Hace unos días hice algo incorrecto en lo que a metodología se refiere, aunque humanísimo. Procedí a pasear la Guineueta como si sólo supiera poco de su territorio, lo que en parte es verdad, pues con las Barcelonas llevo años entregado a escribir la Historia condal que nadie jamás se preocupó por registrar.
En otras entregas he discernido sobre las diferencias entre sur y norte del barrio protagonista de la serie, cuyo nombre proviene de una antigua masía desaparecida, diríase un bien demasiado escaso para tantas hectáreas. El sur no es próspero, si bien tiene mejores conexiones que el polígono, esa solución predilecta del Franquismo en la capital catalana para solucionar los déficits de vivienda una vez la Autarquía se reveló como un mal imbécil de represores.

El norte de la Guineueta sólo podía nacer, algo obvio, encima del viejo asilo mental de la Santa Creu i Sant Pau. El proyecto se llevó a cabo a través de varias promotoras, entre ellas la Obra Sindical del Hogar, la cooperativa La Puntual y la inmobiliaria DARSA, esta última centrada en pisos para los empleados de la Telefónica y la Catalana de Gas, la mayoría en la rambla del Caçador, trazada por donde pasa la riera de Sant Andreu.
En total fueron 2500 viviendas alzadas entre 1962 y 1964, de los cuales 1517 correspondían a la Obra Nacional del Hogar. Franco acudió al lugar a las 11,45 minutos de la mañana del 26 de junio de 1963 tras haber visitado el polígono de Montbau, a mi parecer mucho más completo e innovador, mientras el de la Guineueta, más allá de la velocidad en ejecutarlo, tiene aún infinitas problemáticas, de la mala calidad de los materiales a la ubicación del conjunto, dedicado a Roberto Bassas, un camisa vieja barcelonés.
La decisión de emplazarlo encima de passeig Valldaura, que tiene este nombre desde 1927 porque en esencia es la carretera de Fogars de Monclús a Cornellà desde su inauguración en 1878, fue un apaño a corto plazo y una catástrofe a nivel de enlaces en la larga distancia porque en la década de los sesenta la actual plaça de la República, antes de Llucmajor, y la via Favència no tenían la impronta de la que pueden presumir en nuestra contemporaneidad.

Este hecho puede detectarse sin mucho apuro mientras caminamos la zona, convertida, sin arte de magia, en un cubo medio encerrado en sí mismo, algo beneficioso desde parámetros presentes, pues a veces da la sensación de andar por un súper illa avant la lettre, nada extraño porque en Barcelona hay muchos barrios sin apenas circulación de vehículos, dado que estos suelen apostar por grandes vías, en el caso que nos concierne el passeig Valldaura i la via Favència.
Por lo demás, este polígono tiene un mínimo verde y las hechuras de un laberinto excepto para sus habitantes, que a buen seguro lo recorren sin muchos problemas, lo que no ocurre con cualquier otro peatón, perdido por el disparate perpetrado. Antes os he mencionado cómo la rambla del Caçador es un tramo la riera de Sant Andreu y juzgo esta información fundamental.

Si se ignora el caos aumenta al no comprender el sentido de la supuesta rambla, que lo es en puridad por sus circunstancias, aunque en Barcelona tenemos tendencia a denominar así a muchas avenidas sin relación con el líquido elementa.
Esta produce desconsuelo por el entorno. Pese a tener en la memoria experiencias recientes más bien pésimas, no se hizo nada por enmendarlas. Ese referente anterior eran las casas del Gobernador en Verdum, erigidas de prisa y corriendo a principio de los años cincuenta por cuestiones prácticas. En 1952 la Diagonal, avenida de los vencedores de la Guerra Civil, debía ser el epicentro del Congreso Eucarístico, las Olimpiadas de la dictadura si jugamos a comparar la magnitud de grandes eventos condales, y convenía desalojar a los barraquistas. Así fue como se cortó la cinta de esos bloques en 1953 y es bastante probable que los responsables supieran de la astracanada y de la urgencia en reformarlas con el paso de los decenios.
Lo mismo podría decirse del de la Guineueta, si se quiere algo más limpio y funcional pese a tanto error. Lo más cafre de ver las propuestas de la dictadura es analizar cómo prometían equipamientos, siempre inexistentes. Para seguir con los paragones podríamos irnos a la otra punta y comprobar cómo los monstruos de Bellvitge se pusieron ahí, en esos palmos de tierra vendidos por nada, sin lo básico para vivir en comunidad, tal como lo escribió Manuel Vázquez Montalbán en Los mares del sur, Premio Planeta de 1979.

Esta ausencia me transporta a otro relato de periferia. El polígono del Congrés es ejemplar en muchos sentidos, lo que no comportó la plena satisfacción de sus habitantes, quienes ocuparon los interiores para dedicarlos a la práctica deportiva. ¿Qué demuestra esto? Que, en general, es la ciudadanía quién hace suyos los espacios, más aún en los márgenes.
En la Guineueta no se observa esa voluntad de otros barrios cercanos. Todo el déficit urdido con su creación fue un buena punta de lanza para la futura conciencia de Els Nou Barris que hoy son trece. Debería dar vergüenza a muchos medios de comunicación hablar tanto de Torre Baró y el 47 sin ahondar más en este detalle, no en vano fueron todos esos hombres y mujeres sin recursos los que los reivindicaron con fuerza durante los estertores de la Dictadura, hartos del cinismo de las autoridades y con agallas para reclamar plazas, transporte público, equipamientos y hasta ocupar un pleno municipal en 1973 junto a gente del Carmel, acción que derivó en la destitución de Porcioles a manos del innombrable gallego tras dieciséis años de alcaldía.
En Nou Barris no hay un Manolo Vital, todos pueden serlo hasta juntar lo individual para metamorfosearlo en colectivo. Sólo así la lucha tiene orden, sólo así pueden derribarse los muros de maltratar a los ajenos al centro como si fueran basura humana y lo triste es que aún queda mucho por realizar.

