Cuando Didier Eribon escribió en 2009 Regreso a Reims, quería ofrecer una autobiografía y diseccionar de qué forma el peso de la Historia marca nuestras historias personales, de qué manera las estructuras sociales, las desigualdades económicas y las dinámicas culturales modelan nuestras vidas. Su viaje personal le permite explorar cuestiones universales: la pertenencia a la clase trabajadora, el coste emocional y cultural del transfuguismo de clase, y cómo la historia colectiva se entrelaza con nuestras trayectorias individuales. Unas memorias que trascienden la experiencia personal para ofrecer un autoanálisis sociológico de las dinámicas de poder que rigen la sociedad contemporánea.
Eribon nació en una familia obrera del norte de Francia, con una vida cotidiana marcada por la pobreza, el trabajo manual y la lucha para sobrevivir. Un mundo de escasas oportunidades y en el que las personas quedaban atrapadas en un sistema que las dominaba sin darles margen para escapar. Este contexto determina las condiciones materiales de vida, también los valores, las actitudes e incluso la manera de hablar y relacionarse. La pertenencia a la clase trabajadora es una experiencia totalizadora. No se reduce a una cuestión económica, también abarca la cultura y la identidad. Sus memorias muestran cómo las personas de este entorno comparten un sentido de solidaridad, pero también un conformismo derivado de la carencia de alternativas. Por ejemplo, los problemas mentales del padre y su consiguiente incapacidad para relacionarse no eran psicológicos, tampoco eran un rasgo de carácter: eran el efecto de este estar-en-el-mundo tan encorsetado. Muchos no ven ninguna alternativa a aceptar su lugar en el sistema, les parece inevitable; el cambio social ni siquiera es una posibilidad imaginable.
Esta sensación de enclaustramiento se ve reforzada por el papel de la política. Durante la infancia de Eribon, el comunismo y los sindicatos eran fuentes de resistencia y esperanza para muchas familias obreras. Con el paso del tiempo, este apoyo se fue erosionando y dejó un vacío que los partidos de derecha o extrema derecha supieron ocupar, la transformación política no es una anécdota personal sino una consecuencia directa del abandono de la clase trabajadora por parte de la izquierda política. En el momento en que decide abandonar Reims para estudiar en París —y donde se acabará por integrar en los círculos intelectuales privilegiados—, experimenta un proceso que define como «transfuguismo de clase». Este concepto captura la complejidad del viaje social que lleva alguien a distanciarse de su origen para entrar en una nueva esfera social; el ascenso nunca es gratuito ni está exento de conflictos. Ser tránsfuga implica una ruptura profunda con el pasado. Eribon describe cómo su acceso a la universidad y su inmersión en el mundo académico cambiaron su manera de pensar, de hablar y de relacionarse. Este nuevo mundo le ofreció oportunidades que nunca habría tenido en su pueblo, pero también lo alejó de su familia y de sus orígenes. El silencio incómodo que describe en las reuniones familiares después de su regreso a Reims es revelador: ya no habla el mismo lenguaje ni comparte los mismos valores.
¿Cómo funciona todo esto? El abandono escolar a menudo implica el autoabandono y su reivindicación como si fuera fruto de una elección: la escolaridad prolongada es para los otros, aquellos que «tienen los medios», los mismos a quienes «les gusta estudiar». Se supone que el sistema educativo es la herramienta para combatir la desigualdad, pero en realidad actúa como un filtro selectivo. Solo unos pocos desertores de clase, como Eribon, Annie Ernaux o Édouard Louis, consiguen escapar —autores franceses de origen de clase trabajadora con historias de vida catapultadas a la fama y al ascenso social de la estratosfera burguesa—. ¿Qué sucede con el resto, con los atrapados? Édouard Louis, con su historia de supervivencia y trauma, nos recuerda que, mientras algunos «se salvan» y ascienden, muchos más siguen hundidos en la violencia estructural, la precariedad y el odio. Pero incluso él, con su crítica, acaba integrado en el mismo sistema que denuncia; es un autor reconocido, invitado a las tertulias de los medios de comunicación y a los festivales literarios. Por otro lado, Annie Ernaux ganó el Premio Nobel de Literatura en 2022. Un ejemplo más de cómo el capitalismo asimila incluso las voces que pretenden desafiarlo. Solo algunos son los escogidos para subir en este ascensor social roto, y que cuando sube solo lo hace con llave.

