2016. Ante la repetición electoral que se acaba de celebrar en España, Pedro Sánchez se niega a facilitar la investidura del PP de Mariano Rajoy. Es lo que le pide el grueso de las voces importantes de su propio partido. Ante esta tesitura, el Secretario General del PSOE dimite y la gestora interna del partido decide abstenerse para que el PP pueda seguir gobernando. La decisión de abstenerse se toma rápidamente y se procura pasar página cuanto antes, la militancia del PSOE está, en líneas generales, muy molesta con esta situación, a pesar de que dentro del partido las baronías consideraban que era de sentido común la abstención. Durante muchos años no escatimaron en ir preparando el terreno (y aún con todo, nunca consiguieron trasladarlo de forma efectiva y convincente a su militancia).
Como comento, Felipe Gónzalez y otras voces influyentes y con cierta ascendencia dentro del PSOE de entonces habían estado cociendo un caldo de cultivo proclive a una suerte de entendimiento entre PSOE y PP. El ascenso del independentismo catalán y la emergencia de Podemos, después de la crisis económica del 2008, fueron los factores clave que detonaron estas conversaciones sobre la preciada estabilidad que ofrecería alguna suerte de Gran Coalición: un gobierno entre PP y PSOE en el que gobernara la fuerza más votada y en el que la otra, o bien se integrara de alguna forma, o bien cuando menos dejara gobernar a la fuerza hegemónica, siempre con predisposición a unos acuerdos de mínimos que facilitaran la gobernabilidad, sin tener que contar de este modo con las fuerzas nacionalistas “periféricas” o con las posiciones “extremistas” (en primera instancia, Podemos).
Este tipo de propuestas también se hicieron en clave autonómica, por ejemplo, en Cataluña. ¿Alguien se acuerda la sociovergència? Sí, exacto, un gobierno entre la extinta (¿o no?) CIU y el PSC. Los pretextos venían a ser similares: no tener que depender de fuerzas más pequeñas, más “extremas” y menos estables/estabilizadoras.
Por supuesto, no hace falta ser un lince para observar que la primera consecuencia de este tipo de pactos de Gran Coalición es la pérdida de diversidad en el espectro político. La anulación de ciertas posiciones (aún) minoritarias a través de un pacto entre las fuerzas que, en otras circunstancias, estarían destinadas a confrontar sus modelos de sociedad, no puede sino desplazar fuera del tablero político ciertas cosmovisiones.
Hasta cierto punto, uno puede mostrarse comprensivo con la Gran Coalición en determinadas circunstancias. Para muestra un botón: ante el ascenso imparable de la extrema derecha alemana que encarna la AfD, la derecha conservadora tradicional de la CDU (más o menos, el equivalente al PP en Alemania) intenta pactar con el SPD (PSOE) para cerrarles el paso.
En todo caso, incluso aunque consideremos que este tipo de acuerdos se hacen para evitar un mal mayor, no deja de ser cierto que se pierde bastante de la (poca) riqueza de matices previamente existente. De hecho, tal vez, la tibieza de determinadas posiciones ha ido alimentando el extremismo de otras: la política no solo puede ser contención, debe haber una vigorosa proposición.
No obstante, la situación de Alemania no es del todo homologable con España. En primer lugar, al acabamiento de la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas democráticas que emergen en la Alemania derrotada están totalmente desvinculadas del nazismo, no hay línea de continuidad y la CDU, por muy conservadora que pueda llegar a ser en determinados supuestos, nunca se ha sentido cómoda con algunos posicionamientos propios de la AfD porque no está dispuesta a blanquear o desdramatizar (al menos de momento) determinados elementos del Tercer Reich.
En cambio, en España VOX es ya en sí mismo un partido escindido del PP pero con una continuidad evidente: si acaso VOX radicaliza e intensifica determinados planteamientos del PP, pero los puntos de discrepancia son escasos. No es tan evidente el salto entre VOX y PP como lo es entre AfD y CDU. Si alguien tiene dudas al respecto, es tan sencillo como observar la historia reciente: el PP no ha tenido mucho inconveniente en pactar, cuando ha sido necesario, con VOX. Y sí, es cierto, no hace falta ser iguales, ni siquiera muy parecidos, para pactar en política, pero también es verdad que hay determinadas líneas difíciles de sobrepasar, y esas líneas no parecen existir entre PP y VOX.
O al menos ha sido así hasta ahora. Ante el inicio del segundo mandato de Trump, el tablero geopolítico se ha movido. El posicionamiento del nuevo presidente de los EEUU respecto a la OTAN, su alejamiento de Europa y su entendimiento con Rusia, así como su fuerte política arancelaria (sobre todo, con Canadá, México, China y la Unión Europea), han dejado en shock y estupefacta a Europa pero, de forma muy especial, a la derecha conservadora europea.
Habitualmente pro-EEUU y, especialmente pro-republicanos, estos partidos se sienten profundamente incómodos ante una política norteamericana que claramente se dirige al enfrentamiento y el perjuicio, o cuando menos la indiferencia, respecto a sus naciones. ¿Cómo defender la política de quién puede perjudicar económicamente a tus agricultores o a tu industria exportadora?
No obstante, VOX sí que se ha mostrado claramente a favor de la administración Trump. Incluso después de que se haya ido detallando su política arancelaria (para ellos, todo es culpa de la Unión Europea y, por supuesto, de Perro Sanxe). Y esto es un problema para un PP que no puede obviar esta problemática, así como tampoco puede permitirse ponerse de perfil ante el conflicto ucraniano y otros puntos críticos.
Así las cosas, la única tabla de salvación del PP, hasta ahora necesitado del apoyo de VOX para poder gobernar algún día en España, tal vez acabe pasando por trasladar la presión al PSOE y volver a difundir ese murmullo atronador. Algo así como: “por el bien del país, no podemos permitirnos quedar en las irresponsables manos de los extremos o de las fuerzas independentistas”. Sí, la Gran Coalición. Sí, otra vez.


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