Primero: el miedo. En uno de los últimos libros del pensador alemán de origen coreano Byung-Chul Han, El espíritu de la esperanza (título que parece homenajear el lema jubilar de este año elegido por el Papa Francisco) lleva por subtítulo Contra la sociedad del miedo (Herder, Barcelona, 2024). Disecciona lo que, para él, junto a la angustia, es el puntal por donde crece el populismo de derechas en el mundo. «El miedo ha sido siempre un excelente instrumento de dominio», resume. Cuando la obispa protestante —una mujer vestida de cura todavía nos choca— reconocía humildemente su miedo, me venían a la cabeza las palabras de la Resurrección que repetía por todas partes Juan Pablo II —que no pasa precisamente por progre—: “No tengáis miedo”.
El miedo paraliza. Deja hacer a los fuertes. Te quita de en medio. Contra la vivencia, te condena a la supervivencia, al ir haciendo, ir tirando. A aceptar como daños menores males muy grandes. Te hace sospechar de tus vecinos, de la calle, de todos. Y efectivamente, la esperanza es “la única que nos pone en camino. Nos ofrece sentido y orientación, mientras que el miedo imposibilita la marcha”, en palabras de Han.
Si tenemos que prepararnos para una batalla a fondo, como parece, si la maraña mundial y sus peligros se acercan como una nube a punto de descargar, tomémonos el discurso de Mariann Budde en serio: contra el miedo. Y por la esperanza que, como señala Han, nada tiene que ver con el determinismo optimista, por cierto.
Segunda: la profeta. Me paso el día explicando lo que aporta de positivo el mundo de las religiones a la sociedad. Lo que aporta de negativo también cuenta, claro, pero me parece bastante evidente. Sin embargo, a veces esconde lo bueno. Su mensaje de fondo, sobre todo. Su legado a la cultura, que en Catalunya podemos comprobar en cada pueblo, sólo mirando debajo de cada campanario, o en cada museo, o en nuestros orígenes lingüísticos. Su obra social. En fin, muchas cosas.
Pero a veces olvidamos su carácter profético: focalizan aquella parte de la realidad que clama el cielo, nunca mejor dicho, y nos piden que la atendamos preferentemente, a menudo desde su mismo testimonio. Hay muchos casos de la historia reciente que podrían ponerse de ejemplo. El último, la película recién estrenada “13 voces. Una realidad: El sinhogarismo”, a cargo del grupo de jóvenes de Cáritas en Catalunya. Su compromiso religioso no les aboca al ensimismamiento narcisista —como tantas ofertas pseudoespirituales existen en el mercado— sino a nuestra atención hacia una realidad dura, excluyente y abandonada como la que tratan.
También podríamos citar la conferencia episcopal católica de Estados Unidos, que ha recibido fuertes críticas del vicepresidente Vance por defender a los inmigrantes estos días. (Por cierto, a los que queráis conocer las connotaciones parareligiosas de los términos “católico” y “protestante” en EEUU, os recomiendo la lectura de los cuentos de Lucia Berlin, que hace una descripción muy gráfica, y que tradujo hace pocos años L’Altra Editorial).
El único problema es que esta denuncia profética, como la que hizo la obispa ante Trump, es prepolítica. Va directamente al corazón y hay quien lo tiene de piedra (“sacaré de ellos ese corazón de piedra y les daré uno de carne”, dice Ezequiel 11:19). Mientras esto no llegue, sin embargo, algo tenemos que hacer. Y ahí está el lugar de la política, cuya misión es resolver problemas, aunque esta definición hoy les haga reír, desgraciadamente.
Política querrá decir que, en primer lugar, habrá que estar atentos a las demandas de fondo que sí aparentemente ha atendido a Trump y no los otros, demandas que no se pueden esquivar con calificativos y exabruptos. Y, en segundo lugar, articular respuestas políticas alternativas mucho más útiles y humanas con mayorías. Como veis, no es el ámbito de los obispos ni de las obispas, éste; pero sin la voz profética de algunos de ellos y de otros, quizás viviríamos todos encerrados en el miedo, esperando a los bárbaros y sin recorrer ningún camino.


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