Hay que haber pasado «de un lado al otro de la línea de separación para escapar de la implacable lógica de lo que se da por sentado y percibir la terrible injusticia de esta distribución desigual de las oportunidades y posibilidades», dice Eribon. Nada de esto ha cambiado demasiado, se ha desplazado la edad de exclusión escolar, pero la barrera social entre las clases es la misma.
Regreso a Reims relata dos trayectorias fundamentales de la vida de Eribon: la de convertirse en un intelectual —y desligarse de su origen obrero— y la de vivir como homosexual en un entorno profundamente homofóbico. Ambas dimensiones configuran su experiencia de transfuguismo de clase y subrayan la dualidad que debe afrontar. Por un lado, su ascenso social lo distancia física y emocionalmente de su familia y su origen. Por el otro, su disidencia sexual también lo relega a una posición marginal dentro de su entorno familiar. Esta doble alienación —social y sexual— hace que su alejamiento sea todavía más complejo y doloroso.
En palabras de Eribon, «mi salida del armario, mi deseo de asumir y afirmar mi homosexualidad, coincidió […] con mi entrada dentro del que podría denominar el armario de clase». Esta metáfora ilustra el proceso de reconocimiento personal y la emancipación sexual, y la forma de entrelazarse con otra metamorfosis: irse de su mundo original y asumir una nueva identidad social. A pesar de que alcanzó la libertad en términos sexuales, también se vio obligado a ocultar una parte de sí mismo para adaptarse al nuevo entorno privilegiado. Su homosexualidad, incompatible con la moralidad conservadora de su pueblo natal, lo empujó hacia un mundo diferente, que también lo alejó emocionalmente de sus padres y hermanos. Una experiencia que ilustra cómo las estructuras de poder operan en múltiples dimensiones, y a menudo amplifican las barreras para aquellos que ya están marginados. El transfuguismo de clase no solo es una cuestión económica o cultural, sino también una respuesta a las tensiones personales en un contexto hostil.
Una de las reflexiones más críticas de Eribon reside en su postura hacia ciertas formas de sociología y filosofía que centran su foco en el «punto de vista de los actores» y el «sentido que dan a sus acciones». Según él, este enfoque corre el riesgo de convertirse en una ideología justificativa del orden establecido, puesto que puede perpetuar las mistificaciones que los agentes sociales mantienen sobre sus propias prácticas y deseos. Debemos ir más allá de las explicaciones superficiales y centrarnos en las estructuras que reproducen las desigualdades. Las leyes de la endogamia social son tan fuertes como las de la reproducción escolar, y estas estructuras dificultan que las personas puedan escapar de sus circunstancias originales. Algunos, como el autor, lo consiguen, pero la mayoría permanece atrapada en un sistema que perpetúa las barreras sociales generación tras generación.
El transfuguismo de clase implica una ruptura con el pasado, y al mismo tiempo una conexión permanente con él. Aquellos que consiguen ascender socialmente nunca se liberan del todo de las estructuras que los modelaron. La tensión entre ruptura y continuidad marca las vidas de aquellos que tienen la ilusión de haber huido. Si bien algunas trayectorias individuales pueden parecer ejemplos de superación, el sistema que permite estas fugas sigue intacto. Nuestras vidas no son solo nuestras, somos producto de un pasado que nos precede y que, de manera inevitable, nos define.
Y es que Regreso a Reims es mucho más que un ensayo sobre los tránsfugas de clase, es una meditación sobre el peso ineludible del pasado. Como dice Eribon: «Pero el pasado no cambia. Podemos, a lo sumo, preguntarnos: ¿cómo podemos gestionar nuestra relación con una historia de la cual nos avergonzamos? ¿Cómo podemos apañarnos con estos horrores de otro tiempo, cuando no podemos omitir la evidencia que nos inscribimos, a pesar de nosotros mismos y a pesar de todo, en esta genealogía?». Esta reflexión nos enfrenta a una verdad incómoda: aunque nos esforcemos por escapar, siempre llevamos con nosotros las marcas de nuestro origen.

