Las guerras las hacen los dirigentes de los países y no los pueblos. Si lo medimos por la solidaridad que han despertado los ucranianos, la gente ya habría terminado esta guerra. Pero los que tienen el poder de decidirlo -Rusia, Ucrania y los países de la OTAN, liderados por Estados Unidos-, ¿quieren la paz?
Desde que Ucrania se ha convertido en el campo de batalla de la lucha entre Rusia y Estados Unidos por afianzar su posición en el mundo, las cosas no paran de empeorar sobre el terreno. Los rusos, que decidieron resolver a sangre y fuego sus agravios contra Occidente, siguen arrasando tierra ucraniana, mientras europeos y estadounidenses se empeñan en proporcionar la munición de la guerra. Y los efectos ya perjudican al resto de ciudadanos de Europa.
Tres meses antes de la invasión rusa de Ucrania, los estadounidenses avisaron de que se preparaba el ataque, pero nada hicieron para evitarlo. Hacían sonar tambores de guerra mientras ignoraban las causas del resentimiento ruso. Estados Unidos no puede decir que desconocía el riesgo que su actitud comportaba. Hacía años que diplomáticos y expertos estadounidenses alertaban de que Ucrania era la piedra de toque y que, si se insistía en querer incluirla en la OTAN, el conflicto con Rusia estaba servido.
Aunque hace treinta años que Rusia ha dejado clara su posición en contra de la integración en la OTAN de los antiguos países del Este, no ha habido ningún intento occidental de negociar desde la comprensión y el respeto a Rusia. Los líderes americanos y europeos han menospreciado a Vladímir Putin y minusvalorado la posibilidad de que se lanzara a conseguir por la fuerza lo que se le negaba por la vía de la negociación: parar la extensión de la OTAN a los antiguos territorios soviéticos, y concretamente, a Ucrania.
De hecho, para Estados Unidos, la superpotencia ganadora de la guerra fría, la guerra actual no parece una mala noticia. Ahora podrán vender más gas, maíz transgénico y, sobre todo, más armas en Europa. Ante la devastación y la muerte provocada por las tropas rusas, incluso la opinión pública europea más contraria a la guerra acepta ahora que se envíen armas a Ucrania y que se aumenten los presupuestos europeos de defensa, un deseo norteamericano que parecía imposible hasta ahora.
Estados Unidos es uno de los primeros productores de armas del mundo. Las armas necesitan ser usadas y las empresas que las producen, el llamado complejo militar industrial, tienen el poder de conseguirlo. En 1961, el presidente Dwight Eisenhower ya alertó del peligro que supondría para la democracia que creciera el poder de la industria de armas en la política.
La realidad es que la influencia del complejo militar industrial surge de los propios funcionarios del Departamento de Defensa de Estados Unidos, el Pentágono, a través de las famosas puertas giratorias. Ya hace años que esto me quedó claro en las clases de Duncan Clarke, un excelente profesor de la American University, en Washington D.C. que también había trabajado en la administración.
Todo comienza de una forma sencilla. Hay funcionarios del Pentágono que pueden jubilarse a partir de veinte años de servicio, cuando todavía son jóvenes. La industria del armamento suele contratarlos cuando se retiran. De esta forma, con la perspectiva de una nueva vida profesional cuando se jubilen, estos funcionarios velan por los intereses de las empresas de armas en sus decisiones mientras están en activo en el Pentágono.
Con su política hacia Ucrania, Estados Unidos quiere matar a varios pájaros de un tiro. Siguiendo a la doctrina Bush de no permitir que crezca nunca más un poder superior al estadounidense, quieren hundir a Rusia y también desgastar a Europa. La guerra ha dañado por años la relación entre rusos y europeos, con lo que se aleja el riesgo de una posible alianza entre estos países que pudiera amenazar al poder de Washington.
Inexplicablemente, los actuales líderes europeos prefieren hacerse el harakiri siguiendo la política estadounidense de sanciones a Rusia y enviar armas a Ucrania. Esta opción compromete el futuro de Europa como potencia y la vida de los ciudadanos europeos que sufriremos una nueva crisis económica por los efectos de la crisis energética, la climática, las sanciones en Rusia, los costes de la recuperación de Ucrania, la gestión de los refugiados, etc.
Durante treinta años, Europa ha tejido lazos comerciales y de todo tipo con Rusia que ahora se cortan a toda prisa y mal. En lugar de tanta sanción y tanta guerra, ¿no sería más sensato arrastrar a Ucrania a unas negociaciones de paz con Rusia que tuvieran en cuenta su seguridad y la de toda Europa?
Más avanza el conflicto, más difícil es el acuerdo. Pero, si el polvorín nuclear sobre el que nos sentamos, no explota, esta guerra sólo puede acabar con una negociación. Cuanto antes se inicie, antes aliviaremos el sufrimiento de todos.

