británica, intentando mostrar al mundo lo mejor de su legado y de su identidad.
En síntesis, Boyle nos mostró una serie de aspectos constitutivos de la historia y la identidad británicas. Ya la primera escena nos enseñaba la misma realidad constitucional del United Kingdom formado por cuatro naciones. Después, imágenes de la revolución industrial con la burguesía y la clase trabajadora. Y seguirían otras que presentarían a los británicos como los impulsores del sufragio universal y el derecho de voto de las mujeres, de la libertad, del NHS -la sanidad pública- e, incluso, de Internet. El país de Shakespeare, de la música, del entretenimiento y el humor (Mr. Bean y el Agente 007). También nos mostraba su realidad de país multicultural y multirracial, eso sí, con su admirada Queen. Ninguna señal religiosa o espiritual: la secularización de la esfera pública es otro signo inequívoco británico. Boyle intentó crear un relato inclusivo de la identidad y proyectarlo así al mundo. Todos estos aspectos pueden formar el grueso de la britishness del siglo XXI. Una britishness con grandes desafíos. ¿Cuáles son?
El primero, la Unión Europea. Creo recordar que en la presentación no aparecía ninguna referencia a Europa. Para muchos británicos, Europa, el continente, no forma parte de su identidad. Para muchos, la bristihness tiene como centro el antiguo Imperio Británico y se sienten más cercanos a los anglo-indios o a los neozelandeses, que los franceses o españoles. El recuerdo del Imperio, especialmente en la población mayor inglesa, aun funciona como factor de identidad. Se ha dicho muchas veces que la victoria del Brexit era el resultado de una campaña centrada en temas económicos y flujos económicos con la Unión Europea. No, o no solamente. Existen unas razones culturales profundas que explican su alejamiento. Probablemente este sentimiento se sitúa más en la población inglesa, rural y mayor, y esta es la que más participa en los procesos electorales y en la conformación de la opinión pública. La ruptura, con un acuerdo en el último minuto, ya no tiene retorno. La ruptura aislará más a la población y potenciará su sentimiento insular.
En segundo lugar, y probablemente para mí más importante, es la gestión de la interculturalidad no occidental. Es un tema del que se habla poco en Gran Bretaña, y, a pesar de que Londres tienen un alcalde musulmán de origen paquistaní, Sadiq Khan, en la gran mayoría de ciudades importantes las poblaciones africanas y asiáticas viven en condiciones difíciles, o muy difíciles, y en guetos importantes. Los fundamentos de la identidad británica se asentaban, en los últimos siglos, en el hecho de ser una comunidad específica y homogénea desde la perspectiva étnica, en la Corona, en una historia y una lengua y cultura comunes, en una iglesia propia – la anglicana- y en el Imperio.
Estos rasgos esenciales han cambiado de manera radical en los últimos cincuenta años. Desde la irrupción de los Beatles, como signo de rotura de los cánones culturales y la masificación cultural en buena parte gracias a la BBC, Gran Bretaña ha ido desmantelando sus rasgos propios culturales. La iglesia anglicana queda más como un referente cultural, casi anacrónico, que como un actor de vivificación del país. La lengua y su cultura está cada vez más americanizada o globalizada y crece el alejamiento progresivo de los escoceses y galeses del Reino Británico. Alejamiento que, junto con el enfrentamiento que se puede volver a vivir de manera intensa entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte, pone en cuestión cada vez con mayor fuerza la realidad histórica de un Reino de cuatro países. Otro factor clave es el derrumbe, ya sin retorno, de los restos del Imperio y, finalmente, veremos si la misma monarquía, el gran signo de unidad del Reino Unido, será capaz de sobrevivir a la reina Isabel II.
Y, en tercer lugar, la reaparición del nacionalismo inglés de la mano del Partido Conservador. Como ya sabemos, los nacionalismos han sido históricamente la excusa más eficiente y frecuente para encubrir los problemas de fondo de un país, para disimularlos y omitirlos. En los últimos cincuenta años ya vivimos el episodio de Margaret Thatcher levantando la bandera nacionalista con la excusa de reconquistar las remotas islas Malvinas, y así ocultar las brutales reformas de los sectores públicos que aún se pueden ver y sufrir en Gran Bretaña. Boris Johnson también levantó la bandera nacionalista con el Brexit: el objetivo era recuperar la soberanía británica «secuestrada» por la Unión Europea, decía. Con todo, sin embargo, el reforzamiento de este tipo de nacionalismo puede favorecer, paradójicamente, la ruptura del Reino de las cuatro naciones.
En nuestro mundo multipolar y globalizado ya no pueden existir poderes aislados sin alianzas prioritarias. Ni las Islas Británicas, que pueden, honestamente, justificar que no han sido invadidas desde hace más de cuatrocientos años, podrán mantener su independencia. El mundo está abocado a gobernarse a partir de unos grandes polos regionales de integración política en el entorno de los Estados Unidos de América, de la Unión Europea, de la Federación Rusa, de China, de la India, de África del Sur y, posiblemente, de Brasil. Con el Brexit, el Reino Unido ya no podrá seguir siendo el yellow submarine de Estados Unidos. La Gran Bretaña, muy probablemente sin Escocia, deberá decantarse aún más por una alianza prioritaria con Estados Unidos de América, con un estatuto similar al de Puerto Rico. Así, los Estados Unidos tendrán dos grandes portaaviones: uno en el Atlántico Norte -liderado por Inglaterra- y otro en el Pacífico -ante de China- que ya es Japón.
No sé si los ingleses son conscientes, pero el portazo del Brexit les hará perder más soberanía, esta vez hacia los Estados Unidos.
Y ese será probablemente el golpe mortal a la britishnnes.

