Lloret formaba parte de ese tipo de músicos que, desde la discreción, dan forma a un proyecto y lo hacen crecer. Como teclista de Mishima, fue una pieza fundamental en el sonido de una de las bandas más influyentes del pop catalán. Pero su influencia iba más allá de los escenarios: como director artístico del Mercado de Música Viva de Vic (MMVV), impulsó nuevos talentos y contribuyó a fortalecer la escena musical del país.
Cuando lo entrevisté para COM Ràdio en 2011, descubrí a un hombre incansable, siempre creando y reinventándose. Ese año asumía, por primera vez, la dirección artística del MMVV, un reto que afrontaba con entusiasmo y responsabilidad. «El Mercado no es sólo un festival, sino una plataforma para los músicos emergentes», me dijo. Su mirada estaba puesta en el futuro de la música catalana, y veía al MMVV como un espacio para tejer redes y generar oportunidades.
Pero Lloret era, sobre todo, músico. Con Mishima, no sólo tocaba melodías; construía atmósferas y daba profundidad a las canciones. Su forma de entender los teclados era el equilibrio perfecto entre sofisticación y sencillez: nunca sobrecargaba, nunca sobraba, siempre sumaba. Fue un pilar en la arquitectura sonora del grupo, con canciones que han resistido el paso del tiempo, como “Todo vuelve a empezar”, “Un trozo de barro”, “Miquel en el acceso 14”, “La forma de ‘un sentido” o “La última resaca”. Mishima no se entendería sin él.
VÍDEO https://www.youtube.com/watch?v=SSqQsdJ4kr0
También fue clave en el PopArb, el festival que codirigió con la voluntad de dar espacio a la música indie en catalán. “El PopArb fue mi forma de dar a los músicos un lugar donde expresarse libremente”, decía. En un momento en que la música en catalán luchaba por hacerse un hueco, el festival de Arbúcies se convirtió en una cita imprescindible.
Cuando terminé aquella entrevista, entendí que su primer año en el MMVV no era sólo un nuevo reto, sino una continuación de su compromiso con la música y la creación. Con Mishima, con el PopArb y con el MMVV, Marc Lloret construyó un legado que trasciende su propia figura. Quienes le conocieron destacan su inteligencia, el criterio claro y su manera de hacer elegante y pausada.
“La música es una forma de vida. Es una forma de decir quiénes somos, de conectar con los demás y con nosotros mismos. Esto nunca ha cambiado”, me dijo. Y así la vivió hasta el final. Se va demasiado pronto, pero su legado quedará para siempre en cada canción, en cada artista que impulsó y en cada proyecto en el que puso su talento y sensibilidad. Como la última resaca después de una noche de fiesta, el adiós de Marc Lloret llega con un regusto amargo, pero también con la certeza de que su impronta musical será para siempre.

