Durante más de cuatro décadas, la política exterior de Estados Unidos se edificó sobre una creencia que estructuró su política exterior: la idea de que el desarrollo económico acabaría, más temprano que tarde, generando formas institucionales afines a la democracia liberal. El comercio no era, en este esquema, un simple intercambio de bienes sino una herramienta civilizatoria. Integrar a economías autoritarias en el mercado global era visto como el primer paso —quizá lento, pero inevitable— hacia su liberalización política. Y su liberalización política sería útil a los intereses globales de los Estados Unidos, en tanto que engordaría el listado de aliados/súbditos del llamado “bloque occidental” frente al bloque soviético, que en el auge de la guerra fría aglutinó la mitad de la población mundial.
Estado Unidos salió victoriosa de la Guerra Fría y su doctrina ideológica tuvo en los años noventa el terreno para consolidarse. La presidencia de Bill Clinton fue decisiva. Bajo su administración se constituyó la Organización Mundial del Comercio y se promovió el ingreso en la misma, defendiendo con entusiasmo la expansión global de las cadenas de valor. Nombres como Larry Summers y Strobe Talbott sintetizaron esta visión en el interior del aparato estatal: el primero desde el Tesoro y las finanzas internacionales; el segundo desde la diplomacia. Ambos pensaban que la apertura económica no solo traería crecimiento, sino también orden, estabilidad y, con el tiempo, democracia.
La arquitectura institucional del periodo —la OMC, los tratados bilaterales, el fortalecimiento del FMI— respondía a ese horizonte. A través del mercado, Estados Unidos exportaría algo más que productos: exportaría su modelo político.
El determinismo económico como relato
El éxito de esta narrativa descansaba en su apariencia de racionalidad histórica. La tesis tenía no solo respaldo político, sino también legitimación académica. Economistas como Adam Przeworski argumentaban que, a partir de cierto umbral de renta, los regímenes autoritarios tendían a colapsar o transformarse. La democracia no era el punto de partida, sino el resultado esperable del crecimiento.
El caso de Corea del Sur o de algunos países del sur de Europa tras sus transiciones parecía confirmar esta intuición. En paralelo, autores como Francis Fukuyama daban forma filosófica a esta teleología: si la historia tenía una dirección, esa dirección pasaba por la convergencia hacia el modelo liberal-democrático. El mercado sería el instrumento. La democracia, la consecuencia.
Este marco de interpretación organizó la mirada de Estados Unidos sobre el mundo. La integración de economías no liberales se justificaba bajo la lógica de la paciencia histórica. Era cuestión de tiempo: el PIB haría su trabajo.
Lo que no sucedió
Pero el tiempo pasó, y la hipótesis inicial se demostró errónea o, como mínimo, no suficientemente válida. China entró en la OMC, creció de forma espectacular, lideró la revolución tecnológica global… y no se democratizó. Más aún: perfeccionó su sistema autoritario mediante la digitalización del control, el uso estratégico de datos y una forma muy propia de capitalismo de Estado. El régimen no se erosionó con el crecimiento: se reforzó.
Lo mismo puede decirse de los países del Golfo. Estados altamente integrados en el sistema financiero global, con inversiones multinacionales, relaciones estratégicas con Occidente y una elite educada en universidades anglosajonas. Sin embargo, los regímenes políticos en la región no muestran señales de apertura. La alianza entre petróleo, finanzas y autoritarismo ha demostrado ser más resiliente de lo que el paradigma liberal estaba dispuesto a admitir. Estos casos no son anecdóticos y exponen el error de origen del relato dominante. El crecimiento económico no produce, por sí solo, transformaciones democráticas. La democracia no es una externalidad del mercado.
El giro de 2025: una ruptura epistemológica
Es en este sentido que las políticas actuales de la administración Trump en 2025 no deben interpretarse como una prolongación de la retórica proteccionista de 2016, ni, tampoco, como una mera herramienta táctica para negociar mejores condiciones (aunque haya mucha parte de esto). Lo que hoy se despliega es algo más profundo: una ruptura epistemológica con la tradición que dominó la política exterior estadounidense desde el fin de la Guerra Fría.
La imposición de barreras comerciales a productos tecnológicos chinos, las restricciones a la inversión extranjera en sectores considerados estratégicos, la apuesta por la reindustrialización subvencionada: todo ello forma parte de una nueva doctrina económica, que ya no se basa en la eficiencia, sino en la seguridad. En ella, el comercio deja de ser un medio de integración global para convertirse en un instrumento de contención.
En este contexto, la política arancelaria de 2025 aparece como el síntoma más visible —y más deliberado— de una transformación mayor. No se trata solo de corregir desequilibrios, sino de repensar la relación entre economía y política, entre comercio y régimen, entre crecimiento y forma de Estado. Lo que está en crisis no es una medida concreta, sino la idea misma de que el mercado democratiza.

