Uno de los estímulos más fenomenales de pasear la ciudad es poder asociar lugares en apariencia distantes. He escrito bastante sobre el Mental de Pi i Molist, fijándome en cómo, al estar aislado, necesitaba aprovisionarse en las masías de la zona. Una de ellas, Can Masdéu, pertenecía desde principios de siglo XX a Sant Pau, es decir, que el producto de sus tierras, conventuales por aquel entonces, era de su propia cosecha.
Más tarde, en esas alturas donde Cristo perdió su zapato, se contempló trasladar a los pacientes del Manicomio, no en vano había un anexo destinado a los leprosos y reformado en su arquitectura durante la Segunda República. El estallido de la guerra lo dejó inacabado y hacia 1960 cesó su uso.
El abandono duró decenios y hoy en día el complejo está okupado desde 2001. El colectivo, que ha resistido un clamoroso intento de desahucio en 2002 y ha sido valorado de manera muy positiva en sede judicial al ser ejemplar en lo cooperativo, ha cuajado y demuestra cómo, en más de una ocasión, hay ocupaciones con capacidad para salvar entornos patrimoniales, hasta actualizar su función en el entramado urbano.
Me encanta caminar desde la iglesia de Sant Rafael, con las vecinas entusiastas para recuperarla como parroquia, hasta la plaça Karl Marx. Para muchos, cosa de la ronda de Dalt y una vagancia en ir más allá, la ciudad termina aquí. Si cruzo alcanzo los coloridos rascacielos de Canyelles, que dejo atrás para adentrarme en el camino de Sant Llatzer, hacia la vieja leprosería de Can Masdéu.
Cuando afronto estas sendas de montaña me sorprende cómo muta la interacción entre los paseantes. Aquí todo el mundo se saluda. Somos bichos raros unidos en ese respirar aire puro que evoca tantas novelas y el mito de las alturas para sanar.

Los bloques de pisos policromos en su coronación del estudio del arquitecto Giráldez son un suspiro en el horizonte que perdimos hace pocos minutos. Podemos girarnos y contemplar su icónica imagen- Aun así no captaremos cómo son de otro mundo. Antes de su existencia Can Masdéu adquiría condición mítica por ese estar en las antípodas de la civilización, hasta acoger a sus marginados.
Da hasta un poco de vértigo ver el hospital en la cima, saber que ha sido un edificio fantasma durante tantos decenios y sonreír con la esperanza que el colectivo quiere transformar en un equipamiento, la Casa dels Futurs, un centro de justicia climática que sería el colofón a su despliegue para revitalizar todo este entorno, empeñado en recuperar el estanque grande para tener reservas hídricas, además de impulsar otros proyectos vinculados con la sostenibilidad.
El día que asciendo hasta Can Masdéu es lunes y no hay nadie en los alrededores, por lo que accedo al recinto sintiéndome en un territorio fantasma. Voy con cautela al desconocer las normas, más bien abiertas a los desconocidos y a todos aquellos con ganas de implicarse. Esa mañana circulo en soledad y alucino con las panorámicas. Abajo, en los huertos, un hombre mayor los trabaja. Los coches son un remoto rumor y al fondo un hombre corre hacia su meta de quilómetros diario, punto anegado en la naturaleza.

Arriba está el hospital. Cuando visité Can Masdéu desconocía la idea de La Casa dels Futurs, que puede plantear un debate, en realidad inexistente en las noticias barcelonesas. Bien conocida es mi insistencia en cómo el área del torrent de Lligalbe es idónea para regenerarse sin renunciar a sus esencias. En el passatge Boné hay cuatro casitas con jardín, amparados por un mural, amado en el Baix Guinardó. Si se unieran los patios se preservaría la travesía y su idiosincrasia, algo también trasladable a un conjunto del carrer Villar, primordial al ser de 1885, antes de las agregaciones, y servir como equipamiento con fuerza para aunar pasado y presente.

En otros rincones urbanos los solares demolidos, imagino que como en Villar sin la supuestamente requerida evaluación patrimonial, son ocupados, no como en Can Masdéu, sino como almacenes de chatarra. La plaga, que tuvo su apogeo en la torre del Fang, se esparce por toda la capital catalana y en parte es por la amnesia sobre determinado patrimonio o la dejadez al derribarlo.

Por suerte, en Can Masdéu unas decenas de personas no dudaron en ser la cara buena de la moneda. Estas semanas vemos un alud de carteles que hablan de los presupuestos participativos. La idea es noble, si bien suena como inducida. En este tramo incipiente de Collserola, en el que se encumbra a la vida por encima de la propiedad, exhiben sin ínfulas como la acción vecinal que entiende las problemáticas y luchas por resolverlas, sin deudas pendientes, es un sistema a considerar si recae en las manos justas o puede sobrevivir desde políticas de hechos consumados.
Parece ser que, según el Ayuntamiento, no las tenían los de l’antiga Massana, así como tampoco el colectivo que conserva La Selva, situada, hemos escrito aquí sobre el problema, en el Guinardó encima de Verge de Montserrat, un limbo entre universos, quizá de ahí su belleza.

La Selva, una masía con un jardín que sería una bendición para el vecindario, está en peligro y a la espera de ver si sigue adelante la especulación prevista. Mientras tanto unos luchan y nadie los atendía, como en Can Masdéu, pues así se cimientan esos sueños de dar futuro a lo que fue, regenerándolo sin destrucciones desde un sentido común menospreciado en demasía.

