«…Pobre Belluca: estaba circunscrito dentro de los límites angostos de su árida profesión de contable, sin otra memoria que no fuera la de partidas abiertas, partidas simples o dobles o contrapartidas, deducciones y devoluciones e importes; notas, libros mayores, cartapacios, etcétera. Era un casillero ambulante; o, más bien, un viejo burro que tiraba callado, siempre al mismo paso, siempre por la misma calle, siempre del mismo carro, con sus anteojeras.
Pues bien, a veces ese viejo burro había sido azotado, fustigado sin piedad, por mera diversión, por el gusto de ver si se encabritaba un poco o al menos levantaba un centímetro las orejas gachas, o daba alguna señal de levantar una pata para disparar una coz. ¡Nada! Había soportado azotes injustos y pinchazos crueles sin levantar la voz, siempre sin resollar, como si no lo tocaran, o mejor, como si no los sintiera, acostumbrado desde hacía años a los continuos y solemnes bastonazos de la suerte…».
Estos dos párrafos pertenecen al relato corto El tren ha silbado (Il treno ha fischiato, 1914), publicado originalmente en el diario italiano Corriere della Sera (1876-), escrito por Luigi Pirandello (1867-1936), Premio Nobel de Literatura en 1934. El cuento comienza con la visita de los compañeros de trabajo de Belluca al manicomio donde lo acababan de encerrar, tras su extraño comportamiento del día anterior, donde tuvo un enfrentamiento con su jefe, una vez este le recriminó su actitud en el trabajo en las últimas horas, a la que este le respondió con rebeldía y de forma airada. El revuelo posterior acabó con el trágico desenlace de la detención del contable y su posterior internamiento, a causa de lo que parecía una crisis transitoria de enajenación mental.

El infierno en que vivía el contable Belluca, tanto en su hogar como en el trabajo, la falta de descanso y la presión continua habían provocado una desconexión total de la realidad. En palabras de Pirandello en el mismo relato: «…Absorto en el tormento continuo de su desgraciada existencia, concentrado durante todo el día en las cuentas propias de su empleo, sin un momento de alivio —nunca—, como una bestia de ojos vendados, enyugada a una noria o a un molino, sí, señores, muchísimos años atrás se había olvidado —pero realmente olvidado— de que el mundo existía…». Y lo había olvidado, hasta que oyó el silbato de un tren a lo lejos, y ese estímulo sonoro fue la chispa para darse cuenta de que existía todo un mundo ahí afuera: «…ahora que había oído el tren que silbaba ya no podía, no quería ser tratado de aquella manera…».
Aparentemente, parece que Pirandello nos esté mostrando cómo es de frágil nuestro carácter, hasta el punto de que un pequeño suceso, en su caso, el silbato del tren que da nombre al cuento, puede ser el desencadenante de que abramos nuestros ojos y nos demos cuenta de la farsa de nuestra vida, y de todo lo malo que tenemos que soportar en el trabajo y sus consecuencias sobre nuestra salud mental. Y algo similar le ocurre a Amelia, una de las dos protagonistas de la novela gráfica La casa de las magnolias (La casa delle magnolie, 2023), con guion y dibujo de Flavia Biondi, publicada en Italia justo antes del mítico evento del sector, rebautizado ahora como Lucca Comics & Games, y publicado en castellano pocos meses después por Ediciones La Cúpula, con traducción de Gema Moraleda, justo antes de nuestro mítico evento, rebautizado también, Cómic Barcelona 2024.

Amelia vuelve a su ciudad natal, tras heredar una casa en el campo, tras la muerte de su abuela, que fue quién la crio desde pequeña tras la muerte de sus padres y la marcha de su hermana mayor al llegar a la mayoría de edad. Lo hace después de dejar atrás su trabajo, siete años como auxiliar de vuelo, una actividad laboral que puede que tenga relación directa con los trastornos que se vislumbran en su comportamiento. El primero, expuesto en las primeras páginas, hace referencia al insomnio que padece, provocado, probablemente, por los continuos cambios en los husos horarios desencadenados por los viajes asociados a su profesión.
A las dificultades de conciliar el sueño, se le añade los ataques de pánico y ansiedad al despertar. Podría intuirse, por sus comentarios, que arrastra las consecuencias de despertarse en una habitación de hotel sin recordar siquiera en qué ciudad estaba, con una sensación perenne de no estar en tu casa. «Tu casa es donde alguien espera tu regreso», afirma la joven Amelia, de tan solo veintisiete años. La sensación se agrava cuando está precisamente en casa de su abuela, sola, con la intención de venderla, al menos en primera instancia. Tu casa, al parecer, también es donde están tus recuerdos y tus vivencias.

Cuando Amelia llega al pueblo de Montecino donde está la casa heredada, decide hospedarse en un hostal, y es allí donde coincide con la coprotagonista de la novela gráfica, Ada, una joven profesora de literatura del instituto local, que acaba de llegar para realizar una suplencia por una baja de un profesor. La premura con la que se ha realizado el aviso, en primera instancia, y los altos precios de los alquileres, después, le obligan a quedarse en esa habitación, ante el aviso de que en verano, con la llegada de los turistas a la zona, el alquiler de los pisos y las habitaciones serán mucho más caros que en ese momento, justo el último día del invierno… o el primero de la primavera, según se mire.
La historia acontece a lo largo de toda la estación (o de todo el cuatrimestre, desde el punto de vista del calendario escolar del trabajo de Ada), y es importante la elección, puesto que la autora parece que realiza un paralelismo entre el desarrollo emocional de los dos personajes y el avance de la naturaleza hacia el verano de 2019 (¿quizás la pandemia también puede afectar a la ficción en estas decisiones temporales?). Y el factor simbólico es el de las magnolias que dan nombre a la novela gráfica, y que se extienden a lo largo del amplio jardín de la casa familiar: las magnolias son las primeras en florecer en la primavera, y son símbolo de fuerza y de perseverancia. De forma visual pero igualmente poética, la autora transforma el silbato del tren por el florecimiento de las magnolias, en los dos casos consiguen el mismo resultado: el despertar de la lucidez de la persona a la que los demás podrían calificar de loca.

