A punto de cumplir dos años desde que estalló la pandemia y que el estado de alarma nos confinara en casa, vemos con una mirada optimista, como durante este tiempo hemos tomado conciencia de la indiscutible necesidad social e individual de que nos cuiden y de como la mayoría de personas que han realizado estos trabajos durante la crisis sanitaria, y durante toda nuestra historia, han sido las mujeres.
Celebramos que no solo ha calado fuerte en el discurso político la importancia y centralidad de los trabajos de cuidados para la vida, trabajos que durante años y años se han invisibilizado, sino que han empezado a aparecer servicios y políticas públicas dirigidas a visibilizar los cuidados como responsabilidad colectiva y a dignificar el sector profesional.
A pesar de poner en el centro del discurso la relevancia de los cuidados, tal y como ya hace tiempos que defiende la economía feminista, la dura realidad con la que nos continuamos encontrando es que los sectores de atención en las personas siguen siendo los sectores más fuertemente feminizados, con los sueldos más bajos y con condiciones de trabajo extremadamente precarias.
Ya no digamos cuando estos trabajos de cuidados se realizan fuera del mercado laboral, es decir, en el ámbito privado, donde son mayoritariamente realizados por mujeres, muchas veces sin ningún tipo de derecho, sin que se reconozca el valor del trabajo que realizan, sin derecho al descanso ni a la queja y muchas veces, abocándolas a diferentes situaciones de opresión patriarcales que tienen graves consecuencias sobre su salud física y mental.
Desde la Fundación SURT, trabajamos para mejorar las condiciones de vida de las mujeres y esto pasa también por realizar procesos de transformación social y empoderamiento personal que tengan como objetivo la mejora de la empleabilidad de las mujeres. Este trabajo, en el que creemos firmemente, tiene que ir acompañado también de políticas valientes, que apuesten por asegurar condiciones dignas en todos los sectores, y especialmente en aquellos trabajos más feminizados como el de cuidados, combatiendo la segregación vertical y horizontal y promoviendo la equidad.
La creciente desigualdad social tiene mucho que ver también con la feminización de la pobreza. Las mujeres hacemos trabajos más precarios, incluso cobramos menos por los mismos trabajos, en Barcelona la brecha salarial se sitúa en un 19%, dato que se incrementa cuando la comparas con otros territorios; las jornadas parciales son diez puntos mayores que la de los hombres; normalmente son las mujeres las que dejan el trabajo para tener el cuidado de los niños y personas a cargo; el porcentaje de mujeres que no cobran ningún ingreso y que por lo tanto, dependen de los ingresos del hombre es también bastante significativo, etc, etc.
No es nuevo decir que tenemos retos sociales que parecen cada vez más difíciles, que como entidades feministas ya hace tiempo que ponemos encima de la mesa y que cada 8 de marzo salimos a las calles para recordar que la lucha feminista para llegar a la igualdad real no se para.
Desde la educación, desde el tercer sector, pero también desde las políticas de ocupación, hay que apostar por la transformación social, desde la corresponsabilidad de todos los agentes, la dignificación de los sectores feminizados, la redistribución de oportunidades reales de ocupación de calidad en todos los sectores y el reconocimiento y puesta en valor de las capacidades de las mujeres. Porque sí, también hace falta un cambio de mentalidad, hay que romper barreras y estereotipos de género que limitan a muchas mujeres para acceder a ocupaciones en sectores masculinizados y que desde SURT, nos hemos propuesto cambiar esta realidad, impulsando proyectos que fomenten el emprendimiento femenino en el marco de la economía social y demuestren como las mujeres son agentes activos de cambio.


