Uno de los lugares más icónicos de la periferia barcelonesa es, sin duda, la plaça de la República, antes llamada de Llucmajor como colofón de todo el nomenclátor dedicado a las Baleares desde el apeadero de la Meridiana.
Este lugar es importante al cruzarse dos arterias de peso como son la vía Júlia y el passeig de Valldaura. La pieza que corona el conjunto es una demostración de cómo, en Democracia, las simbologías políticas referidas a la izquierda deben estar en los márgenes para sedar el centro y no causar mayores molestias.
Esto no es nada nuevo, de hecho uno de sus principales impulsores fue Pasqual Maragall, quien inauguró el ágora en 1990, poco antes de las Olimpiadas. No sabemos si el a la sazón alcalde meditó mucho sobre el sentido de alabar a la República en una ubicación tan distante y colocar en la misma incluso el medallón a Pi i Margall, ahora mismo más bien invisible por esta estupidez condal de plazas rotonda, algo por suerte superado en breve en plaça d’Espanya, que cambiará su rostro con motivo del centenario de la Exposición Internacional de 1929.

Mutar esa entrada a Montjuic será un acierto. Lo que aturde un poco es justificar la inversión por el siglo de ese evento, en realidad catapultado por catalanistas de derechas y organizado por una dictadura, sin explicar nada a la ciudadanía, y lo mismo acaece en el extrarradio con esta abundancia de simbología progresista, omnipresente en estos parajes tanto que servidor intuye, sobre todo por experiencia, cómo la colocación de monumentos y otros derivados es más bien una politización inducida.
Lo demostraría cómo, tras dejar atrás la célebre estatua, accedemos al parc de la Guineueta y damos con una especie de placa que recuerda la lucha de republicanos y republicanas de Nou Barris, recuerdo dignísimo e hipócrita. Primero algo así debería figurar en las setenta y tres barriadas de la capital catalana y segundo porque en 1936 els Nou Barris, que no existían como tales, no se caracterizaban por su posterior bonanza demográfica.

Pero bien, da igual, no está escrito que los políticos deban ser coherentes con el pasado, que suelen manipular a su antojo en función de x beneficios según la época, como si fuera un cajón de sastre fantástico para coser y descoser.
Hoy vine a comentaros un poquito del parc de la Guineueta. En anteriores entregas visitamos el ilustre mental y los polígonos del entorno. El parque es, quizá, la mejor consecución para el barrio y, por gustarme, hasta me place cómo se configuró en sus más de seis hectáreas, antaño un barranco y cauce de los torrentes de Valent y Canyelles.
Al investigar sobre esta extensión recuerdo quedarme fascinado tanto por la lentitud de la elaboración del proyecto como por su precocidad, planteada en una fecha tan remota como 1917, inaugurándose esta pequeña maravilla concebida por Joaquim Casamor en 1971.
Al ser un viejo barranco es normal contemplar estos metros como un divisoria geográfica. De hecho, lo es, pues separa la Guineueta de Verdum desde sus laterales, mientras de sur a norte las fronteras son otras, en realidad bien conseguidas desde esa tradición de la zona y de gran parte de Barcelona, consistente en tejer espacios peatonales o casi entre vías con mucho tráfico rodado, como aquí sucede con la vía Júlia y la Favència.

El parque, con caminitos y un sinfín de recursos lúdicos para sus usuarios se ha impuesto, y no saben cómo disgusta tirar de ciertos tópicos, como un verdadero oasis entre la estridencia de motores.
Sus hitos son dos composiciones artísticas. La Guineu, emblema del barrio, husmea estos verdes pastos desde 1971. La rubricó Julià Riu. Su facetado de cierto toque cubista quizá nos anuncia su pertenencia a cualquier rincón del entorno, con varias salvedades, pues el territorio puede tener a este animal como bandera, pero las crónicas y los vecinos no tienen a ninguno de esa especie en la retina, mientras sí conservan la memoria de las ratas gigantes que inundaban todo ese futuro césped en los años sesenta.
La guineu es estática, así como el segundo protagonista, Blas Infante, sólo emplazado junto a las ocho columnas truncadas que representan a las provincias andaluzas desde 1995, mientras estas lucen desde el año de la victoria socialista, el 82 de Felipe González.

Gran número de los inmigrantes que recalaron en la Guineueta durante la primera oleada de los cincuenta/sesenta eran andaluces o gallegos, causa de honrar a los de abajo con menoscabo para los de arriba, pero no se inquieten, no fue con ningún tipo de mala leche, sólo oportunismo de ese instante histórico.
El parque en sí no es merecedor de muchas críticas. La ciudadanía lo ha hecho suyo, da la sensación de estar bien cuidado y rebosa vida, lo que no significa un festival ni disparates por doquier, sino más bien harmonía con el paisaje en función de las horas del día, equilibrio entre generaciones y una funcionalidad positiva que podría serlo más si cabe si en Barcelona, más donde nos hallamos, se entendiera de una maldita vez cómo los monumentos no deben ser piedras silentes. Sin hablar, con su sola presencia, sirven de poco porque la ausencia de pedagogía es un abono para desinteresar a los habitantes, quienes juzgan todo el repertorio como mobiliario urbano, cuando debería ser fuente de educación y una buena forma de fomentar barcelonismo desde la pluralidad, aunque no cabría descartar, si nos centramos en esta legislatura, que la inacción en este sentido se corresponda con lo lacónico del alcalde, listo al no hablar de más, hasta el que punto que pocos se acuerdan de él y eso, paradojas, puede garantizarle la victoria en 2027.

