Ivan Lagutin nació en la ciudad de Dnipro, en el centro-este de Ucrania, tiene 26 años y llegó a Barcelona hace cinco meses. Hasta hace una semana, casi no conocía a otras personas de su país, a excepción de su hermana, que vive en la capital catalana desde hace siete años, pero desde que el jueves 24 de febrero empezaron los ataques de Rusia y se sumó a las manifestaciones contra la guerra, prácticamente no ha tenido una conversación en castellano.
Ahora, cada día va a la plaza Catalunya, donde los concentrados cantan el himno de Ucrania, explican las próximas acciones a llevar a cabo y se organizan para enviar dinero para medicamentos, ropa y comida para los soldados y voluntarios en su país.

Ivan tuvo noticias del inicio de los bombardeos cuando le despertó la llamada telefónica de un amigo de Ucrania, que le explicó la situación y se ofreció a ayudar a sus padres si necesitaban algo. Desde entonces, Ivan no duerme más de una o dos horas diarias.
Los padres de Ivan, que define como “muy patrióticos”, se niegan a abandonar su ciudad. Dnipro está a unos 200 kilómetros de la zona de Donbass, en la frontera con Rusia, donde en 2014 las provincias de Donetsk y Lugansk gobernadas por grupos separatistas pro-rusos se autoproclamaron repúblicas populares. Aquel mismo año, la península de Crimea, al sur de Ucrania, se anexionó a Rusia. Ivan asegura que vive ese conflicto desde la adolescencia, como si en cualquier momento todo pudiera ir a peor.
En los últimos días, Ivan ha conocido a personas con las que se siente a gusto porque comparten temores y ganas de actuar. “Yo estaba en mi país en 2014 y era parecido a lo que se está haciendo aquí, la organización, comprar cosas… Son muy buena gente. Si no hubiera guerra, lo pasaría muy bien con estas personas”.
Ivan no deja de pensar en sus amigos y familiares. Tiene el cuerpo en Barcelona, pero la cabeza en Ucrania. Varios de sus conocidos han querido sumarse al ejército, como voluntarios, pero allí donde se han presentado les han explicado que, por el momento, ya disponen de suficientes efectivos.
Este joven graduado en Psicología que suele trabajar como cámara y editor de vídeos, comprende que sus compatriotas estén dispuestos a tomar las armas. “Es un tiempo muy oscuro. No tenemos otras opciones”, asegura. “Mi país quiere entrar en la Unión Europea. Incluso cuando yo era niño, no sentía que Rusia fuera un país hermano, sino que siempre teníamos muchos problemas con Rusia”.
“Da miedo pensar en perder a tus padres”
Las personas que sufren la guerra desde el exterior, seguras físicamente pero inquietas psicológicamente, temen por quienes siguen en Ucrania. “Da miedo pensar en perder a tus padres o a tus amigos, es duro. Yo estos días pensaba en mi perro, Sherry. Es muy grande. Creo que si hay una explosión y mis padres tienen que ir a un refugio… No sé qué pasará con él… Y es muy difícil mudarse de un lugar a otro con un perro grande”.
En la ciudad natal de Ivan se ha decretado toque de queda desde las siete de la tarde hasta las ocho de la mañana, y durante este tiempo la población no puede salir a la calle. El metro está abierto como refugio, pero sus padres prefieren ir al subterráneo de un colegio cercano a su casa habilitado también como refugio y es allí donde acuden corriendo cuando escuchan las sirenas.
Así como su familia más cercana por el momento está relativamente a salvo, este lunes ha habido un nuevo ataque ruso con misiles en Kharniv, la segunda ciudad más grande de Ucrania, y en la que este joven estudiante tiene a algunos parientes y a varios amigos porque estuvo unos años estudiando allí. Se sabe que hay varios civiles muertos y heridos, pero aún no conoce los nombres de las víctimas, y a Ivan se le hace muy complicado seguir en Barcelona: “Quiero ir allí. Me voy a Ucrania la próxima semana porque no sé qué puedo hacer aquí”.
“Ahora no puedo trabajar porque no hay trabajo, y no quiero estudiar en mi escuela porque hay muchísimos rusos y me siento mal porque ellos no se sienten mal, se toman el café y hablan con normalidad. Pueden decirme ‘qué pena que tengáis guerra’, pero no sienten que esta situación sea responsabilidad de su presidente”.
París-Varsovia-Leópolis
El espacio aéreo ucraniano está cerrado a los vuelos civiles, pero Ivan ha trazado una ruta alternativa: volará a París y desde allí tomará otro avión hasta Varsovia, para coger un tren hasta la ciudad de Leópolis (Lviv, en ucraniano), donde tiene algunas amistades y donde se presentará voluntariamente en el puesto del ejército. “No sé qué necesitan, preguntaré qué puedo hacer”.
No descarta realizar labores de psicólogo, que es a lo que le gustaría dedicarse en el futuro, y tampoco se niega a formar parte del ejército, aunque tiene dudas sobre si sería de utilidad, puesto que nunca ha disparado un arma. “Yo creo que no sería un buen soldado porque no tengo experiencia, pero no tengo límites. También puedo trabajar con médicos en un hospital o con ordenadores”.
Lo que Ivan tiene claro es que no hay posibilidad de ir a Dnipro a ver a su familia porque la ruta es demasiado peligrosa. De hecho, sus padres prefieren que se quede en Barcelona, como su hermana, pero Ivan siente que debe regresar. “Ellos no quieren que vaya, pero creo que me entienden”.

Él mismo comprende a las personas que salen de Ucrania a los países vecinos para huir de la guerra y a los ucranianos que se quedan en Barcelona y apoyan desde el exterior. “Es peligroso, no hay muchas razones para volver. Aquí hay gente que hace cosas útiles, como enviar dinero, medicamentos y ropa, yo no sé dónde puedo ser más útil, pero siento muchas cosas. ¿Qué pasa con mis amigos, con mi familia? Tengo un grupo de WhatsApp con quince personas de allí y cada día explican que compran cosas, que preparan hoteles, y yo solo puedo decir ‘bien, chicos, estoy con vosotros’. Para mí, es mejor sufrir allí con ellos que aquí yo solo, aquí sufro por dentro”.
En menos de una semana, ha pasado de tener una buena vida en Barcelona, una ciudad que le gusta por el clima y por el estilo de vida, a tener “problemas de conciencia” como nunca antes había conocido. Está en contacto con ucranianos y ucranianos que llevan años establecidos en Barcelona, pero este no es su caso. “Hay cosas dentro de mí que han cambiado, yo no vivo aquí desde hace muchísimo tiempo, y por eso para mí es mejor regresar a casa. Después, cuando acabe todo, puedo volver a España, pero ahora aquí no sé qué puedo hacer”.
No se acostumbra a pensar en la guerra y a vivir como si no ocurriera, y ha tomado una decisión firme. “Entiendo que aquí la vida continúa y no estoy enfadado por ello, pero para mí es un poco raro ir a una cafetería a desayunar como si fuera un día más. También tengo miedo de irme, por supuesto, pero si les pasara algo a mis amigos y a mi familia, no podría llevar una vida normal después”.
Durante estos días, Ivan no deja de formularse una pregunta para la que no tiene respuesta: “¿Cómo debe ser vivir en un país sin ejército en la calle, ni disparos, ni tanques? Qué suerte vivir en un país como este, en el que hay problemas, yo lo sé, pero donde no hay una guerra y no necesitas morir por tu país”.

