Al calor del final de la Segunda Guerra Mundial, Orwell escribe una de las grandes distopías del siglo XX. Teniendo en cuenta el advenimiento del mundo postnuclear, un lugar que ha conocido en toda su crudeza los horrores del totalitarismo, 1984 retrata una sociedad hermética fundamentada en un control sin límites ni contemplaciones.
Sí, en 1984 nos hallamos ante una sociedad totalmente cerrada en sí misma. Hasta tal punto es así que no parece estar al alcance de nadie (o casi) darse cuenta de ello. En la cúspide de este mundo, el Hermano Mayor1 se cierne como una sombra omnipresente, siempre vigilante.
En un mundo dónde existe la Policía del Pensamiento y dónde la historia es escrita y reescrita una y otra vez según las necesidades del momento, y en aras de que todo esté en consonancia constante con el relato del régimen (del Partido), el protagonista nos dice temprano que “la libertad es poder afirmar libremente que dos y dos son cuatro. Si eso se garantiza, todo lo demás se sigue a partir de ahí” (p. 107)
A la luz de nuestro tiempo, 1984 nos puede resultar un libro un tanto extraño. Por una parte, nos advierte de algunos peligros que aún tememos y que, hasta cierto punto, incluso nos aterrorizan: el férreo control, la imposibilidad de poder ser libre y de poder tener pensamientos propios, la dificultad de poder vivir en armonía con nuestro entorno. Por otra parte, su forma de presentar la distopía nos despierta cierta ingenuidad, amén de que invoca esquemas que tal vez consideramos caducos.
Por un lado, hay una evidente crítica al socialismo y, aún más, a los totalitarismos del siglo XX. Un punto de evidente conexión con el totalitarismo arendtiano en la sociedad de 1984 se observa en pistas como que “nada era ilegal, ya que habían dejado de existir las leyes” (p. 15).
En lo relativo a la ingenuidad, la existencia del Ministerio del Amor, de la Verdad, de la Paz y de la Abundancia, obedeciendo siempre a los fines contrarios de lo que estos términos nos evocan… Sí, ciertamente en nuestro tiempo nos parecería una estrategia un tanto obvia, tal vez incluso burda.
A propósito de la ingenuidad mencionada: la denostación del término libertad. En 1984, uno de los lemas es que “la libertad es esclavitud”. En este sentido, nos podemos sentir tranquilos en la medida en la que la advertencia sobre cuán peligrosa puede ser la libertad no parece haber calado en nuestra sociedad. Más al contrario, tal y como he argumentado en diferentes ocasiones, se tiende al abuso y el exceso del término, aunque pervirtiendo su aplicación real. Es decir, en vez de evitar pensar en la libertad o de abominar su sentido, se ha dislocado el término, apostando fuertemente por él, en una concepción en la que apenas se recoge poco más que la libertad de expresión y la capacidad absoluta de decisión individual2, pero en la cuál se ignoran ciertos prerrequisitos necesarios para hacer efectivo un concepto amplio de libertad (pues es difícil ser libre ante una abrumadora desigualdad, por más que alguno sostenga que uno puede decir “libremente” vender alguno de sus órganos vitales…)
En todo caso, sobre la colonización y perversión de nuestro pensamiento, en 1984 sí que se da una clave relevante: la neolengua (newspeak3). Syme, que trabaja en la elaboración de la Undécima Edición del Diccionario de Neolengua, le comenta a nuestro protagonista que: “¿No te das cuenta de que el objetivo último de la neolengua es reducir el rango de pensamiento?”(p. 71). ¿Tal vez no era tan ingenua la propuesta distópica de Orwell, no?
Orwell tenía claro que la lengua era y debía ser una herramienta de control para un régimen como el de su distopía. A través del empobrecimiento lingüístico (el énfasis se pone mucho más en la destrucción de vocabulario que en la creación de nuevo), se pretende llegar al punto culminante en el que sea imposible poder llevar a cabo ninguna falta o crimen contra el Estado, pues este se ha vuelto impensable. En la novela, este proceso de transición de la arqueolengua (la nuestra) a la neolengua finalizará totalmente sobre 2050.
Un ejemplo paradigmático del empleo de la neolengua refiere al término igual, que en este idioma empobrecido carece de una acepción que pueda hacer referencia a la igualdad jurídica o social de las personas, sino a un concepto matemático y poco más. Así que sí, si lo pensamos bien… Efectivamente, lo que comentábamos sobre la libertad quizás no dista tanto de la neolengua. Si acaso, apenas está en el momento inicial de transformación de significado. El proceso justo está comenzando.
