“Te quiero ride, como a mi bike / Hazme un tape, modo Spike / Yo la batí, hasta que se montó / Segundo es chingarte, lo primero e’ Dios”
TikTok y Twitter reventaron cuando Rosalía subió un vídeo en la nieve recitando una parte de la que sería su canción “Hentai”. Se hablaba de que su carrera se iba al garete, que se había dejado llevar por hacer dinero con música comercial y diciendo cosas sin sentido. Para Rosalía, lo que hace Rosalía tiene todo el sentido del mundo. Por eso se tomó la libertad de seguir publicando sus cosas por redes sociales sin miedo al escarnio público. “Una motomami es…” la cantante dejó ir veinte tuits en días distintos donde en realidad, tras cada linchamiento, se generaba más hype por el lanzamiento. Hasta que sacó “Motomami”, y poco después, reafirmó su estrategia: hizo una actuación en directo por TikTok donde hasta Donatella Versace le ha dado bola.
Rosalía dice cosas sin sentido porque habla otro lenguaje. El de alguien que no tiene miedo a tomar todas las referencias que generan su identidad: la teoría musical de la que se ha empapado, el reggaetón y el flamenco a los que llegó en botellones y fiestas—y profundizó con sus estudios—, el pop que suena en todas las radios. Rosalía decía tener en bucle a Kendrick Lamar cuando vestía de chándal Nike y unas Air Max ensayando sus actuaciones de “Los Ángeles” —álbum debut—. Ese acto en sí mismo ya era una declaración de intenciones: soy muchas cosas y por eso no haré dos iguales.
Una motomami hace canciones para TikTok
Apenas cuatro meses después de la publicación de «El Mal Querer», la artista catalana recibía el encargo de actuar en los premios Goya del 2019. Podía esperarse cualquier cosa: escenografía entre camiones para entonar su “Malamente”, un grupo que le diera las palmas al son de “Pienso en tu mirá”, o bien un panorama afligido al estilo Lana del Rey para dejar ir su propio Cry me a river, “Bagdad”.
Se abre el telón y llega el plot twist. Luces tenues, entre ellas destaca el rojo. El de su vestido, y el del fondo. También el del uniforme que porta el coro joven de l’Orfeó Català, con quien se dispone a romper cualquier expectativa y versionar «Me quedo contigo» de Los Chunguitos. En YouTube, la actuación suma ya más de 34 millones de visitas.
«Los Ángeles», primer álbum de Rosalía producido junto a Raül Refree, venía del mundo de las versiones. O quizás, de los homenajes. En el disco compuesto por doce temas que teorizan alrededor de la muerte, la joven no solo tiraba de potencial, si no también de bagaje cultural. Ejemplo claro podría ser “La hija de Juan Simón”, tema cantado por Antonio Molina en la película homónima, que a su vez nace de un bambuco colombiano —género musical surgido en las regiones andinas—, o bien el lanzamiento como single de “Aunque es de noche”, donde Rosalía versiona —o quizás, homenajea— a Enrique Morente. Un revés en la cara a un sector concreto de críticos musicales —en su mayoría, boomers— que la conocieron en «El Mal Querer» y no se molestaron en entender su imaginario antes de encasillarla como “la de las uñas largas”. Como si tanto su primer disco como el segundo no fueran a sentar cátedra en el panorama musical español contemporáneo.
«Chicken Teriyaki», canción lanzada en “Motomami”, último álbum estrenado por Rosalía, es una canción diseñada por y para TikTok. Su videoclip, una coreografía estratégica para petarlo en la red social. ¿Y qué? Nadie reprocha a los Beatles hacer música pensada para el boom comercial de la radio y los tours, con composiciones sencillas, estribillos clave para ser coreados o encajar a la perfección en cualquier programa musical. La banda de Liverpool forma parte del canon. Pero a Rosalía siempre se le exigirá el triple, puesto que una mujer joven está condenada al cuestionamiento continuo.
