Caminar muchas veces por el mismo lugar es lo más divertido del mundo porque, a la postre, propicia pensar el espacio con inauditas garantías. Mientras escribo estas líneas, como en una experiencia inmersiva, estoy en el antiguo Instituto Mental de la Santa Creu y veo el carrer de Pi i Molist en el horizonte mientras muchos vecinos de Nou Barris pasean por el lugar, algunos encaminados hacia la sede del Distrito, que ocupa pabellones del desaparecido manicomio, en su momento casi tan grande como el palacio de Versalles.
Toda la extensión, muy imperfecta, me encanta, si bien lamento cómo brillan por su ausencia recordatorios de memoria, como si con la amnesia se cancelaran décadas de maltratos a pacientes entre lobotomías, descargas eléctricas, duchas de agua fría o inyecciones con insulina, desterradas de la práctica médica en este centro sólo en los años setenta, cuando los religiosos cedieron su función a médicos.

Por aquel entonces el proceso hacia la conclusión de la experiencia se avecinaba a marchas forzadas. En la anterior entrega vimos cómo este sector sur de la Guineueta pudo transformarse por la avidez especuladora de la administración franquista y grupos inmobiliarios. En 1968 se permitió el derribo de algunas naves, más de cuarenta mil metros cuadrados, para edificar. Muchos preguntaron adonde había ido el dinero de esa cuantiosa venta y la respuesta fue el silencio.
Con la Democracia, huelga decirlo, todo se aceleró y en 1985 se decidió el cierre definitivo, aplicado el 30 de septiembre de 1987. Quedaban apenas cuarenta pacientes, trasladados a residencias y domicilios privados, ahorrándose muchas molestias para dar carpetazo a toda una etapa, como decíamos omitida en cualquier memoria, como por ejemplo la del Asilo del Parque, donde hoy en día los estudiantes aprovechan la fenomenal Biblioteca de la UPF, en la que también torturaron a pacientes mientras los leones del zoo rugían en la lontananza.

El cambio de fase ha sido un beneficio para todos. En 1995 se estrenó el Parc Tecnològic Barcelona Nord y en 2003 llegaron los fastos para el formidable Central de Nou Barris. El primero, obra de Josep Benedito y Agustí Mateos, tiene un punto extraño y algo abstracto, pues si preguntas a los vecinos sobre su cometido la mayoría no sabrá responderte, causa de su rol pionero para la innovación y la creación de empresas desde una base tecnológica.
Por su parte el segundo, en el que permaneceremos unas semanas dada su inmensidad, lleva la rúbrica de Andreu Arriola y Carme Fiol. Ha cosechado premios y su mayor éxito es que nadie se pregunta mucho sobre sus dones, en esencia porque cumple con estrépito su papel para propiciar un entramado verde en medio de una odiosa densidad poblacional que lo alarga hasta el Parc de la Guineueta, otra joya ignorada por los barceloneses enemigos de la periferia, una gran mayoría perezosa que no siente curiosidad alguna por visitar y aprovechar aquello que les brinda la ciudad.

Cada centímetro de este sur de la Guineueta, marcado por el extinto manicomio, activa detalles y preguntas. No debería ser esquizofrénico andar en una doble esfera temporal. En el presente con tanto cielo han caído los muros de piedra que clausuraban tantas vidas que recibían tratamiento en función de su economía en un hospital que en sí mismo era una urbe, tanto por estar lejos de todo durante decenios, como por tener a su disposición los alimentos de un mundo aún rural lleno de masías, como la de Can Masdéu, una vieja leprosería ocupada y sin orden de desalojo inminente tras el fracaso policial en el alba de nuestro siglo.
En esta finca se pensó resituar a los pacientes de nuestra protagonista para proseguir con la rentabilización de los terrenos y manejar la locura aún más fuera de loco, hasta una altura de nadie, a la que se llega como si fueras a otra dimensión.

Los convalecientes, soy muy suave en el uso de las palabras, pudieron relacionarse entre sí con el arribo en los sesenta, relajándose de tanta dureza. En Trieste los locos habían salido a la calle con Marco Cavallo y la tendencia se expandió en todo Occidente, si bien aquí, por si no lo recuerdan, vivíamos en una dictadura y medidas tan experimentales no se veían con muy buenos ojos.
También resulta curioso, aunque no tanto por el sesgo nacional-católico de la sociedad aún sin Franco, que todos los condenados a malvivir entre esas paredes tuvieran una iglesia espectacular, la de San Rafael.
Hace meses, cuando comenzaba con la preparación de esta serie, visité el templo. Era un sábado por la tarde y me recibieron unas señoras, contándome cómo su idea es recuperar la parroquia para el barrio. Tienen una página web y fijan el montante económico para conseguir su objetivo en dos millones doscientos mil euros. A priori, cuentan con la colaboración del Ayuntamiento.

Me impresionó mucho deambular por su interior, en el que se reconoce el signo del paso del tiempo y la dejadez. En este sentido es una metáfora de cómo sería hoy en el día el conjunto de no haberse derribado, una prueba de negligencia no sólo en el cuidado espacial, sino en el de sus mismos residentes.
Esperemos que esas amables mujeres vean su sueño hecho realidad. La iglesia apabulla no solo por su diseño, sino, sobre todo, por cómo se ubica en el barrio. Detrás vemos murales pop, el mercado y la intuición de un entorno civilizado que, en realidad, tiene algo de independiente porque sólo lo conoces si lo pisas, de otro modo es una superficie libre del resto barcelonés, más preocupado en vender la postal que en atender las urgencias de los más necesitados, algo, reconozcámoslo, viable. Lo demuestra cómo las hectáreas del Instituto Mental se han transformado en un repertorio de virtudes de urbanismo democrático, la lástima es que nadie haya pensado más en sus alrededores y en el clamor universal por redistribuir la riqueza y hacer que estos ciudadanos se sientan con sinceridad parte del todo.