Flavia Biondi nació en 1988 en Castelfiorentino, un pequeño pueblo de la Toscana, un lugar importante en su infancia y juventud, y quiso situar esta historia en esa zona, en especial introduciendo en la historia una situación en que se quiera recuperar una casa abandonada, algo que siempre le había inquietado al contemplarlas desde la distancia, un gran contraste al estar situados en lugares rodeados de una extrema belleza natural. Pero esta decisión implicó otra, más técnica, que le ha ocasionado muchísimo esfuerzo y dedicación, pero que los lectores agradecemos enormemente. La casa de las magnolias es su trabajo más extenso hasta la fecha (según la autora, necesitaba más páginas para poder mostrar las inquietudes de las dos protagonistas, y el resultado merece la pena), pero, sobre todo, es su primer trabajo a color.
La novela gráfica se ha realizado durante cinco años, aunque de forma intermitente (en medio, ha llegado a publicar tres cómics más). El resultado final es un portento técnico en cuanto al color se refiere, con un inicio realista y descriptivo, que evoluciona con un toque naturalista asociado a la naturaleza que invade gran parte de las viñetas. Aunque la maestría se manifiesta en toda su extensión en las tonalidades en las estancias o en los diferentes momentos del día, a la salida del sol, al atardecer o en la noche. Una intensidad en la saturación de los colores que irá en consonancia con la tensión dramática en las conversaciones de los personajes, unas protagonistas que también tienen sus propias tonalidades: Amelia, más extrovertida, con tonos rojizos y cálidos, y Ada, más reservada y tímida, con tonos azulados y fríos.
Ada está diagnosticada con un trastorno obsesivo convulsivo (TOC), y veremos perfectamente como se manifiestan sus síntomas, a partir de sus rutinas y sus manías, que se han intensificado en los últimos meses debido a un trauma que descubriremos más adelante en el relato. El trastorno lo ha tenido toda la vida, y lo seguirá teniendo pase lo que pase durante esos meses en que se conocen las dos. No es exactamente una historia romántica, o quizás sí. Las dos han roto con sus respectivas parejas recientemente. Amelia con su novia, una compañera también auxiliar de vuelo. Ada con su novio, lo que la obligó a volver a tener que vivir con sus padres, años después de haberse independizado, con todo lo que supone. Afortunadamente, surgió una oportunidad laboral lejos de la familia, pero con una suplencia por meses, sin saber si podrá continuar o no en el instituto, y sin saber si podrá alquilar, si lo podrá pagar, o peor, si le alquilarán algún piso teniendo en cuenta su situación laboral.
«Tengo miedo constantemente», afirma Amelia en una de las viñetas. Bueno, en realidad, lo podrían afirmar cualquiera de las dos, aunque el miedo de Ada resulte exorbitante. Biondi realiza hasta la fecha su trabajo más completo, con una brillante descripción de los personajes, con una pretensión implícita: la de retratar las inquietudes de una generación joven, con sus desasosiegos en todos los sentidos, tanto familiar, económico o laboral, que tiene mucho que ver con la necesidad implícita de encontrar la estabilidad y el bienestar, especialmente en cuanto a la salud mental se refiere, y la importancia de tener tiempo para sanar las heridas, sin la presión de un entorno que nos pide que seamos productivos de nuevo lo más rápidamente posible. Biondi ofrece un caleidoscopio de situaciones verosímiles que, como ciudadanos, contemplamos habitualmente en nuestro alrededor, como las reflexiones de la hermana mayor de la protagonista que, cuando decide divorciarse de su pareja con la que tiene dos hijas, se encuentra que la decisión implica la ruina económica para esa familia.

Y todo ello, Flavia Biondi lo hace teniendo en cuenta la importancia de la representación en todos los sentidos, introduciendo en su obra a personajes queer que tanto había encontrado a faltar en sus lecturas en su juventud y que, afortunadamente, autores como ella están contribuyendo a que cada vez más aparezcan en la ficción de forma inclusiva y diversa. También destaca la dulzura y respeto con la que muestra cómo las protagonistas lidian con los problemas de salud mental, sin caer en la banalización o el estereotipo.
La casa de las magnolias contiene una gran fuerza narrativa, con personajes complejos que interactúan y evolucionan, en un entorno cotidiano, plagado de detalles que hacen aún más verosímil el resultado final. Como la heterogeneidad de las relaciones familiares o las diferentes formas de sobrellevar el duelo. En este caso, por la muerte de la abuela, nonagenaria, afectada de la enfermedad de Alzheimer desde hacía años que, como el Sr. Belluca, el contable del cuento de Pirandello (que Ada cita en una viñeta durante una clase en el instituto), también tuvo un momento de lucidez justo antes de morir. Para descubrirlo, deberán de leer la novela gráfica, y les recomiendo que lo hagan con empatía.


