El perfil explicaba que Reverter, miembro destacado de la Associació de Veïns de Sarrià, estaba a punto de colgar la bata azul con la que despachaba en la droguería familiar. Contaba el propio Reverter que en aquel ambiente se sentía feliz, conversando con los clientes, escuchando sus historias y sus problemas. En aquellos tiempos estaba vivo el debate Monarquía-República y el PSC, como el PSOE, aparentaba apostar por la República, aunque tampoco se posicionaba con claridad. Era un tema en el que los socialistas no se sentían cómodos y preferían obviarlo. Para hacer el perfil hablé previamente con Reverter de muchas cosas y entre ellas me contó que, aunque sólo fuera por una cuestión estética, a él le fascinaba la monarquía (no la española en concreto, sino en general, como fórmula de la más alta representación del Estado). Y que leía cuantos libros de historia caían en sus manos.
La mañana en que se publicó ese texto me llamó furioso el nuevo jefe de prensa del Ayuntamiento, que había sido mi primer redactor jefe en el diario y del que aprendí las herramientas del oficio. Me dijo textualmente: “¡Cómo has podido hacerle eso a Reverter!” “Pues sí que empezamos bien”, pensé. Pero minutos más tarde, recibí otra llamada: era Lluís Reverter. Y sin tiempo de echarme a temblar por la que me pudiera caer, se mostró entusiasmado con lo que había escrito. Me lo agradeció reiteradamente y no dejaba de repetir que lo había descrito tal como era.
Aquel día entendí que algunos compañeros de partido de Reverter, más avezados en la política, se creían obligados a protegerle. Él era un recién llegado, provenía del movimiento asociativo y debían pensar, imagino, que aquello le venía grande.
A lo largo de los años el “botiguer” de Sarrià demostró sus habilidades en el complicado mundo de la política y las relaciones personales. Lo comprobamos un grupo de periodistas jóvenes cuando un día, en la calle Avinyó, de camino a una comida, media docena de hombres empezaron a saludarlo de forma efusiva pero respetuosa (golpecitos en la espalda, abrazos, expresiones de ¡hombre, Luis, cómo estás!…)
Cuando se marcharon le preguntamos quiénes eran. Oficiales de alta graduación de Capitanía. Con ellos había preparado el Día de las Fuerzas Armadas en Barcelona, una celebración, en 1980, que fue todo un éxito y que allanó el encaje del PSOE en sus relaciones con el Ejército. Aún así, le preguntamos el porqué de tanto entusiasmo: “Porque nunca olvido el cumpleaños de ninguna de sus respectivas esposas”, nos explicó con una sonrisa. Un ramo de flores, unos bombones… Reverter siempre tuvo un detalle para ellas. Sabía que relacionarse con los militares obligaba a ser muy institucional. Pero en ningún lugar estaba escrito que no pudiera felicitar los aniversarios o la Navidad a las esposas de los altos mandos de Capitanía.
Tiempo después, cuando en 1982 Felipe González se convirtió en presidente del Gobierno y nombró a Narcís Serra Ministro de Defensa, Lluís Reverter se transformó en la sombra del nuevo ministro. Siempre guardó discreción sobre cómo fueron recibidos en el Ministerio, pero seguro que no fue fácil.
Reverter tenía grabados en la mente dos consejos, según explicó en una entrevista. Uno de ellos me lo atribuyó a mí: lo que digas por la mañana te quitará el sueño por la tarde y no te dejará dormir por la noche. Así lo reproducía él, aunque seguro que la frase que le dije no fue tan elaborada. Le venía a decir que él, que era muy locuaz y extrovertido, tenía que ser más cauto con lo que decía. El segundo consejo, este sí, brillante, se lo dio el doctor Felip Solé i Sabarís: si pisas mierda, no te detengas, ella sola se irá desenganchando.
Poco podía imaginar aquel comerciante de bata azul fascinado por la Monarquía que años después sería tan apreciado por la Familia Real. Es revelador lo que escribió Luis María Anson en las últimas páginas de su obra Don Juan. Tras el funeral, cuenta Anson, Lluís Reverter y él se quedaron a solas a orar ante el sepulcro del padre del rey Juan Carlos.
Cuando abandonó la política (con un cierto desencanto) se incorporó a La Caixa a hacer lo que mejor sabía: relaciones institucionales. Un día le pregunté qué tal le iba y afloró de nuevo su optimismo vital: estoy mejor que nunca, hago lo que más me gusta, viajar por toda España, para asistir a actos e inauguraciones y hablar con alcaldes y presidentes autonómicos. Y seguro que nunca olvidó ningún aniversario.

