Existe una estricta regla del patriarcado universal que podría formularse así: las mujeres tendrán una vida peor. Esta condición invariable se aplica también a todas las niñas del mundo. Existe, por otra parte, una pregunta clásica de dónde partir para analizar con criterio feminista cualquier situación: ¿dónde están las mujeres? ¿Dónde están las niñas?, podríamos añadir. Formulamos la pregunta críticamente para pensar en la famosa serie: ¿dónde están las
mujeres en “Adolescencia”? ¿Dónde están las niñas?
Lo primero que encontramos es que la serie no supera el test de Bechdel, una rápida comprobación de la presencia y representación de mujeres en productos cinematográficos: aunque existen varios personajes femeninos, no aparecen en ningún momento dos mujeres hablando entre ellas de algo que no sea un hombre. La madre del protagonista aparece secundariamente al personaje del padre, parece estar aquí para hacerle la vida fácil y agradable (como decía Rousseau) al atormentado progenitor del niño acusado de asesinato. La mujer policía acompaña al policía protagonista (hombre). En tres de los cuatro planos-secuencia que constituyen la serie, el cuarto sigue principalmente estas dos figuras masculinas. En el plano restante, el foco está en la psicóloga, que adquiere su protagonismo por la larga conversación que mantiene con el niño. ¿Y qué hay de las niñas? La hermana del protagonista acompaña a la madre compartiendo su secundario puesto. Una amiga de Katie, la niña asesinada, aparece fugazmente, rabiosa. Y Katie está muerta; no sabemos nada más de ella ni de su familia.
Aunque existen varios personajes femeninos, no aparecen en ningún momento dos mujeres hablando entre ellas de algo que no sea un hombre
La serie impacta porque muestra algunos de los problemas sobre los que las docentes feministas llevamos tiempo alertando: la creciente misoginia entre los chicos adolescentes, los discursos negacionistas de la violencia machista que repiten e interiorizan y el aprendizaje perverso de la violencia sexual fruto de su acceso masivo a las redes sociales ya la pornografía. Las profesoras tenemos todos los días en las aulas niños como Jamie y niñas como Katie. Sí, la serie refleja de forma elocuente esta realidad que estamos viviendo, también cumple otra de las normas infalibles del patriarcado: el androcentrismo. La historia que nos cuenta es verosímil, se corresponde con la actualidad, pero sólo parcialmente – y de forma distorsionada – porque elude o trata de paso la situación de las mujeres y las niñas. Nos cuenta la historia de un niño acusado de asesinato, de su padre y del policía encargado del caso. La serie es, sin embargo, ciega en la vida de las mujeres y las niñas, incluida la niña asesinada.
Las profesoras coeducadoras – las que queremos educar para la igualdad – nos preguntamos: ¿cómo llevan a las niñas su convivencia con niños como Jamie y sus amigos, que sin duda las desprecian? ¿Cómo afrontan las profesionales de servicios sociales y de las fuerzas de seguridad el trato con estos chicos que las miran a través del machismo asimilado? ¿Cómo deberemos actuar las profesoras que debemos educarles en igualdad cuando la socialización en la que crecen es cada vez más extremadamente diferenciada, lo que nos coloca en la posición de “autoridad sin autoridad”?
La misma serie de la que habla todo el mundo, ¿qué efecto producirá en las mentes adolescentes condicionadas por la exposición intensiva a una cultura misógina? ¿Los hará reflexionar? ¿Se identificarán los chicos con Jamie? ¿Acaso tendrá la misma influencia en niñas y niños? ¿Qué pensarán las niñas? Ellos, si reflexionan, quizás logran entender que cualquier compañero suyo, incluso ellos mismos, podrían, por influencia de las redes, llegar a cometer un delito. Pero, ¿y ellas? ¿Qué reflexión les está permitida? Tal vez la triste constatación de que da igual lo que hagan, que están en peligro. Ellas aprenderán la regla de oro del patriarcado: que la vida de las niñas será peor. Tanto que no merece ni formar parte del relato.

