Este domingo fui hacia los terrenos del antiguo Instituto Mental de la Santa Creu, aka el manicomio, por una ruta esencial para evitar rodeos. Así fue cómo pude sortear Can Peguera y otros barrios hasta llegar a mi meta, a la que fui con un objetivo muy preciso.
En las Barcelonas de hace dos semanas ilustré el texto, como siempre, con varias fotografías. En una de ellas lucía un hermoso mural, tripartito en su estructura, con un estilo muy Pop Art, à la Roy Lichtenstein, cuya estatua Barcelona es de las puertas condales hacia la mar.
Mi retorno, más allá de las habituales investigaciones, se hizo perentorio porque, días antes, comprobé que habían borrado la pieza por completo para transitar de unos colores maravillosos con el entorno a una insustancialidad sólo comprensible si se quería devolver el inmueble a su estado original, algo raro dado el historial del lugar, más que nada porque hacer mención de cómo en Barcelona se respeta poco el Arte Urbano y no se contempla en función de donde lo han emplazado.
Por supuesto hay excepciones, creadores de marca sin generar gran peligro, pero hay ejemplos notables, pienso en mi inevitable torrent de Lligalbé o en los murales literarios de Les Corts, desaparecidos o sentenciados, un poco como algunas fincas a punto de caer, probablemente sin haber pasado evaluación patrimonial.
El adiós del mural es una mala noticia estética, sin duda a lamentar. El tema aquí es situarnos bien en el mapa. Tenemos justo detrás una de las naves supervivientes del Mental. En nuestro campo de visión abarcamos la masia de Ca n’Amell Gran y el mercat de la Guineueta. Al fondo, de manera muy sutil, se insinúa passeig Valldaura.

A la izquierda tenemos un extraño dueto, a mirar con detenimiento para comprender su unidad. Se trata de Ca n’Amell Gran, una masía erigida en el siglo XVI. Sus propietarios eran los condes de Vilafranquesa, originarios de Valencia. Los terrenos y el caserío fueron durante cinco generaciones de los Amell, hasta que sus primeros dueños la reclamaron, para venderla a los Payerol, quienes derrumbaron la mitad de la construcción en 1876, refundándola con su actual aspecto. En 1880 vendieron sus hectáreas al Hospital de la Santa Creu, urgido por el proyecto de su centro mental.
Can n’Amell Gran tenía tradición vinícola y hasta los años sesenta del siglo pasado fue uno de los proveedores de cercanía del manicomio junto a Can Masdéu y Ca n’Ensenya/Ca n’Amell Xic, esta última más arriba y confundida con nuestra protagonista, ubicada en la plaça de Ca n’Ensenya, un despropósito que se eleva al infinito porque la denominación oficial de este centro para niños y jóvenes es la masía de la Guineueta.

A ver, pongamos orden al asunto. Ca n’Amell tiene todo los números de la rifa y aun así no figura en ningún letrero de su cuerpo. La han despojado de identidad a lo bestia, averiguándose el error, muy fácil de detectar mediante fotografías y planisferios, desde el archivo en 2016, exhibición de las pocas prisas de los responsables municipales a la hora de ajustar bien la memoria, algo por otra parte desastroso y asumido, pues en otros barrios hay calles con nombres erróneos, todo muy dentro el espíritu del tiempo, todo muy El 47, como si se quisiera rendir homenaje ocultándose los detalles con más potencia.
De este modo, Ca n’Amell Gran no existe, salvo en estas páginas y en los documentos que permiten escribirlas. La fachada central da paso a un espacio de transición con lo que, según algunas fuentes, serían las cuadras, reconvertidas en rectoría de San Rafael a la espera de reinaugurar esa iglesia, más bella si cabe al estar rodeada de altísimos bloques y el ingreso trasero a la sede del Distrito, lo que realza más su excentricidad bizantina en los márgenes.

El mural cómic à la Lichtenstein copaba el intersticio y un muro lateral con el horizonte enfocado a la pasarela que fue el carrer de Pi i Molist. Lo han reemplazado, con muchas advertencias de no pintarlo, con un rocódromo minúsculo, que por supuesto convertirá a todos los jóvenes del barrio en campeones olímpicos de la especialidad. La policromía de lo diverso, en general el Arte Urbano de la periferia condal suele ser más auténtico que el de los TvBoy homologados del centro, asesinado desde esa idea de modernizar, de estar en una última algo ridícula que cualquier administración futura puede tumbar de un plumazo, como esos metros intergeneracionales entre juegos y deportes en Aragó desde Glòries, liquidados para poner más pavimento y enhebrar, imagino, un paseo paralelo al tranvía y los coches.

Por fortuna ese hace nada del mural resistirá en las fotos de mi archivo y el de otros, jamás reclamados por el Ayuntamiento, quien ignoramos si espera a la muerte de los fotógrafos para apoderarse sin pagar un euro de sus fondos, más desde que existe Internet y las ganas de informar y una pequeña vanidad nos impulsan, en ocasiones, a colgar nuestros trabajos.
Examino las paredes antaño pintadas para dar más brío, perfectas en ese presente de hace tres semanas para conjugarse con el mercado de la Guineueta, uno de los de la tercera generación de estos establecimientos, de 1965 y actualizado la década pasada por Daniel Modol, quien quizá se inspiró en el de Provençals, como si los mercados de estos barrios debieran ser clones idóneos para matar el tiempo buscando sus siete diferencias.

Más allá de estas redundancias cabe destacar al mercado como otro acierto más desde su primera piedra al ser equidistante de las dos Guineuetas pese a pertenecer a la sur, poseedora de las tres reinas lógicas de las casitas infantiles y las ciudades reales al acaparar en sus hectáreas “Ayuntamiento” con la sede del distrito, mercado y, en breve, un templo como dios manda, sin locos.