Tal y como decía, las críticas al socialismo y, especialmente, al totalitarismo se hacen evidentes. No obstante, también se observan claras alusiones que nos pueden molestar por exceso de familiaridad. Por ejemplo, cuando se escribe que:
Sin embargo, ningún avance en las riquezas, ninguna relajación de las costumbres, ha logrado acercar la igualdad entre los humanos ni un milímetro. Desde el punto de vista de los de abajo, ningún cambio en la historia ha significado mucho más que un cambio en el nombre de los que lo oprimen. (p. 253)
Sí, ciertamente la crítica a la desigualdad se hace evidente en muchos momentos. Al fin y al cabo, el empeño en el uso progresivo de la neolengua, así como de todas las herramientas de control a disposición del sistema, tienen la clara función de que no se repare en que dicha desigualdad puede y debe ser solucionable.
Pero la actualidad se hace presente en otras muchas formas, algunas de las cuales quizás no podíamos imaginar hasta poco tiempo. Ahora que se habla tanto de rearme:
El acto esencial de la guerra es la destrucción, pero no necesariamente de las vidas humanas sino de los productos del trabajo humano. La guerra es una manera de destrozar, de mandar a la estratosfera o de hundir en las profundidades del océano todos esos materiales que hubieran podido utilizarse para que las masas llevaran una vida demasiado acomodada y, de ahí, demasiado inteligente. Incluso cuando las armas no llegan a destruirse, su fabricación es una manera conveniente de aprovechar el trabajo sin nada que pueda ser consumido. (p. 240)
Tal y como señala Mercedes Guhl en su epílogo, George Orwell tiene antecedentes claros que inspiran a su 1984. Así, la propuesta de H.G. Wells en Utopía moderna imagina una sociedad en la que:
[…] proponer un Estado planetario que se mantiene en constante evolución y precisamente por esa razón lograr encontrar el equilibrio entre el avance constante del progreso y la estabilidad política. La propuesta de Wells es de carácter político, y combina el capitalismo de libre mercado con el socialismo de Estado para llegar a una sociedad ideal y moderna. (p. 389)
Este modelo me suena de algo… ¿Alguien dijo China? Quizás sean cosas mías. Por favor, no me lo tengan en cuenta.
No obstante, Orwell discrepó con Wells y por ello construyó una distopía y no una utopía: ese sueño de conciliación […] era solo eso, un sueño. Tomemos nota.
Hay un tono ciertamente amargo y pesimista en esta novela en lo relativo a la deriva del poder: retrata el punto en el que este se convierte en un objeto de deseo, un fin en sí mismo, el instante en el que la ideología se fundamenta en el dominio y el control por encima de cualquier otra variable, sin máscaras ni reparos de ningún tipo.
En definitiva, leer 1984 no es solo un ejercicio literario de primer orden, es también una advertencia de cómo podría haber discurrido nuestra historia en una dimensión paralela, o de los temores a los que debemos prestar atención y de los que debemos mantenernos vigilantes. Pero sobre todas las cosas, considero que es un llamado a ver dónde está la rima, a entender hasta qué punto algunos de sus principios pueden haberse infiltrado hasta el tuétano de nuestras sociedades, hasta que punto el Hermano Mayor habita en nosotros y nosotros en él.
1 Durante largo tiempo, las traducciones al castellano traducían Big Brother como Gran Hermano. No obstante, Mercedes Guhl argumenta con suficiencia en su traducción para la Editorial Océano (Gran Travesía) el porqué Hermano Mayor se ajusta mejor al significado original. Véase el Epílogo de Orwell, George (1948/2024). 1984. Barcelona: Editorial Océano. Toda referencia a fragmentos de la obra seguirá dicha edición.
2 Aunque este absoluto es también cuestionado a menudo, véase en lo referente al aborto, por ejemplo. Es decir, los valores éticos y morales no desaparecen en las ópticas liberales de la libertad y, claramente, afectan a cómo se comprende la libertad.
3 Por suerte, la edición que citamos de Editorial Océano cuenta con el Apéndice de Orwell, que tantas veces ha sido eludido, y en el cuál se dan las directrices y principios fundamentales de la neolengua. Por otra parte, en el Epílogo de Mercedes Guhl se comenta la traducción de newspeak como neolengua, así como la traducción de los propios términos de dicha neolengua.

