¿Por qué iba a tener que poseer fronteras EEUU? Eso parece muy siglo XIX. A tenor de las recientes declaraciones de Donald Trump, las editoriales especializadas en cartografía se deben estar frotando las manos.
¿Por qué el Golfo de México se llama así y no Golfo de América? ¿Por qué Canadá no podría ser el Estado número 51 de EEUU? (Aunque, siéndolo, representaría algo más del 50% del territorio total del país). Y sobre Groenlandia, ¿qué hacen los daneses para sacarle provecho? ¿De verdad vamos a dejar a Panamá que gestione el Canal de Panamá? (China mediante). Estas deben haber sido, grosso modo, las preguntas que han resonado en la cabeza de Donald Trump en los últimos días. En cualquier caso, lo más impactante es que, a estas alturas, a pesar de lo delirante que suena, no nos resulta extraño todo esto viniendo de él: nos hemos acostumbrado a lo que antaño a lo sumo era excepcional.
Para ser justos, el fenómeno Trump no es nuevo. Al menos, no es algo que se da de forma aislada sino, más bien, la consecuencia o la plasmación de un caldo de cultivo que se ha ido cociendo a fuego lento durante bastantes años. En nombre de la libertad, la ola de una autodenominada incorrección política se ha ido abriendo paso de forma lenta pero sin contemplaciones en el escenario político internacional. Al final, ¿Por qué no iba a poder decirle a un presidente del gobierno que me gusta la fruta? Callar sería hipócrita.
El fetiche por antonomasia que ha servido de combustible para dar fuerza a este prisma de la batalla cultural ha sido la hipótesis woke. Para los anarcocuñadistas todo es woke. La supuesta pérdida de valores, la disolución de las categorías que otrora tuvieron sentido y, en definitiva, el dejar de llamar a las cosas por su nombre (un nombre que parece algo cerrado y estanco para ellos, una suerte de destino inmutable) han debilitado a nuestras sociedades, según su posicionamiento. Por supuesto, la caricatura sobre el progresismo que manejan es tan ridícula que uno no puede sino darles la razón. Pero, ¿es realmente así? ¿Estaba la hegemonía cultural en manos de canceladores que ni tan siquiera tienen claros qué y quiénes son? A decir verdad, a estas alturas ya es algo que es difícil de saber: el anarcocuñadismo ha empujado con tanta fuerza, ha embarrado tanto el terreno de juego que es como si no hubiera un pasado previo a su aparición. Ya nadie puede recordar un tiempo en el que el mínimo decoro institucional, por ejemplo, imperara. De hecho, cualquier atisbo de que este vuelva sería interpretado como una muestra de debilidad e hipocresía o, aún peor, de wokismo (que no sería sino la suma de esta debilidad e hipocresía, pero con cabellos de colores).
La libertad de expresión como coartada para la libertad de majadería. A decir verdad, en algunos casos las propuestas que nos llueven nos parecen risibles y, así, igual les sacamos algo positivo: nos amenizan el día. Pero en muchas ocasiones se están colocando temas muy espinosos y muy peligrosos encima de la mesa: expansionismo territorial, segregación étnica o nacional, teorías falaces sobre la identidad de género, abominación de los derechos reproductivos, etc.
Por supuesto, la obturación o sesgo anarcocuñadista juzgará que yo me encamino en dirección a una suerte de censura que coarte la libertad de los ciudadanos. Aquí nos encontramos ante el problema del chiste de la tinta roja al que tantas veces ha recurrido Žižek:
ES UN VIEJO CHISTE de la difunta República Democrática Alemana, un obrero alemán consigue un trabajo en Siberia; sabiendo que todo su correo será leído por los censores, les dice a sus amigos: «Acordemos un código en clave: si os llega una carta mía escrita en tinta azul normal, lo que cuenta es cierto; si está escrita en rojo, es falso.» Al cabo de un mes, a sus amigos les llega la primera carta, escrita con tinta azul: «Aquí todo es maravilloso: las tiendas están llenas, la comida es abundante, los apartamentos son grandes y con buena calefacción, en los cines pasan películas de Occidente y hay muchas chicas guapas dispuestas a tener un romance. Lo único que no se puede conseguir es tinta roja.» (Mis chistes, mi filosofía)
Es decir, la crítica a esta forma esperpéntica de comprender la política se entiende como una voluntad de censura porque la única forma de concebir la libertad pasa por pensarla como una libertad de expresión sin límites. Por otra parte, no se piensa en lo que esa noción de libertad deja fuera y esto significa que se imposibilita visibilizar las coerciones que se dan dentro de la misma cosmovisión para mantener el status quo. Así, falta aquí la tinta roja, una noción de libertad que no nos lleve a la falsa dicotomía de tener que elegir entre la censura y la majadería.
Al fin y al cabo, hasta hace no tantos años vivíamos en sociedades que, estando muy lejos de ser perfectas, no concebían la insistencia de estos planteamientos como norma. Y nadie pensaba que fueran sociedades poco libres o especialmente hipócritas. ¿O acaso son los anarcocuñadistas los que nos han iluminado rompiendo las ilusiones del velo de maya? En tal caso, casi que preferiría haber seguido soñando.


1 comentari
Gracias por devolvernos un momento a la realidad… Diríase que ya no existía ese mundo de normalidad , que nunca ocurrió.