Una motomami se transforma
Es conocido el debate que «Malamente», primer single de “El Mal Querer”, generó en torno a la apropiación cultural. La activista gitana Noelia Cortés explicaba como Rosalía se estaba acercando al flamenco lejos del respeto. Se estaba quedando con la estética, con las palabras, abusando del privilegio que a la vez le da el hecho de no ser gitana. Es decir, usar la parte cool de lo gitano despojándola de las implicaciones políticas que conlleva.
De algún modo, la influencia de lo gitano y flamenco, marcan un eje en la identidad artística de Rosalía, que a su vez ha ido derivando en exploraciones musicales donde el flamenco no ha sido el motivo principal, si no el eje transversal. Quizás por autoanalizarse, por respeto o por pura evolución, parece que Rosalía ha intentado desmarcarse de la etiqueta de “flamenca”. Sin renunciar a ello, buena muestra es «Bulerías», pero como dice en «Saoko», yo me transformo.
«Motomami» saca a relucir a la Rosalía más otaku, más experimental —no se había vislumbrado en la artista algo similar a este disco desde el tema «KLK», grabado con Arca—, y a la vez, a la Rosalía más íntima. “Estoy en un sitio que no te llevaría
/ Aquí nadie está en paz entre estrellas y jeringuillas” canta en «G3 N15», donde se revela a la artista nostálgica, lejos de su familia y cerca de Dios que a la vez, le acerca a los suyos. Incluso en «La Combi Versace», colaboración con Tokischa —lo que vaticina un tema cañero como «Linda»— suena un aire melancólico en la catalana.
Una motomami baila la de Candy
Los inicios de Rosalía estuvieron cimentados por su compañera incondicional y gurú estético, su hermana, conocida como “la Pili”. Fue la arquitecta de imagen y moodboard no solo a nivel de moda, también de concepto. Esa herencia de lo que Rosalía quiere proyectar —o lo que es, eso queda a juicio de cada uno— sigue patente en sus videoclips.
El bagaje cultural de Rosalía se encara más allá de la música, por eso irradia referencias al cine, al arte, y a su propia historia de vida. En “Candy” luce como Lost in Translation, y a la vez, apela a algo que puede haber vivido cualquiera de su generación. Sin vestir F de Fendi, pero sí que bailando Plan B la de Candy. La misma portada del álbum erige a la cantante como la Venus de la generación Z, con casco de moto y uñas fantasía. Ya lo hizo con la portada de «El Mal Querer», donde se inspiraba en la Inmaculada Concepción barroca —y ya nos avisaba tal vez del peso de la religión en su arte—, o en “Di mi nombre”, donde aparecía cual maja vestida de Goya. En las colaboraciones, aplica lo mismo: con Bad Bunny en un entorno a lo Dalí y Magritte, y con The Weekend se convierte en Salma Hayek en «Abierto hasta el amanecer».
El punto que determina si un recurso es genuino o cae en lo manido depende de si el gesto viene de las vísceras o entra a la fuerza. A veces la magia está en la sutilidad y no en lo explícito, buena forma de rehuir a la caída en las referencias fáciles o aburridas. Por eso, un año después de que Rosalía participara en la BSO de “Dolor y Gloria” (2019), su videoclip “Juro qué” parece un corto dirigido por Almodóvar. La artista asume lo que en ese momento le atraviesa y lo manifiesta a través de su propia obra.
Rosalía es muchas cosas y hace ese acto tan anti-patriarcal de dar crédito de ello. Nutrirse de su propio imaginario y sentirse abierta a jugar con el peso de la expectativa. Rauw Alejandro o Bad Bunny nunca han sido sentenciados en juicio público del mismo modo todo y hacer bandera de su estética queer siendo hombres cis-heterosexuales. Eminem ha basado toda su carrera en el hip hop siendo blanco. Lo mismo con Eric Clapton y el blues.
Está bien revisarse el privilegio y reflexionar, poner fin a la impunidad de la hegemonía cultural. Pero quizás el peso que se le está cargando a las espaldas sea demasiado grande, de algún modo porque se le está haciendo acarrear con todo. Seguramente, Rosalía deba esforzarse en demostrar más, porque marcar un antes y un después en la trayectoria musical de un país —o de una globalidad— no sea suficiente para la canonización de una mujer joven.

