Cuando lo imposible ocurrió, Maryna Matvieieva y Kirill Davido se dieron cuenta de que el precioso apartamento en el que adoraban vivir era exactamente el lugar del que se tenían que ir de inmediato. Las magníficas vistas de la ciudad de la que habían disfrutado hasta entonces, ahora se reducían a lo que veían justo debajo de sus ventanales, situados en una novena planta: una inmensa base militar. El mismo 25 de febrero, unas horas después de que comenzase la invasión rusa, esta publicista y este arquitecto en la treintena, sellaron las ventanas con cinta adhesiva para evitar que, de darse un bombardeo, los cristales se convirtieran en diez mil agujas. Abrieron el grifo y llenaron de agua la bañera, metieron su documentación en el bolso de ella, cogieron varias mudas, pusieron el dispensador automático de comida en la pecera, metieron a sus gatos en los transportines y cerraron la puerta sin saber si podrían volver a ver todos esos recuerdos que dejaban atrás.

Maryna viste una riñonera amarilla, Kirill no se quita la gorra para la entrevista porque lleva la bandera ucraniana. Muchos habitantes de Kiev llevan algún elemento de este color como símbolo de adscripción a la defensa nacional. Es llamativo como en un contexto de guerra, rápidamente, la sociedad adquiere una actitud marcial y de sumisión a la causa común. Mientras es llamado a filas, Kirill es voluntario en varias iniciativas para apoyar al Ejército.

El ambiente es de gravedad. Solo un detalle consigue sacarle una sonrisa al matrimonio: cuando explican cómo la tía de Kirill, que lleva viviendo 40 años en Moscú, no les cree cuando le cuentan lo que está ocurriendo. “Dice que es todo manipulación informativa ucraniana, que somos marionetas del presidente Zelensky, que nos estamos auto-bombardeando para acusar a Putin, que somos unos nazis”, cuenta él mientras ella sonríe amargamente. No es un caso excepcional. Son muchos los ucranianos con familiares en Rusia los que lamentan a través de las redes sociales casos muy parecidos. También desde el humor, que está siendo una de las herramientas de resistencia. Son muchos los memes que hacen alusión a estas negaciones de la guerra que están viviendo. Resulta revelador cómo la propaganda que el Kremlin ha desplegado contra Ucrania durante los últimos ocho años ha conseguido su fin: construir una realidad paralela en la que el pueblo ruso es víctima de un complot internacional. Los efectos finales de conceptos que en los países en paz empleamos demasiado alegremente como ‘crispación’ o ‘polarización’.

Maryna y Kyrills han tomado otra decisión que divide estos días a la población de Kiev: si sacar de los cajeros bastante dinero en efectivo o si ingresarlo por si, con las tropas rusas, llegan los saqueos. Ellos han decidido ingresarlo, pero encontrar un cajero que funcione no es fácil. Recorremos la parte oeste de la ciudad buscando uno que les permita esta opción. Cruzamos más de una veintena de controles militares, en los que debemos mostrar el pasaporte y en el caso de esta periodista, su permiso de prensa. La actividad es incesante. Hombres vestidos de civil tiran cables al final de los cuales colocan focos; otros, construyen pasadizos con sacos terreros en zig zag sobre los que se apostaran cuando tengan que defender la ciudad de la infantería; sobre los bloques de hormigón, cajas de dulces o de galletas saladas para cuando tengan que calmar el hambre; en las aceras, camiones cargando bidones de agua, cajas de comida imperecedera, mantas… Una ciudad de casi tres millones de habitantes que se transforma a marchas forzadas en un campo de batalla, tan medieval como todos los campos de batalla.
Por fin, Maryna y Kyrills encuentran un cajero que funciona. La puerta acristalada que daba entrada al banco, cerrado como todos los de la ciudad, está rota en mil añicos. “Los saboteadores”, dicen, sin entrar en más detalles. Cada vez son más habituales los restos de coches calcinados en la ciudad propiedad de personas que huyeron cuando les dieron el alto en un control policial. “Saboteadores”, espetan, igualmente, cuando se les pregunta por ellos. La ansiedad por identificar a rusos infiltrados para identificar objetivos estratégicos es uno de los factores más peligrosos de moverse por la ciudad, aunque depende del día y de la zona. Hay soldados que han tenido momentos de tensión con periodistas por sospechar que podrían ser espías rusos.

A Natalia Nesterenko se le empaña ligeramente la mirada mientras hace cola en la oficina de Correos situada dentro de un polígono industrial de Kiev. Tiene el pelo corto rubio platino y ninguna intención de dejarse arrastrar por las emociones. Respira profundo y alza la mirada. Ha venido para recoger unos zapatos de tacón que pidió a Estonia antes de que comenzase la guerra. Se ríe antes de explicar qué sentido tiene hacer una cola de una hora para algo que no sabe cuándo podrá utilizar. “No me van a quitar la feminidad. Parecerá una tontería pero es lo poco que puedo hacer ahora”. No es la única que estos días se arregla más de lo habitual, y todas dan la misma razón: es una forma de resistencia. Algo que ocurría también en conflictos como el de los Balcanes o en Irak.

Alexey Bulava, un amigo de Kirill y de Maryna, viste un chaleco sin las placas que le protegerían de los impactos. “Al menos algo hará, el nylon es un material resistente”, apunta, con resignación. Muchos de los hombres que vigilan puestos de control, edificios públicos y establecimientos privados como grandes superficies apenas tienen un spray de gas pimienta en su bolsillo. Miran con atención los chalecos antibalas que vestimos los periodistas.

“Tres días después de llegar a la casa de mi suegra, nos sorprendió a unos pocos cientos de metros el ataque a la torre de telecomunicaciones. Ahí nos dimos cuenta de que no había un lugar seguro al que huir. Mis abuelos vivieron la II Guerra Mundial y lo que dicen es que lo más importante es conseguir un cielo seguro. No podemos dormir mientras no sabemos qué va a pasar con esos sonidos que están sobre nuestras cabezas, no podemos dejar de pensar que podemos ser asesinados en cualquier momento. Ahora mismo no somos capaces de entender lo que estamos viviendo. Quizás en cinco o seis años podamos dar sentido a todos estos pensamientos”.
Fuera, Kiev sigue inmersa en la metamorfosis de una ciudad rica y moderna en un campo de batalla, tan medieval como todos los campos de batalla y como todas las guerras. Al día siguiente de este encuentro, Kirill y Maryna apenas hablan. Mantienen la mirada fija en dirección al sentido de la conducción. En un check point, un soldado felicita a Maryna por el Día de la Mujer.


1 comentari
Los pueblos del mundo sometidos y sojuzgados por los «elegidos»,ejemplos de barbarie con rimbombantes títulos academicos y con patente para arrasar pueblos y disponer de vidas humanas cuál mercancias en tramposa oferta.Todos son cúlpables y más aún los que se prestan a cambio de cash y ciertas prebendas para cometer lo que se esta viendo no por los medios sino,a traves del sentido racional.Otros se alegran y frotan sus manos al mejorar sus economias con el sufrimientos de sus congeneres.Al parecer los conocimientos aportados por la historia,sólo representan orlas egolatras del pseúdo modernismo globalizado en más de lo mismo.