El tiempo pasa muy rápido. También lo hace la memoria colectiva. Cuando la memoria se convierte en odio, la política se convierte en odio. Cuando la desmemoria, el olvido, se convierte en ignorancia, la política es bendita y estúpida. Cuando el odio y la estulticia se unen en la vida pública y en la confrontación civil, la sangre puede llegar al río. Y eso ya nos ha pasado, desgraciadamente, en los peores momentos de nuestra historia reciente, a pesar de la falta de memoria de muchos.
En las democracias occidentales parece imponerse progresivamente una especie de polarización y radicalización que está dañando la esfera pública y la vida ciudadana. En los dos polos, los radicales de un lado y del otro parece que emergen como las únicas voces que marcan el ritmo de la política. A menudo, la radicalización va acompañada por un discurso calado de odio y revancha, de frustración al tiempo de soberbia. Narrativas de exclusión y confrontación, de ataque sistemático orientadas a destruir al otro.
En Catalunya, desde hace años y de manera persistente, se está dando esta radicalización y polarización que es más compleja por la doble vertiente que tensa el país: el eje izquierda-derecha y el eje independentismo-unionismo. Este doble eje todavía complica más nuestra precaria situación.
Vivo con una gran preocupación el progresivo avance del discurso del odio en las actuales relaciones políticas en nuestro país y como éste es el motor de determinadas actuaciones y decisiones. Veo odio en las acciones de Vox, veo odio a las acciones de las CUP y Unidas Podemos, veo odio en la presidenta Ayuso con sus ataques al resto de formaciones políticas. Odio y revancha.
Para los biznietos del franquismo más recalcitrante reunidos en VOX, ahora es el momento de poner fin a la democracia liberal, el estado de las autonomías, a la España plural y volver a un modelo «caudillista», autoritario, moral y racialmente compacto de la España pre-democrática. Es la revancha del franquismo que perdió en la Transición y que se refugió en el PP esperando tiempos mejores. Beben del odio al inmigrante y buscan la revancha a los cambios socioculturales producidos en España como consecuencia de los cuarenta años de democracia. Recuerdan la peor España, es el regreso a las Falanges y las JONS, a la cultura intransigente y autoritaria.
Para las CUP es también el momento de poner fin a la democracia liberal, el «detestado» régimen del 78, para imponer una «verdadera democracia popular» (no sé si hacen referencia a Venezuela, Cuba o a la antigua Unión Soviética), para estatizar la mayoría de las grandes empresas de servicios, para impulsar una renta básica universal (sin una propuesta económica viable) y para estimular -por eso son nacionalistas- desde Catalunya la independencia de los ‘Països Catalans’. Aplauden a los CDR y la kale borroca a la catalana y se emocionan con la Rosa de Foc. Se nutren del malestar surgido a raíz de la progresiva pobreza y dureza del mundo rural y de las frustraciones acumuladas de los que se creen poseedores de la verdad, confundiendo los ideales con la realidad. La crisis de los años 2010-2015 los radicalizó. Para ellos el odio y la venganza son el resultado de un profundo malestar con la sociedad y con ellos mismos. Recuerdan la peor Catalunya, la Catalunya de la FAI y la CNT.
Si bien estas dos fuerzas políticas se sitúan en los extremos de la polarización, algunos líderes de Unidas Podemos utilizan también en determinados momentos el discurso del odio y la venganza. Unidas Podemos es el resultado directo de la revuelta estudiantil del 15M, los errores de PSOE y PSC, y del estancamiento Izquierda Unida e Iniciativa per Catalunya. Son los herederos de la fortísima crisis económica y de la legitimidad de las instituciones del Estado y de los partidos políticos de hace diez años. Con la soberbia de los insensatos y la prepotencia de los predicadores de las nuevas verdades, sienten repulsión a todas aquellas instituciones que, a su entender, forman parte del aparato opresor de la sociedad: las empresas y los empresarios, el sector financiero, las fuerzas de seguridad y el ejército, la Iglesia Católica -ejerciendo un retorno al laicismo más siniestro del siglo XIX-, algunos partidos políticos, el poder judicial y, como no podía ser de otro modo, la Casa Real.
Nos queda también el odio que generan algunos sectores del PP, especialmente del PP de Madrid, que practica un nacionalismo apátrida y ultraliberal, muy similar al trumpismo de los republicanos estadounidenses, donde el odio se extiende a todos aquellos que no comparten su política y en el que la cultura de la violencia verbal se practica de manera sistemática.
Debemos reconocer también que este aumento del discurso del odio y la venganza en la esfera pública se encuentra reforzado y amplificado por los medios de comunicación y las redes sociales, que no sólo le dan más eco de lo que se merecen, sino que, además, en algunos casos, animan la misma polarización y se convierten ellos mismos pregoneros indirectos del odio.
En los últimos treinta años se decía que, en España, a diferencia de Catalunya, la sangre no llegaba al río. Muy probablemente se habían reflejado en los años del oasis catalán del pujolismo y del maragallismo y olvidaban los horrores vividos en Catalunya durante la Guerra Civil. Recordando a Vicens Vives y su Notícia de Catalunya, aquí durante más de treinta años se vivió en clave de cordura y, desde hace ya diez años, vivimos en la peligrosa pendiente del arrebato. La sangre, en Catalunya, también puede llegar al río, porque la combinación del odio y la revancha, más el olvido de la dramática historia vivida por nuestro pueblo, nos pueden llevar a vivir lo imaginable.
Aún estamos, sin embargo, a tiempo de pararlo. Por ello se hace necesario, como nunca en los últimos cuarenta años, que en Catalunya vuelva a prevalecer el valor del diálogo y la búsqueda del entendimiento. Debemos ser valientes y hacer un esfuerzo colectivo para dejar a un lado las emociones y los agravios, y para volver al camino de la racionalidad, el encuentro y el diálogo. El odio y la revancha beben de los agravios y las emociones, de las frustraciones y las derrotas, de las Ítacas inconquistables y las cumbres inaccesibles. Y ese odio y esa revancha nos pueden llevar, y este es el gran riesgo, a vivir nuevamente parte de las peores páginas de nuestra historia reciente.
Aún estamos a tiempo.

